Jabón fugitivo

En rebelión por estar siempre en contacto con superficies mugrientas, los jabones adoptaron la costumbre de escaparse. A pesar de que ése era el sentido de su existencia, estaban cansados. “El jabón te lava a vos. ¿Quién lava al jabón?” era la consigna de la campaña, que se expandió por todo el mundo.
Los jabones, así, se escabullían de las manos de quien los agarrara cuando juzgaban que la superficie del cuerpo donde iban a ser frotados estaba demasiado sucia. Disimulaban su intención con la excusa de que la superficie enjabonada es muy resbaladiza. Una vez fuera de las manos, iban a parar al suelo de las bañeras, donde el agua proveniente de la ducha les proporcionaba una buena limpieza.
Mientras tanto, la persona que tenía la intención de asearse debía agacharse ante el jabón para poder recuperarlo. Muchas veces no bastaba un solo intento, porque los jabones aprovechaban el nuevo contacto con las manos para profundizar su propio aseo. Una vez que se juzgaban limpios, estaban en condiciones de limpiar a la persona.
Esta situación podría haber traído muchos problemas en las cárceles, donde la caída del jabón es parte importante de la experiencia penal. Pero no fue así, porque todas las cárceles reputadas ya habían incorporado el uso de Bouncy, el único jabón que rebota en el suelo mojado.
Bouncy hace más placentero el baño colectivo. Su estructura gomosa permite pasárselo entre varias personas, y no tener que agacharse para recogerlo si se llega a caer. Así, Boncy permite no sólo estar más limpio, sino también protegerse de molestas invasiones a la privacidad. Por eso Bouncy es el jabón predilecto de deportistas y convictos.
Ningún baño comunal está completo sin Bouncy, el jabón redondo que pica para que nadie te pique.

Valorar la vida

Ayer, en el barrio de Ingeniero Maschwitz, un trabajador fue asesinado delante de su hijo de cuatro años. Tres delincuentes lo acribillaron al asaltarlo mientras él regresaba de buscar a su hijo del jardín, porque no tenía más que 50 pesos para darles.
Es realmente indignante que ocurran cosas así. La víctima era un trabajador honesto y querido por la comunidad. Una persona humilde que era solidaria con los demás y siempre trataba de enfrentar la vida con una sonrisa. No era un viejo amarrete y amargado que, al final, daría lo mismo que viviera o no. Con su muerte, el mundo perdió a alguien valioso.
Pero esto no es todo. 50 pesos no es un monto razonable para justificar un asesinato. Por lo menos, no el asesinato de una persona así. Si hubiera tenido un maletín con cinco millones de dólares, la situación hubiera sido otra. Pero no lo tenía, y estos desalmados lo mataron igual por menos plata que la que se le podría arrebatar a alguien en un colectivo lleno.
El hecho es especialmente descorazonador porque fue adelante del hijo, que tendrá que crecer con el recuerdo de haber visto morir a su padre por tan poco. Ni siquiera se puede consolar con que lo mataron mientras él, irresponsablemente, efectuaba una operación de narcotráfico adelante de su hijo. No, simplemente lo había ido a buscar al jardín, en un esfuerzo por pasar más tiempo con él.
Eso no es un buen ejemplo para los más chicos. Ver a su padre asesinado sin ninguna razón justificable, sólo por una cantidad irrisoria de dinero, le puede traer consecuencias dañinas en su crecimiento. Si lo que queda de su familia no lo contiene bien, corre el riesgo de no aprender el verdadero valor de la vida.

