Vendo año 1994

Vendo año usado, modelo 1994. A pesar de su antigüedad, conserva todos los meses. Es un año típico de su época, lleno de acontecimientos que se dan sólo en él. Pertenece a la serie 1990, de los mismos creadores de 1993 y 1992, que con el tiempo se harían conocidos como los responsables de 2009.
Se trata de un año par no bisiesto, el anteúltimo de su siglo. Contiene un mínimo de tres campeonatos mundiales de los deportes más populares. Es también el primer año libre de apartheid.
Se conserva en buen estado a pesar del paso del tiempo. Permite todavía observar su impronta. Algunos días están algo chamuscados por eventos varios, pero no contiene nada que vaya más allá de la naturaleza de un año usado. Por el contrario, al ser uno de los años más pacíficos de los que se tenga memoria, es posible que su estado de conservación lo haga confundir con uno más moderno.
Astronómicamente hablando, el año solar 1994, además de dos pares de equinoccios y solsticios, incluye dos eclipses solares y dos lunares. También está presente el choque entre el cometa Shoemaker-Levy 9 y Júpiter, sin precedentes históricos. Es cierto, este evento astronómico no puede compararse con la llegada a la Luna en 1969, no obstante 1994 cuenta con un Woodstock.
Esta oferta es por tiempo limitado. Usted puede hacerse de un período único e irrepetible. No se venden meses por separado. Por un módico precio, 1994 puede ser su año.

Vida simple

La (utilizo este artículo porque quiero diferenciar la experiencia de “la vida” del concepto de “vida” lo más posible, de modo de no causar confusión) vida (me refiero no al concepto de la vida que tiene la ciencia –aquel que se aplica al buscar, por ejemplo, vida extraterrestre– sino, más exactamente, a la idea del período (ya sea corto o largo, no importa, estamos hablando de tiempo) que un ser (podría decir un ente, pero prefiero decir ser para no meter al lector en una inconducente dificultad de vocabulario, así que me refiero a lo que suele entenderse por ser: un hombre, o una mujer, pero no es que me esté limitando a eso, podría ser cualquier animal o una planta; incluso sería más válido aún si lo aplicáramos a cualquier ser que no sea un hombre) está vivo (quiero decir el tiempo que transcurre entre el momento del nacimiento (o de la concepción, no quiero entrar en polémicas respecto de cuándo empieza exactamente la vida; el lector puede reemplazar lo que acabo de decir por lo que piense al respecto, no es esencial para la idea que quiero transmitir) y de la muerte, suponiendo que todos los seres vivos muriesen), aunque en realidad estoy hablando de un concepto mucho más general, más cercano a lo que vendría a ser “la experiencia de la vida” o los acontecimientos que a mucha gente le ocurren en el transcurso de su propia vida) es (cuando digo “es” no debe interpretarse que quiero dotar a mi afirmación de veracidad científica, más bien estoy haciendo una observación subjetiva que podría ser invalidada en cualquier momento) simple (eso).

