Del otro lado

Hay humo por todas partes. Hay poca luz. Pero se puede ver y respirar. El ruido impide hablar, pero no impide la comunicación. Es inalámbrica. No hay medio, sólo seres que se integran unos a otros porque son inmateriales, de esencia intercambiable. Todos son todos, todos son uno. Forman una entidad multifacética que no sabe que es una sola pero lo sospecha. Como las células del cuerpo, todos saben cuál es su rol y lo cumplen sin discutirlo, sin pensarlo, sin tomarse la molestia de siquiera resignarse a ello.
No están ahí, sino que son. Todos son, y gracias a eso todo es.

El pedido del narrador

El narrador se me acercó agitado. Jadeaba enérgicamente, estaba muy nervioso. Traté de calmarlo y le pregunté qué le pasaba, pero no le salían las palabras. Lo hice sentar. Le di un vaso de agua. Lo tomó muy rápido, y me pidió otro. Cuando terminó el segundo, se calmó un poco.
En ese momento, sin que tuviera que preguntarle de nuevo, me pidió si podía narrar yo. Le pregunté por qué. “Porque sos la persona indicada. Yo no estoy en condiciones de narrar nada. Vengo de correr diez kilómetros. Creí que iba a poder contar la carrera, pero apenas puedo respirar”.
Objeté que yo tal vez podía estar en condiciones de narrar, pero no había participado de la carrera. Ni siquiera estaba enterado de su existencia hasta la llegada del narrador. ¿Cómo podría narrarla?
“No importa”, me dijo. “No hace falta que narres eso. Narrá otra cosa, lo importante es que me suplantes en el rol de narrador”.
Así que me dispuse a buscar un tema para narrar. Pero no tenía historias, o por lo menos no tenía nada interesante. Nunca tuve experiencia en el arte de la narración. Yo no soy narrador, y nunca me interesó serlo. Pero era lo que había a mano, y aparentemente la narración debía continuar.
¿Qué es una historia? Me pregunté. ¿Cómo diferencio algo digno de ser contado de algo que no vale la pena? Me pregunté también a quién debía contárselo. ¿Había un público que me esperara? El narrador estaba demasiado ocupado respirando como para contestarme todo esto.
Así que lo que decidí fue contar esta situación en la que me vi metido. No sé si vale la pena que les cuente, ni si lo logré con alguna coherencia. Pero deben tener en cuenta que el que se los contó no es el narrador. Él seguramente habría logrado mucho más interés en ustedes. Les pido disculpas, hago lo que puedo.

Cámara infinita

La cámara se apoya en el pulgar para poder abrirse en dos. De un lado, sale de cuadro hacia el infinito. Del otro, hace un movimiento interno, un recorrido por su propio objetivo, hasta llegar a otro vértice de pulgar. Ahí vuelve a dividirse en dos, esta vez con cierta inclinación. El señor que está por sacar la foto no sabe qué parte de la cámara múltiple es la cámara, y resuelve estar en todas. Es por eso que sostiene la cámara más interna con el pulgar, lo cual la divide nuevamente en dos. A esta altura al señor le cuesta encuadrar. ¿Cómo hacer una imagen sola con múltiples objetivos? El señor se frustra, se siente dividido, sin embargo sus componentes tienen una interdependencia ineludible, que lo divide aún más. La cámara, junto con él, se va abriendo en fractal. Siempre genera una versión más pequeña de sí misma, que a su vez vuelve a generar otra. El fotógrafo (o los fotógrafos) nunca llega a sacar la foto, lo cual es una suerte porque el flash de todas las cámaras (que son la misma) al mismo tiempo es capaz de dejar ciego a quien esté adelante.