Al mismo tiempo

La máquina del tiempo de Hugo tenía un defecto: no podía viajar en el espacio. Le permitía trasladarse a cualquier época, pero en el mismo lugar donde estaba. Y aunque era portátil, el viaje se producía en el lugar específico donde se encontraba en el momento de la partida.
Hugo quería viajar a distintas épocas lejanas, pero tenía dudas de que fuera responsable. No quería cambiar la historia, porque estaba al tanto de los riesgos de producir paradojas temporales. Tampoco quería visitar el futuro, porque sus conocimientos sobre el porvenir le hacían correr el riesgo de generar paradojas en su propia época. Hugo estaba contento de que el inventor del viaje en el tiempo hubiera sido alguien meticuloso como él, porque si caía en malas manos el mundo podía no volver a ser el mismo.
Así que no hacía viajes grandes, se conformaba con usos cotidianos. La máquina le permitía una mejor administración del tiempo. Él iba a trabajar durante el día, y muchas actividades que quería hacer entraban en conflicto con ese horario. Pero con la máquina del tiempo no había problemas. Simplemente, al salir de trabajar se trasladaba a la hora adecuada y se daba libertad. Después volvía al horario de donde partió, o al equivalente si hubiera hecho esa actividad al salir del trabajo.
Los viajes le trastocaban un poco el sueño, le producían una especie de jet lag, pero también lo ayudaban a solucionarlo. Si tenía sueño y era muy temprano, retrocedía hasta la hora de dormir. Si se quedaba dormido, no había problema. Hacía todo lo que tenía que hacer y se trasladaba a la hora a la que iba a levantarse. De esta manera, nunca llegaba tarde al trabajo.
No llegaba tarde, pero maldecía tener que viajar en el subte en hora pico. Hasta que se dio cuenta de que no hacía falta. El mismo subte en otros horarios estaba vacío, todo era cuestión de ir al andén, trasladarse en el tiempo, tomar el subte tranquilo y en el destino volver al día original.
Decidió que lo mejor era viajar el domingo a la mañana, cuando no hay nadie en el subte, así nadie se percataba de su aparición y desaparición. Fue al domingo anterior y viajó solo, aunque tuvo que esperar el tren un buen rato, porque por la misma razón que él estaba ahí, las frecuencias no eran muy altas. Pero tomó la precaución de anotar el horario en el que vino el tren.
Al día siguiente volvió al mismo día, esta vez pocos segundos antes de la partida. Se vio esperando el tren, y el que esperaba lo vio llegar. Pero no se saludaron, por las dudas de que se produjera alguna paradoja.
En los días que siguieron, Hugo continuó tomando el mismo tren del domingo. A medida que lo hacía, un Hugo más aparecía en el tren. Se fue distribuyendo por toda la formación, pero llegó un momento en el que no pudo conseguir asiento porque estaba lleno de Hugos sentados. Siguió viajando, sin embargo, en ese tren, porque el horario le resultaba conveniente para no generar ninguna sospecha. Además, lo había guardado en la memoria de la máquina y no tenía ganas de buscar uno nuevo. Entonces el tren se siguió llenando de Hugos hasta que no entraron más.
Un día, en realidad el mismo domingo, la presencia del Hugo actual no permitía que se cerrara la puerta. Los otros Hugos lo bajaron del tren ante las protestas del guarda. Entonces Hugo se vio forzado a encontrar otro horario. Eligió trasladarse al tren anterior. Y el primer día que lo hizo, esperó que llegara el siguiente con todos sus pares, y al verlos les hizo un gesto de burla, porque él había llegado primero.

Los postes juegan

Después del puntapié inicial agarró la pelota el marcador. Se la pasó al esférico, quien tocó hacia el travesaño. Pero en ese momento marcó el técnico y rápidamente descargó para la hinchada. La hinchada avanzó unos metros y le pasó la pelota a la dirigencia, quien tiró una pared con el árbitro antes de pasársela a los sponsors en la puerta del área. Pero su remate fue contenido por los guantes. Rápidamente se produjo el saque de arco y pelearon la pelota en la mitad de la cancha el temple y la mística copera. Ganó esta última, pero la pelota se fue al lateral y quedó para el contrario. Sacó el lateral un inadaptado, quien le pasó la pelota al palco oficial y la recibió de nuevo con el pecho. En ese momento lo venía a marcar la historia pero pudo descargar rápidamente hacia la suerte de campeón, quien hizo un pase en profundidad para la camiseta. En una acción veloz la pelota estaba en poder de los huevos y salió un pase hacia el punto del penal. El pase fue interceptado por la mufa, que pateó al arco y erró.
El equipo contrario salió jugando con el comentarista, quien gambeteó a un par de atacantes contrarios y le pasó la pelota al palo, que estaba en posición de 5. Bajó hasta allí el cartel electrónico y empezó a tejer los hilos de una jugada muy interesante. Picó por la izquierda un millón de dólares, y por la derecha el volumen de juego. De esta manera arrastraron las marcas y dejaron libres al cansancio, que recibió un pase exacto y estaba por concretar cuando cortó la altura. En una fracción de segundo la altura tiró un pelotazo para el kinesiólogo, que eludió con un caño a la cinta de capitán. Enseguida habilitó al menisco externo, quien antes que lo pudiera impedir el fantasma del descenso dio un pase a la red.