Planetario al aire

La falta de mantenimiento finalmente hizo que la cúpula del Planetario se cayera. Las butacas originales de 1966 fueron deshechas por los cascotes curvos, que cayeron sobre la sala como si fueran meteoritos.
Sin embargo, el proyector no sufrió daños. En un testimonio a la calidad del Zeiss, sólo sufrió algunos percances menores, fácilmente reparables. Pero no había planetario donde proyectar las imágenes. El director del complejo, no obstante, declaró que “el espectáculo debe continuar”.
Se resolvió arreglar el proyector para tenerlo en condiciones para cuando se pudiera reconstruir el edificio, o para llevarlo a otro lado. El proceso de reparación demandó pruebas, y gracias a ellas el director del Planetario tuvo una idea ambiciosa.
Decidió que, después de todo, para contemplar el espectáculo de las estrellas no hacía falta el edificio. Se las podía proyectar hacia arriba. El cielo era un gran Planetario. Y, ya que las estrellas eran muy difíciles de ver en la ciudad, la asistencia del Zeiss podía permitir su regreso.
Así, los espectáculos diarios del Planetario fueron vistos por todos los que estuvieron dispuestos a mirar hacia arriba. Se proyectaba el cielo como debía verse en tiempo real, exepto que las estrellas se veían. Muchos las descubrieron por primera vez. No tenían idea de que hubiera tantas estrellas.
Pero con el tiempo el show se empezó a hacer rutinario. También se llegó a la conclusión de que poder controlar el firmamento era una herramienta poderosa. No hacía falta esperar todo un mes para ver la luna llena. Podía estar todos los días, y sin efectos indeseables sobre las mareas.
Además de corregir la Luna, desde el Planetario se empezó a modificar el cielo. Las condiciones geográficas ya no eran una barrera. Se podían ver estrellas del hemisferio norte con el mismo esfuerzo. Entonces todos los días Buenos Aires tuvo el cielo de una lugar distinto, como parte de la ciudad cosmopolita que era.
También se proyectaron firmamentos de otros planetas, lo que generaba paisajes extraños y atractivos. Cuando se proyectaba el cielo de Júpiter, el público se sorprendía al ver cuatro grandes lunas. Cuando se veía el de Neptuno, varios notaban con curiosidad que una de las estrellas era la Tierra donde ellos estaban parados.
Los espectáculos diarios generaron un gran interés por la astronomía en Buenos Aires, y atrajeron a muchos turistas, curiosos por conocer el cielo cambiante. Pero ese éxito fue lo que provocó su fin. Al ver la demanda astronómica por parte del turismo, el Estado decidió invertir en atracciones para ofrecer a los visitantes extranjeros. El proyecto más evidente era reconstruir el Planetario, porque no podía haber una gran capital que no tuviera, sobre todo una que se estaba caracterizando por la astronomía.
Entonces se liberó el presupuesto para hacer de nuevo la cúpula del Planetario, pero esta vez más moderna y espectacular que antes. El proyecto se concretó, y el edificio se convirtió otra vez en un hito de la ciudad, pero el proyector Zeiss quedó atrapado adentro, y la ciudad perdió sus cielos estrellados.

Cine contemplativo

Cierto tipo de cine se caracteriza por la contemplación. Los directores reflexionan constantemente sobre la vida, la sociedad, la industria, las diferencias económicas, el papel del arte, el dolor y el amor. Los personajes también reflexionan, y son en sí mismos un reflejo de la mente del director.
Nosotros, los espectadores, los contemplamos mientras reflexionan. El personaje contempla la vida, o un dilema, o cualquier cosa, no importa. El director contempla al personaje. Y nosotros, en la oscuridad de la sala, comprendemos que ambos están contemplando.
Hay muchas ideas, muchos sentimientos en ambas cabezas. La cara del actor así lo transmite. Complejos y hasta contradictorios pensamientos atraviesan su rostro. No los dice, porque sería demasiado fácil. Una película profunda requiere un espectador activo, que debe contemplarla y relexionar junto a ella.
La película, entonces, nos hace el favor de hacernos pensar, sin decirnos exactamente qué, y sin distraernos con estímulos visuales o sonoros. El director sabe que no es fácil. Que no llegará a un público muy masivo, porque hay mucha gente que no está preparada. A él le costó años alcanzar el grado de profundidad que tiene. Entonces en cada plano nos da tiempo para que desarrollemos tranquilos nuestros pensamientos.
Pero tarde o temprano las reflexiones terminan, y se produce un desenlace. No siempre lo parece, eso sí, porque puede o no tener que ver con lo visto ante de las reflexiones. No importa. Las imágenes son secundarias. Este cine trasciende lo visual. Lo que importa es lo interno, la conexión espiritual entre personaje, director y espectador.
Pero sólo algunos espectadores la consiguen. Sólo unos pocos elegidos se iluminan. Al resto, la película les parece un bodrio inaguantable.