El menor

El de Alfredo fue el último nacimiento registrado. Por alguna razón, después de él cesó la producción de bebés. Meses después de su llegada al mundo, las maternidades empezaron a cerrar por falta de clientes. Años después, las escuelas tenían como último grado al que asistía Alfredo, y a medida que iba avanzando en su educación, el sistema se reducía. Como resultado, Alfredo no tenía chances de repetir un año. Pero por suerte era un alumno aplicado.
La humanidad había sido educada para pensar que los niños eran el futuro. Pero para Alfredo era diferente. Él era el presente, y después de él no venía nadie. En lo que a él respectaba, no necesitaba preocuparse por las consecuencias a largo plazo de sus actos. No era necesariamente el último humano que quedaría vivo, pero sí era el símbolo de la última generación.
La sociedad tenía al mismo tiempo gran estima y mucho desprecio por Alfredo. Por un lado, se lo veía como irrepetible. El milagro del nacimiento ya no se producía, y cierta gente lo veneraba como el individuo con quien había culminado la especie humana. Todas las generaciones habían llegado a él. Sus padres estaban orgullosos, casi tanto como los padres del primer bebé que nacía en cada año, durante la época en la que nacer era un milagro corriente.
Pero, por otro lado, muchos empezaron a no preocuparse por el futuro. Si no iba a haber humanos en una cantidad limitada de décadas, pensaron que no valía la pena seguir tomando los recaudos que el hombre siempre tomaba para asegurar la supervivencia de las siguientes generaciones. Entonces las grandes obras de infraestructura se detuvieron, porque se razonó que no eran para que la disfrutara el último hombre vivo, sino muchas personas. Si Alfredo, símbolo de la última generación que poblaría la Tierra, quería esas obras, que las pagara él. Los demás no tenían por qué regalarle nada.
Del mismo modo, individuos, empresas y gobiernos empezaron a no preocuparse por las deudas que pudieran contraer. Era el momento de disfrutar la riqueza, sin preocuparse por dejar nada a nadie. Alfredo vivió en un mundo jovial, alegre, en el que todo el tiempo había fiestas y pocos trabajaban. Pero, de todos modos, unas cuantas de las actividades que antes se realizaban no hacían falta. La sociedad podía funcionar con lo básico, y todo el que podía se dedicaba a disfrutar.
Algunos, sin embargo, veían en la ausencia de nacimientos una inequívoca señal de que se acercaba el fin del mundo. Determinados fanáticos religiosos, que estaban en contra de toda clase de disfrute, combatían las fiestas permanentes y exhortaban a la reflexión. No había que preocuparse por el futuro de la sociedad terrenal, decían, pero sí por el lugar de cada uno en el otro mundo.
Pequeños grupos de extra fanáticos religiosos veían a Alfredo como un símbolo negativo. Era, efectivamente, la culminación de la especie humana, como si Dios o los dioses hubieran querido cesar la producción por haber llegado al objetivo. Y pensaban que esa culminación era peligrosa, que debían acabar con él para que el fin del mundo no llegara. Si Alfredo moría, los dioses correspondientes se verían obligados a seguir buscando el ideal, entonces los nacimientos se reanudarían, y todo volvería a la normalidad.
Por lo tanto, Alfredo debía vivir con protección para no ser alcanzado por alguno de estos fanáticos. Pero nadie estaba dispuesto a dedicar su vida a ese trabajo, sobre todo no habiendo generaciones posteriores que les dieran una esperanza de que alguna vez sus descendientes iban a llegar a algo, y ellos debían sacrificarse por esos descendientes. Entonces Alfredo debió arreglárselas solo, así que aprendió toda clase de métodos de defensa personal.
A medida que la edad de Alfredo avanzaba, distintas facetas de la cultura iban desapareciendo. El entretenimiento infantil caducó al llegar a su adolescencia. La cultura joven terminó cuando Alfredo alcanzó la madurez. A Alfredo le parecía una lástima que se perdiera todo eso y trataba de preservarlo, aunque fuera porque, tal vez, un día le agarraría un ataque de nostalgia y querría volver a experimentar algo de lo que le gustaba antes. Pero era un esfuerzo muy grande, que en su mayor parte no valía la pena, y dedicar demasiado tiempo a eso hubiera implicado estar inmerso en el pasado en lugar de disfrutar el presente.
A medida que las generaciones mayores iban expirando, Alfredo veía que los cementerios se llenaban. Pensaba que un día iba a estar entre los pocos que los verían casi completos. También pensaba que él no iba a poder ser enterrado, si efectivamente era el último en morir. Pero no importaba mucho, porque tampoco habría nadie para sufrir las consecuencias. Alfredo reflexionó que un cuerpo que se descompone en una ciudad vacía donde no hay nadie que pueda olerlo, es lo mismo que si no tuviera olor.
A su avanzada edad, Alfredo conoció un mundo muy poco poblado. Quedaba poca gente, todos mayores que él. Alfredo y los demás tuvieron una relación mucho más cercana que lo que habían podido lograr sociedades enteras antes de llegar a ser tan pocos. Cuando alguien moría, era llorado por todos. Los que quedaban hacían todo lo posible por disfrutar al máximo el tiempo que le quedaba a la especie. Era la última oportunidad de vivir el presente.