Una payasa con conciencia social

¡Hola chicos! Soy la payasa Romilda. Sí, hay payasas mujeres. Ustedes por ahí creían que sólo los hombres podían ser payasos. Bueno, no. Las mujeres también podemos. Es una de las facetas de la liberación femenina. No hay nada que haga que los hombres sean más capaces como payasos, y una payasa puede ser mucho más divertida.
Les cuento que yo me hice payasa porque soy muy pobre. Soy tan pobre que no tengo ropa del mismo color. Tengo que juntar retazos de lo que pueda para poder vestirme. Por eso tengo puesta esa combinación tan extraña. Era más fácil hacerme payasa que conseguir dos medias iguales.
Claro que para hacerme payasa tenía que conseguir una nariz roja, y soy tan pobre que no puedo comprarme una de plástico. Por eso me pinté la nariz de rojo. ¿Ven? Así es mucho mejor, porque es mi nariz natural y es igual de divertida que las otras sin necesidad de tener que ponerme cosas artificiales, ¿no es cierto?
Por eso les pido que se rían de lo que hago, pero no de mi apariencia. Un buen payaso hace reír a los chicos por su mérito artístico y no por cómo está vestido. Como ya les expliqué que mi vestimenta es así porque soy pobre, quiero que se acuerden de eso cuando estén tentados de reírse de mí.
Vamos a divertirnos mucho hoy. Pero no vamos a abusar de eso. Tenemos que recordar que estamos en un mundo injusto, en el que mucha gente se muere de hambre mientras nosotros nos divertimos. Dentro de un rato vamos a hacer una pausa para pensar en cómo podemos ayudar a esa gente.
También vamos a jugar a algunos juegos. Pero no habrá premios para los que ganen, porque eso despierta el egoísmo de cada uno, y lo importante es que todos juntos nos divirtamos, no los premios. ¿Verdad?
Bueno, la idea era empezar a hacer figuras de animales con globos. Pero no podemos porque no tengo globos. Soy muy pobre para poder comprarlos y, después de todo, si tuviéramos sería injusto jugar con ellos mientras hay otros que no tienen esa posibilidad. Así que en lugar de inflar globos vamos a dibujar animales, que es igual de divertido. Vamos a usar sólo tizas blancas para evitar humillar a quienes no pueden comprar tizas de color.
¡Vamos, chicos! ¡Todos al pizarrón!

The road not taken

Simón no nació en una fecha que resultara particularmente significativa. Tampoco lo hizo en un lugar que le garantizara grandes oportunidades para su vida. Su arribo al mundo no generó gran atención, ni conmovió a la opinión pública.
Simón no se destacó en la escuela. Sus maestras no notaron su enorme capacidad intelectual. Esto es porque no tenía tal capacidad. De cualquier manera, no tuvo graves problemas académicos. No se solía meter en aprietos y no tenía muchos amigos.
No fue a la universidad pública. No tuvo que traspasar innecesarias barreras burocráticas. No hizo una carrera muy exigente, ni muy larga, ni muy prestigiosa. No esperaba mucho de la vida.
Su vida laboral no es lo que nos ocupa. No es que su vida personal fuera muy interesante. No es que hubiera algo muy sorprendente que revelar. No dijimos que Simón no siguió el destino que se le auguraba. No consiguió enorme trascendencia en la sociedad. No es que la buscara. No se dedicó al boxeo ni ganó millones en la bolsa.
No obstante, no tardó en formar una familia. No formó una familia muy numerosa. No quiso que su familia tuviera el mismo destino que él. No estaba conforme con su vida. Como consecuencia, no se quedó quieto. No puso objeciones en estimular los intereses de sus hijos. No reparó en gastos para ellos. No se asustó ante ese desafío. No iba a dejar que les pasara algo. Algunas veces ellos no creían estar a salvo de las inclemencias meteorológicas. Simón no vacilaba en decirles que no tuvieran miedo, que no les iba a pasar nada.
Simón no fracasó. Sus hijos no siguieron su camino. No le agradecieron su influencia, no estaban anoticiados de ella. Simón no les había dicho. No le había parecido oportuno. De todos modos a Simón no le importaba la ausencia de agradecimiento.
A la edad de jubilarse, Simón no trabajó más. No quería ir más al centro. No quería pasar horas de su vida en el transporte público. No estaba en condiciones de aguantarlo.
No llegó a la vejez en las mejores condiciones de salud. Sus hijos no tenían tiempo de ocuparse de él. Pero no quiso ir a un geriátrico. No era una institución que le resultara grata.
En un momento, no le quedaban demasiadas razones para seguir viviendo. No tenía nada que hacer en el mundo. Pero no le llegaba la hora. No contempló poner fin a su vida, no era su estilo. Igualmente no tenía muchos estímulos, y no soportaba mucho su situación.
No debió esperar mucho más. No le quedaba mucho. Un día no se despertó. No respiraba. Simón ya no existía.
No se le hizo velatorio. No era de su agrado, y además no tenía muchos amigos. Sus bisnietos no llegaron a conocerlo.
Hoy no se lo recuerda muy seguido.