Bajo la lluvia

I. El paseo de los paraguas
Los días nublados la gente saca a pasear a los paraguas. No es ése su objetivo, sino obtener protección para el caso de que llueva. Y cuando la lluvia se produce, todos están contentos de haberse preparado. Los que no se dieron cuenta de llevar paraguas envidian a los que portan uno, que caminan satisfechos por su previsión.
Aquellos que salen a la calle sin paraguas no buscan colocarse bajo la protección de alguno. Ponen excusas para no tenerlo. Dicen preferir mojarse, dejarse llevar por la naturaleza. O directamente proclaman la inutilidad del paraguas, señalando los pantalones mojados de quienes los portan tan orgullosamente. Estos argumentos a veces son compartidos por los paragüistas, que sin embargo no abandonan su techo portátil. Sienten que vale la pena no tener que secarse la cara a cada rato, encima sin saber con qué, porque cualquier ropa se moja con la lluvia.
El paraguas implica algunas molestias. Cuando está lloviendo, el cruce frontal de dos paraguas necesita una serie de protocolos. En general uno de los dos, preferentemente el más alto, levanta el suyo para indicar al otro que lo deje quieto o lo baje. Pero muchas veces ninguno se da cuenta y se chocan, acción que moja a ambos, y puede ocurrir que al menos uno de los dos sufra un pinchazo.
Sin embargo, estos problemas son menores comparados con la solución que un paraguas ofrece para la lluvia. Aunque es necesario un nivel de intensidad mínimo para que valga la pena exponerse a todas esas molestias. Muchas veces hay lloviznas en las que es preferible mojarse a activar toda la parafernalia. Ese nivel mínimo varía según las preferencias de cada uno. Los que nunca llevan paraguas puede interpretarse que tienen su tolerancia al agua tan elevada que jamás llueve lo suficiente como para que juzguen útil tenerlo a mano. Esto no significa que esas personas prefieran mojarse siempre, sino que son tan raras las ocasiones en las que se mojan tanto como para desear un paraguas, que no amortizan los distintos costos que uno implica.
El mayor problema se genera los días que no llueve, pero parece que va a llover. En estos días mucha gente sale armada de paraguas para prepararse, y terminan acarreándolos hasta el regreso. Los modelos más chicos, que entran en una cartera o mochila, no tienen ese inconveniente. Incluso se pueden dejar en dicha cartera o mochila para tenerlos a mano los días de lluvia. Esto permite no tener que decidir cada mañana si vale la pena llevarlo o no. El día que llueve, se saca y se usa. Son ésos los momentos de peligro: el paraguas se debe secar antes de volver al bolso, y cuando fue usado hay que acordarse de volver a guardarlo, porque si no pueden pasar meses hasta la siguiente necesidad, y se puede asumir que uno está cubierto cuando no es así.
Pero no son muchos los que se dan cuenta de tener un paraguas chico. La mayoría lleva uno grande en la mano. Algunos son tan largos que están en contacto con el suelo, como si fueran bastones innecesarios. Es posible apoyarse en ellos y llevarlos con gran dignidad, como lo hacía Chaplin. Para algunos, esta ventaja compensa los problemas del tamaño. La mayoría, sin embargo, no tiene interés por la pantomima y usa paraguas medianos, imposibles de apoyar ni arrastrar, que producen una profunda irritación siempre que no está lloviendo.
Algunas personas caminan con la ilusión de que se largue a llover, así pueden usar el paraguas y dejar de pasearlo inútilmente. Vigilan el cielo para buscar algún indicio de inminencia. Una mayor oscuridad muchas veces genera expectativa. Un aumento del viento también. A veces sienten que les caen gotas y se alegran, para luego darse cuenta de que se trata de los equipos de aire acondicionado.