Valientes basuristas

Cuando se tapó el ducto que transporta la basura desde las casas de la ciudad hasta los predios donde se le realiza el tratamiento correspondiente, la acumulación se convirtió en un problema muy grave. La gente, a pesar de las advertencias oficiales, seguía tirando la basura en los agujeros en lugar de comprar bolsas para acumularla a la vieja usanza. Y entonces los caños tapados desbordaban.
De las bocas de basura de las esquinas sobresalían cáscaras de frutas, envases, restos de comida, diarios viejos, líquidos misteriosos y toda clase de residuos, que provocaban un olor nauseabundo que se dispersaba en toda la ciudad. Si hubiera habido algo de previsión, los camiones que antes se usaban habrían sido desempolvados y puestos una vez más en funcionamiento para pasar la transición. Pero su venta a ciudades extranjeras lo impidió, y la urbe quedó tapada de basura.
Hubo que suspender las actividades mientras duraba la crisis. Se decretó feriado, no hubo clases y sólo se prestaban los servicios de emergencia. Algunas líneas de subte, con filtraciones de los ductos de basura, debieron cerrar también debido al olor. La gente se quedaba en sus casas con las ventanas cerradas, y los que podían se iban al campo.
La situación requería medidas urgentes. Por suerte, el escuadrón de la basura estuvo a la altura de las circunstancias. Los valientes basuristas se animaron a sumergirse en los ductos, venciendo el asco y la claustrofobia al mismo tiempo. Armados de máscaras de oxígeno, se introdujeron en los caños con el fin de buscar la causa del tapón.
Luego de 72 horas de tensa búsqueda, durante la cual se comunicaron con la superficie por radio, los basuristas dieron con el problema: alguien había tirado el cadáver de un elefante, que ahora tapaba el ducto maestro. No sólo eso, los colmillos habían perforado la pared del ducto, que debía ser reparada para que no se produjeran filtraciones de impredecibles consecuencias ambientales.
Por suerte, tenían las herramientas adecuadas. El equipo estuvo horas aplicando masilla y cemento al agujero, para que quedara emparchado. Luego fue momento de liberar la obstrucción. Con gran fuerza, los seis integrantes del escuadrón empujaron al elefante. La tarea era muy difícil por la presión ejercida por la basura que se seguía acumulando detrás. Hasta que uno de ellos se dio cuenta de que valía la pena hacer trastabillar al cadáver, y se colocó debajo de sus piernas mientras los demás empujaban. De este modo, el elefante hubiera caído sobre él de no haberse corrido en el último momento posible.
Al producirse la caída del elefante, la basura por fin pudo pasar, aunque no con el volumen de un caño libre de toda obstrucción (para eso hubo que mandar más tarde una cuadrilla especializada). Los integrantes del escuadrón de la basura aprovecharon la corriente que se produjo y la surfearon hasta la salida del caño, donde cuando volvieron a ver la luz fueron recibidos como héroes.