Pelo de jabón

En la bañera había dos jabones: el jabón de él y el jabón de ella. El de él estaba lleno de pelos. A ella le daba asco. Cada vez que lo veía protestaba por la presencia de esos pelos y el hecho de que él no los limpiara. Por eso había incorporado un jabón propio.
Al jabón de ella, sin embargo, los pelos del jabón de él le gustaban. Le parecían varoniles. El jabón de él con pelos era mucho más atractivo que el lampiño. Pero muchas veces le quedaban desprolijos. Eso al jabón de ella no le gustaba tanto. El jabón de ella tenía un amplio olfato estético. Se trataba de un jabón perfumado. En cambio, el jabón de él sólo se ocupaba de la limpieza. No le interesaba demasiado el aspecto final.
El jabón de ella se acercaba cuando podía al jabón de él. Se deslizaba suavemente hacia su jabonera y, una vez ahí, lo peinaba. Después de unos minutos de suaves maniobras, el pelo del jabón de él quedaba mucho más atractivo. El jabón de ella disfrutaba verlo así. Durante el procedimiento, inadvertidamente un poco de perfume del jabón de ella impregnaba al jabón de él, y también algunos pelos del jabón de él se pegaban al jabón de ella.
Cuando ella se iba a bañar ponía el grito en el cielo. ¿Qué hacían esos pelos en su jabón? Lo acusaba a él de haber usado su jabón para bañarse. Él lo negaba, y la acusaba a ella de lo mismo, por haberlo encontrado perfumado. Entonces ella limpiaba los pelos de su jabón y los alejaba, para que no se pudieran confundir.
Pero apenas ella se iba, el jabón de ella se acercaba de nuevo. Cuando cualquiera de los dos volvía a bañarse, los encontraba en el lugar anterior y pensaba que el otro los había devuelto. A él no le importaba y los dejaba así. A ella la situación la irritaba y los volvía a separar.
El jabón de ella, al deslizarse para peinar al jabón de él, se iba deshaciendo. Los restos de agua que quedaban en la bañera lo desgastaban. Entonces se iba volviendo cada vez más chico y pegajoso. Sin embargo, seguía con la intención de peinar al jabón de él, que seguía siendo fuerte como un hombre.
La última vez que lo hizo ya estaba muy débil. Se apoyó en él para peinarlo pero no pudo volver a salir. No tenía fuerzas. Los intentos de salir hicieron que se quebrara en dos, y entonces decidió quedarse donde estaba, junto al jabón de él. Ambos se fundieron en uno, con los pelos de él uniéndolos.
Cuando él se fue a bañar, no se dio cuenta de lo que pasaba y se enjabonó como siempre. Cuando fue ella, se encontró con que no tenía jabón. Como estaba bajo la ducha, no fue a buscar otro. Decidió lavarse con el de él. Y sin saberlo, se lavó por última vez con el jabón de ella.

Yo soy ellos

¿Dónde están los demás? Están allá, todos juntos. ¿Qué están haciendo? No se nota, tengo que ir y hacer lo mismo. Se están divirtiendo. Si ellos se divierten, yo también me voy a divertir con ellos. Seguro. Yo seré yo, pero también soy ellos. Y ellos son yo. Por eso voy a ir con ellos, a encontrarme conmigo, con lo que ellos quieren, que es lo que quiero yo y lo que queremos todos.
Qué bueno que todos seamos uno.