Acarrear un paraguas es especialmente molesto cuando la lluvia paró pero es necesario seguir andando, y el paraguas está mojado. El mismo dispositivo que permitió escaparle al agua pasa a mojar con la misma agua, generando un efecto de desplazamiento de la lluvia en el tiempo: gracias a esos paraguas, una lluvia extinta puede seguir mojando. Incluso, si el paraguas es chico, puede mojar mucho tiempo más tarde, la siguiente vez que se lo saca del bolso.
El resultado de todas las molestias de los paraguas es que mucha gente se los olvida en cualquier lado. En general sólo se dan cuenta durante la siguiente lluvia, y para entonces ya no recuerdan dónde pueden haberlos dejado. Esto genera dos efectos: 1) la necesidad de comprar otro y 2) la existencia de muchos paraguas sin dueño, disponibles para cualquiera que los agarre. Pero son pocos los que agarran paraguas ajenos.
El primer efecto es notorio los días de lluvia, especialmente cuando se larga en forma inesperada. En todos los rincones de la ciudad, los negocios sacan los paraguas del depósito y los ponen en exhibición, porque saben que ése es el momento de venderlos. Casi nadie compra paraguas sin la necesidad inmediata, precisamente por las molestias expuestas anteriormente.
Quedan, entonces, los paraguas de dominio público. En algunos lugares tienen fondos comunes de paraguas, de los que el que necesita puede sacar uno. Pero no son publicitados como tales. En general funcionan en los sectores de “lost and found”, y si alguien pide un paraguas es dirigido hacia ahí. Sólo unos pocos se dan cuenta y aprovechan para hacerse de un paraguas temporal, que pueden depositar en otro lado cuando ya no llueva, simulando olvidarlo. A veces, incluso, se producen emotivos reencuentros con paraguas propios.
II. Suelta de paraguas
La Municipalidad decidió popularizar el sistema que funcionaba de hecho. Para lograrlo, era necesario que el Estado lo tomara como propio. Así podían publicitarlo. Se establecieron puestos estatales de recolección y distribución de paraguas, verdaderas paraguatecas que permitían a cualquiera llevarse uno cuando se largaba a llover, y dejarlo cuando el tiempo mejoraba. A nadie le interesaba robar paraguas y conservarlos cuando no llovía, sobre todo cuando el sistema de distribución gratuita reducía la demanda de paraguas para la venta, entonces aprendieron rápido a no saquear los puestos. El sistema funcionaba aprovechando justamente las molestias de los paraguas.
Los comerciantes que vendían paraguas los días de lluvia hicieron oír sus quejas ante la súbita competencia del sistema gratuito. Afirmaron que el sistema estatal no era confiable, que cualquiera podía descartar paraguas rotos, que no había manera de saber la calidad del paraguas que se obtenía, ni había forma de asegurarse de que fueran a funcionar. Sin embargo, nadie les hizo caso, por dos razones. La primera era que todas esas objeciones eran ciertas también cuando se compraba un paraguas, a menos que fuera en alguna casa especializada y reputada. Y la gente que compraba sus paraguas en esos lugares no iba a usar el sistema comunitario.
La segunda razón fue que en poco tiempo el sistema estatal cayó en desuso. Había un inconveniente fundamental para hacerlo práctico: para obtener un paraguas, era necesario ir hasta el puesto más cercano. Y si se largaba a llover cuando uno estaba a pocos metros no era problema, pero nadie iba a caminar varias cuadras bajo la lluvia sólo para poder protegerse de la misma lluvia. Era más fácil tomarse algún medio de transporte, o esperar un rato bajo techo hasta que parara. Entonces las paraguatecas se convirtieron en meros depósitos de elementos molestos, con muchas más entradas que salidas.