El inspector

El inspector va cada día a una escuela distinta. Su trabajo es muy agradable. En todas las escuelas recibe un trato ameno y comprensivo. Le ofrecen café. Lo elogian, le guardan el abrigo. Responden todas sus preguntas con amabilidad. Todas las personas que encuentra a su paso le muestran enorme respeto.
Al recorrer las escuelas, descubre todas las aulas limpias y prolijas. Los alumnos, con sus guardapolvos relucientes, obedecen a las maestras sin reproches. Los docentes no sólo están a la altura de las circunstancias en cuanto a disciplina, sino que saben muy bien lo que enseñan.
No escucha ni una queja en ninguna escuela. Por eso no entiende por qué en todos lados escucha que la educación está en decadencia. Él conoce la realidad. Trabaja de eso, está en las escuelas más que ningún otro funcionario, y le agrada reportar siempre una situación espléndida.
A la tarde, llama por teléfono a la escuela que visitará al día siguiente para que puedan prepararse. Así siempre encuentra alguien que lo espera. Le parecería poco elegante caer de sorpresa.

Canillas hermanas

Existen en distintos puntos de Buenos Aires canillas unidas. No tienen por qué estar en el mismo edificio, ni siquiera en el mismo barrio. Pero, por más lejanas que sean, tienen una conexión que las relaciona en forma indeleble.
Sólo pueden deducir la condición quienes estén familiarizados con ambas, algo poco probable. Cuando una está abierta, la otra también quiere estarlo. Cuando ambas están cerradas ninguna hace ningún esfuerzo por abrirse. Pero si se abre una y no ocurre lo mismo con la otra, empiezan los problemas.
La relación se nota principalmente cuando una se rompe, porque la otra también deja de funcionar. A veces se arregla sola, y es porque compusieron a la hermana. Muchos plomeros tienen una base de datos de correlaciones y saben qué llamados esperar cuando alguien les pide que arregle una canilla en particular.
Cuando una sola está abierta, la otra gotea. Mientras más tiempo se mantenga la situación, más agua se desperdicia. No vale la pena cambiar el cuerito. A veces parece que eso lo soluciona, pero en realidad lo que pasa es que cerraron la otra.
La que está abierta experimenta como hipos en el chorro de agua mientras la otra se mantenga cerrada. Esto se atribuye muchas veces a defectos en la plomería, pero no es más que un síntoma de canillas separadas al nacer.
Pero cuando coincide que se abren las dos al mismo tiempo, el agua sale mucho más cómoda. Se experimenta un chorro saludable, placentero, que da ganas de mantener la canilla abierta para siempre.

La cara acorde

Marisol amaba su nombre, lo consideraba luminoso, brillante, alegre, optimista y dicharachero. El problema era con su cara, que en su opinión no estaba a la altura de Marisol. Era cara de Gertrudis. Ella quería tener cara de Marisol, y se preguntaba por qué no podía.
Veía a sus amigas y las envidiaba. Celia tenía cara de Celia. Rita tenía cara de Rita. La otra Marisol tenía cara de Marisol. Úrsula tenía cara de Úrsula. Mabel no, Mabel tenía cara de Juan Carlos, pero eso iba muy bien con la personalidad de Mabel.
Marisol admiraba profundamente la capacidad de su hermano Ricardo, que podía poner cara de Alberto, Jorge y Horacio según fuera necesario. A veces, incluso, ponía cara de Jesús y se ganaba el respeto de todos.
Cada vez que viajaba en taxi, Marisol se decepcionaba. Los permisos que se exhibían en el asiento trasero siempre traían una foto del conductor y su nombre completo, y siempre la foto correspondía al menos a uno de los dos nombres. Habitualmente viajar en taxi la estresaba.
Marisol se preguntaba por qué ella no podía ser como los demás. Ella sólo tenía su cara de Gertrudis inmodificable. Salvo cuando se sacaba fotos. En las fotos salía con cara de Amelia. Por eso no le gustaba sacarse fotos, sentía que no reflejaban su verdadero ser.
Todo esto provocó en Marisol un problema de identidad. A veces sentía la necesidad de asumir el nombre Gertrudis para que la gente confiara en ella. Para evitar parecer que se hacía pasar por otra, debía hacerse pasar por otra. Entonces se vio haciendo una cantidad de actividades propias no de Marisol sino de Gertrudis, como llamar a las autoridades cuando los vecinos hacían ruido, tomar sólo agua mineral o tejer pulóveres rojos. No le gustaba usar pulóveres, no iban con su concepto de Marisol, pero los usaba cuando asumía el papel de Gertrudis, lo cual ocurría cada vez más seguido.
Sus amigas de siempre la conocían por Marisol, pero cada vez conocía más gente que la llamaba Gertrudis. Llegó un momento en el que se dio cuenta de que sólo usaba su nombre verdadero en ocasiones en las que tenía que mostrar el documento de identidad, por ejemplo cuando pagaba con tarjeta. A veces, algún conocido que estaba cerca y veía la tarjeta con el nombre de Marisol, la ponía en aprietos al preguntarle por qué figuraba eso en lugar de Gertrudis. Habitualmente, por toda respuesta, Marisol salía corriendo.
Marisol estaba cansada de la doble vida en la que cada vez se hundía más. Para evitar estos sobresaltos, se veía forzada a mantener grupos separados, y se sentía dividida. Estaba entre Marisol y Gertrudis, no quería ser dos personas. Quería ser una sola. Prefería ser Marisol, pero estaba llegando al punto de conformarse con ser una tercera.
Por eso se alegró mucho cuando vio el aviso de una clínica que ofrecía un sistema para cambiar la cara. Estaba impresa la foto de un señor de guardapolvo blanco que parecía extranjero. Tenía cara de Gordon, y cuando Marisol se acercó comprobó que, efectivamente, se trataba del doctor Bob Gordon. Entonces le pareció que la clínica tenía gente confiable.
Ella nunca lo supo, pero fue tanta su alegría que por un momento puso cara de Sabrina.