Tengo para rato

¿Qué es eso de aceptar la muerte? No, señores, conmigo eso no va. Entiendo que sea algo inevitable. No está bien, sin embargo, que uno la abrace ni que la espere. Por lo menos presentemos batalla.
Al fin y al cabo, se supone que no seguiremos existiendo en ninguna forma una vez producida la muerte. Sí, algunos dicen que el alma se eleva a algún lado o algo así, y me gustaría creerles, pero la evidencia apunta a lo contrario. Entonces, si es inevitable mi inexistencia, pienso postergarla todo lo que pueda.
Antes de los 100 años no me pienso morir. Y tampoco a los 100, porque sería un número demasiado redondo. Sería demasiado fácil para los que hagan biografías, y una concesión un poco exagerada hacia el sistema decimal. Y pienso llegar perfectamente sano a esa edad, no hace falta estar postrado en ninguna parte.
Tampoco pretendo que se me destaque por la capacidad mental para un hombre de mi edad. No, la idea es llegar lo más bien, y que quienes no sepan cuántos años tengo no se den cuenta de que están tratando con alguien que en presencia condescenderían.
No entiendo a los que se conforman con poco. Dicen “70 años está bien”. Minga. 100 años está mejor que 70. Alguno podrá decirme que no aspiro a algo suficientemente largo, que podría aspirar a 150, y por ahí tienen razón. Pero no aspiro sólo a llegar a 100, aspiro a pasarlos, y quién sabe qué avances habrá de acá a que tenga esa edad. En una de ésas para entonces tener 100 no es ser tan longevo, y podré aspirar a algunas décadas más sin demasiado problema.
Pero aparte, mientras más demore mi estadía, más probabilidades hay de que la ciencia encuentre alguna forma de mantenerme aún más de lo que es biológicamente posible. En una de ésas para cuando tenga 100 se haya inventado alguna especie de alma artificial, o alguna forma de preservarme de manera que tenga conciencia.
Porque ése es el asunto: no tener más conciencia. Puedo dejar una obra inconmensurable, un legado sensacional, pero no es mucho consuelo una vez que no existo. Shakespeare no está orgulloso de su vigencia, porque no puede. Me gustaría poder, aunque sea, ver cómo andan las cosas. No necesariamente intervenir. Tampoco quiero volver como un espectro a asustar a la gente.
Pero eso no sé si ocurrirá. Por el momento, lo único que espero es tener la oportunidad de seguir viviendo muchos años más. Ahora voy a ver qué hago en esos años.

Cazar berenjenas

Ser vegetariano no implica no amar la cacería deportiva. Sin embargo, durante mucho tiempo los vegetarianos tuvieron que abandonar esa práctica, porque estaba reñida con la convicción de que era malo matar animales. Y si no estaban dispuestos a matarlos por alimento, no iban a matarlos por deporte. Entonces ese ejercicio fue monopolizado por hombres y mujeres con poca compasión por los animales, dispuestos a asesinarlos sólo para obtener una diversión sádica.
Hasta que apareció en escena una empresa, especializada en ingeniería genética. Siempre estuvo en busca de nuevas aplicaciones para los productos de la naturaleza. Se trata de un emprendimiento de los mismos creadores de las peras de olmo, ahora más enfocados en obtener resultados prácticos y visibles.
El primer proyecto se trata de una cruza de berenjenas con genes de liebre. No se dañó a ninguna liebre en la investigación, sólo se copiaron sus genes para poder integrarlos a los vegetales. El resultado es un campo en el que las berenjenas que se plantan, cuando llegan a cierta edad de maduración, cortan sus raíces y usan los tallos para correr como las liebres.
Los ingenieros se aseguraron de que esto ocurriera en el período de mayor suculencia, y programaron todo para que coincidiera con la primavera. Entonces, cuando llegan los primeros calores, se abre al público el campo de caza de berenjenas. Los visitantes pagan una entrada y pueden estar todo el día cazando. El precio de la entrada financia las investigaciones.
Resulta un gran ejercicio. Gracias a los genes de liebre, las berenjenas son muy escurridizas. No es fácil cazarlas. Lograrlo requiere esfuerzo, paciencia y concentración. Igual que la cacería de cualquier animal.
Pero no se trata de un animal, sino de una planta. Por eso, cuando se logra el objetivo, se puede volver de la cacería con la satisfacción del trabajo bien hecho y disfrutar, como resultado, de una sabrosísima comida vegetariana.