En teoría era posible abrir más puestos, sobre todo con la cantidad de existencias en alza. Pero se juzgó que no era práctico, porque para que la gente estuviera dispuesta a ir, iba a ser necesario colocar uno en cada esquina o poco menos. Entonces se buscó una alternativa más viable.
Se necesitaba algún medio móvil de distribución de paraguas. Tal vez, se pensó, una flota de combis podía recorrer la ciudad sólo los días de lluvia. La idea era que el que quisiera un paraguas parara la combi y recibiera uno. Pero ya el tránsito en esos días era bastante dificultoso como para agregar más vehículos de detención frecuente. Se juzgó también que mucha gente iba a querer subirse a la combi en lugar de recibir un paraguas.
Entonces se pensó que tal vez no era necesario un sistema de distribución tan específico. Si se podía encontrar una forma de hacer circular los paraguas, como si en las veredas hubiera un paraducto, el sistema podría funcionar. No se podía hacer un gran caño, porque requería algún fluido para que los paraguas circularan, y aparte era una obra grande de infraestructura, para la que se necesitaban fondos que era mejor aplicar a otros proyectos.
Sin embargo, la solución básica de circular los paraguas tenía mérito. Alguien llegó a la conclusión de que los días de lluvia solía haber viento. Tal vez se podría hacer que los paraguas fueran distribuidos por el aire, y que el que quisiera uno no tuviera más que saltar y capturarlo. Después se podían depositar en buzones habilitados a tal efecto.
El proyecto tomó forma. La idea era instalar varios grandes ventiladores, y encima de ellos los paraguas de dominio público, abiertos y apoyados sobre la malla. En caso de lluvia, las turbinas se encenderían automáticamente. El aire así movido elevaría los paraguas, que luego se integrarían a las distintas corrientes naturales.
El inicio de las obras se demoró porque hacía falta un plan estratégico de ubicación de los ventiladores. Si no se elegía bien los lugares, el viento iba a favorecer a determinadas zonas en detrimento de otras. Un equipo de ingenieros y meteorólogos tardó unos meses en ponerse de acuerdo y armar la grilla definitiva.
Durante ese tiempo, surgieron numerosas protestas de distintos sectores. Se advirtió sobre el peligro de tener los paraguas volando por toda la ciudad. Existía el riesgo de que mucha gente se clavara las puntas en los ojos, o que la fuerza de un paraguas produjera graves heridas en la parte del cuerpo con la que hiciera contacto.
Se protestó también que sólo los más ágiles conseguirían un paraguas, dejando desprotegida a una parte de la sociedad. Esto era injusto, sostenía la objeción, porque los más ágiles eran los que estaban en mejores condiciones de lidiar con las consecuencias de mojarse. También se notó que los ciegos y sordos iban a tener problemas para detectar la proximidad de un paraguas volador, y por eso estarían más expuestos a los previsibles accidentes. Según los que se oponían al proyecto, la frase “alerta meteorológico” cambiaría el sentido si implicaba la inminencia del vuelo de los paraguas.
Al final, no fue ninguna de esas razones la que impidió que la distribución aérea de paraguas se concretara. La Municipalidad sostenía que las ventajas compensaban los problemas. El proyecto sólo fue detenido cuando se notó la incompatibilidad con una obra nacional de mayor envergadura. Sin embargo, las turbinas que ya habían sido construidas no se desperdiciaron. Pasaron a formar parte del sistema de ventilación del proyecto “Un techo para mi país”.