Cambio de cara

―Doctor, quiero tener otra cara.
El médico le preguntó si estaba segura. Marisol contestó que sí, que necesitaba un cambio profundo en su apariencia. Quería cachetes más pronunciados, nariz menos puntiaguda, ojos de otro color, labios que hicieran sentir su presencia, un poco de mentón y dos o tres dedos menos de frente.
Cuando Marisol dio el visto bueno al presupuesto, pasó al quirófano para hacerse la operación en el acto. El médico quería darle turno para la semana siguiente, pero Marisol no quería esperar.
El equipo de cirujanos plásticos del centro médico se encargó de cambiar la cara de Marisol. Cada especialista modeló una parte distinta del rostro. La piel que sobraba de un sector era trasplantada a otro. Realizaron un trabajo impecable en las seis horas que duró el procedimiento.
Cuando Marisol se despertó, su cara estaba cubierta por una venda. Se la sacó luego de recibir la autorización correspondiente. Pidió un espejo para verse. Estaba irreconocible. Por eso no se reconoció. Tardó un rato en acostumbrarse, pero quedó conforme con su nueva cara.
Cuando recibió el alta definitiva, se encaminó hacia la salida. Pero antes tenía que pagar. Fue a la caja y presentó el presupuesto que le había pasado el médico, junto a su tarjeta de crédito. La cajera le pidió una identificación, y Marisol le dio la cédula. Pero la cajera no la reconoció, y sospechó que la tarjeta era robada. Marisol intentó darle otros documentos donde pudiera comprobarse su identidad, pero en ninguno de ellos constaba su cara actual.
La cajera no aceptó la tarjeta y se produjo una fuerte discusión que derivó en un llamado a la policía. Marisol fue detenida por fraude comercial. Llamó entonces a algunos amigos para que la fueran a buscar y le hicieran el favor de pagarle la fianza. Pero uno a uno, cuando llegaban, no la reconocían. Y como su voz todavía estaba tomada por los antibióticos, tampoco podían saber quién era al hablar con ella. Marisol, entonces, quedó tras las rejas, presa de su nueva cara.
Se mantuvo detenida hasta que la policía se tomó el trabajo de comparar sus huellas digitales con las que tenían archivadas. Recién entonces le creyeron la historia del cambio de rostro. La liberaron, pero con la condición de que pagara la deuda con el centro médico.
Marisol, entonces, volvió a la caja con su tarjeta y con el único documento actualizado que acreditaba su identidad: la foto del prontuario.