Forzar el diálogo

—¿Por qué le tenés miedo al diálogo?
—No es que le tengo miedo, simplemente no es un recurso que suela usar.
—¿Y por qué no lo usás? Para mí que es porque le tenés miedo.
—Puede ser, qué sé yo. En general no me sale. Muchos de mis textos carecen de personajes.
—Me parece que no tienen personajes para no necesitar diálogos.
—No creo, o por lo menos no lo pienso así. Hay una idea, y para aplicarla no necesito personajes, o sólo uno.
—Bueno, puede ser, pero no me vas a negar que muchas veces hay momentos en los que podría haber un diálogo y no está, o aparece citado. Mucho reported speech.
—Eso es cierto. Suelo hacer “éste dijo esto, y el otro le contestó esto otro”, sin muchas citas directas. Ahí te doy la razón. Pero es como que me interrumpe el flujo de lo que estoy contando un diálogo. No sé, como que tiene que ser algo especial, o algo así, se le da mucha importancia.
—Es tu imaginación eso, vos sabés muy bien. Y aparte, ¿qué te importa? Para algo hacés taller, que te lo digan ahí eso.
—Sí, bueno, ta bien, pero también tengo miedo a no definir bien los personajes. Que todos hablen igual, como estamos hablando ahora nosotros.
—Eso es porque somos un personaje que habla con sí mismo.
—Justamente, ¿por qué te pensás que elegí hacer este diálogo recursivo? Así hago diálogo sin necesitar personajes.
—Yo sospecho que igual te van a decir que hay una diferencia. Ya te dijeron que hacés bien los diálogos, no sé por qué no les creés.
—Es cierto, no sé, capaz que me intimidan las series que miro. Que por un lado están bien escritas, y por otro lado pienso que soy capaz de escribirlas. Pero me rompe las pelotas escribir guiones, el guión no es una obra completa, es el plano de la obra. En cambio un cuento sí puede considerarse completo.
—Excusas. Que haya diálogos no implica que sea un guión. Simplemente que hay diálogo. Para mí que es tu miedo ante el contacto social, preferís estar con vos, estás más cómodo si no interactuás con nadie porque no hay nadie para contradecirte.
—Eso es mentira, yo solo ya me contradigo muchísimo.
—Por ahí lo que te estresa es eso, entonces.
—Capaz. ¿Vos decís que ese miedo se lo traslado a los cuentos? ¿Que mis personajes, cuando hay, reflejan mi miedo a la interacción y tienen mecanismos de escape igual que yo?
—Exacto. Es de cagón nomás.
—No sé, capaz que tenés razón, aunque tampoco sé cuántos de los cuentos que escribí realmente mejorarían con diálogos.
—Bueno, pero ¿no estás buscando una renovación? ¿Cuántos cuentos iguales vas a escribir? Por lo menos sacate el miedo y hacelos sin diálogo pero habiéndote animado.
—Está bien, lo voy a intentar. Pero no me voy a convertir al diálogo total, eh, voy a seguir haciendo algunos como antes. Voy a tratar de aprovechar las oportunidades de poner diálogos o de poner personajes, de no escaparme de esa clase de cosas, pero igual si lo que quiero escribir me pide prosa pura, la voy a hacer.
—Es lógico, tampoco la pavada. Pero ojo, que vos muchas veces decís eso y después no termina cambiando nada. Yo te conozco, porque yo soy vos. Y vos sos yo, entonces sé que sabés a qué me refiero.
—Sí, estoy bastante harto de esa tendencia que tengo a escaparme. Quiero escaparme de ella.
—Pará de hacer juegos de palabras pelotudos. Esta vez no vas a zafar con retórica.
—¿Qué quiere decir retórica?
—No sé bien, ni lo pienso buscar, pero me parece que es exactamente lo que quiero significar. ¿Me entendiste o no me entendiste?
—Te entendí, aunque porque sé lo que estabas pensando, no porque te hayas expresado bien.
—Dejate de joder entonces. ¿Qué sos, la autopolicía del lenguaje?
—Es que estoy pensando en cuando lea esto, me van a objetar esa palabra y voy a tener que decir esto que estamos diciendo, pero como lo dijimos ahora me lo ahorro.
—Si nunca te objetan esas cosas, siempre son cosas que no suponías.
—Mentira, muchas veces predigo lo que va a pensar Virginia.
—¿Te das cuenta que acabás de nombrar a alguien? Eso está bien, es un paso adelante. Ahora tenés un personaje, encima basado en alguien real, que conocés y vos mismo decís que sabés lo que va a decir. ¿Por qué no te inventás un diálogo con ella?
—No, cualquiera, no da, va a pensar que la estoy cargando.
—No va a pensar eso.
—Puede ser, pero no quiero.
—¿No querés o no te animás?
—No sé si me animo, pero sé que no quiero. Capaz que una cosa trae la otra, pero por ahora no voy a hacer eso.
—Mirá que te va a decir que es una buena idea, y te va a preguntar por qué no la hiciste o proponer que la hagas.
—Ya sé, pero le puedo contestar, como te estoy contestando ahora a vos, que eso que acabás de decir es más o menos un diálogo imaginario con ella. ¿O no?
—Guau, qué habilidoso que sos. La verdad, sos un artista del escape. Otra que Houdini.
—¿Viste?

Aniversaurio

En el día de la fecha se cumple un nuevo aniversario de la extinción de los dinosaurios. Pero no es un aniversario más. Este año es muy especial, porque se cumplen exactamente 65 millones de años de aquel evento que cambió el mundo.
En realidad, debe tenerse en cuenta que algunos dinosaurios sobrevivieron un poco más. Lo que ocurrió el 25 de abril de 64.997.989 antes de Cristo fue la caída del meteorito en lo que después se conocería como el Yucatán. El impacto causó muchas muertes directas, sin provocar la extinción inmediatamente. Pero como el cielo oscurecido por las partículas fue un factor decisivo en el desarrollo de los hechos en los siguientes meses, se toma el momento del impacto como el decisivo.
Este año habrá muchas celebraciones de los dinosaurios y de su extinción. Nosotros, los beneficiarios directos de su ausencia, debemos rendir honor a aquel final y tenerlo en cuenta para que no nos pase.
Las celebraciones ocurren todos los 25 de abril, pero no es frecuente que se cumpla un número redondo de años. La última vez, en el 997889 antes de Cristo, nuestra especie no tenía la capacidad de reconocer los números redondos. Y el próximo aniversario grande, cuando se cumplan 70 millones, puede llegar a ocurrir demasiado tarde.
Por eso es muy importante este aniversario. Es verdaderamente un evento excepcional, que ocurre menos de una vez en la vida. Nuestra generación tiene el privilegio de estar viva justo en este momento, y los festejos son también de ese hecho fortuito que nos favorece.
Así que debemos aprovechar para participar ahora. El año que viene, cuando se cumplan 65.000.001 años, no va a ser lo mismo.

Tita y Rhodesia

—Cómo extraño el envase anterior.
—Yo no tanto, la verdad.
—¿No? ¿No te sentías más fresca antes? Ahora con todo ese sellado no entra una partícula de aire.
—Sí, era más fresco antes. Pero ahora no tengo tantos problemas con la apertura.
—¿Qué problemas había con la apertura?
—Vos no tenías ninguno. Vos te abrías elegante, como un cajoncito. Pero yo nunca lo conseguí. Mi envase tenía un defecto: la etiqueta interior estaba pegada a la exterior, entonces cuando se abrían se formaba una especie de continuidad de papel. No sabés cuántas veces me caí gracias a eso.
—Sí, a veces me pasaba. Pero la culpa no era del envase, era del que lo abría.
—No, era el envase. A mí me pasaba siempre.
—Tal vez debas considerar que los que abrían tu envase eran poco sofisticados, capaz que no sabían abrirlos.
—¿Qué querés decir? ¿Que mis consumidores no son respetables?
—No, para nada. Pero por ahí son más chicos. Más ingenuos. En cambio los míos son más exigentes. Por eso me eligen a mí. Por mi textura, mis sutilezas. Mi toque de limón poco exagerado.
—Dejá de joder, son preferencias de cada uno.
—Pero no vas a negar que no somos lo mismo.
—¿Y quién te dijo que vos sos mejor? Claro que no somos lo mismo. Yo no soy una versión chica de vos. Ni lo quiero ser.
—Sin embargo, nos tratan como si lo fueras.
—Ésos son tus consumidores, los que vos creés que son tan sofisticados. Los míos, en cambio, saben lo que quieren. Aparte son más leales. No en vano yo tengo un alfajor y vos no.
—Estás equivocada. La razón por la que vos tenés alfajor es precisamente tu naturaleza inferior. Yo no necesito un alfajor, porque estoy a su altura. La gente dice “¿qué quiero, una Rhodesia o un alfajor?” En cambio, son pocos los que elegirían una golosina de tu tamaño. Por eso tuvieron que convertirte en otra cosa, en algo que no eras.
—Tal vez es porque el alfajor tuyo se descascararía todo, como te pasa a vos siempre.
—Ser indestructible no es una característica deseable. Mirá los caramelos ácidos. No se terminan nunca.
—Una cosa es ser indestructible y otra mantener la forma durante la experiencia. Vos ni siquiera lográs eso. Te desintegrás sola. Incluso a veces aparecés toda descascarada desde el principio. Eso es mala calidad.
—No, eso era antes. Pero ahora cambié. Ya no me pasa tanto tanto.
—¿Sabés por qué? Por el nuevo envase del que te quejás. Conserva mejor tu frescura, ¿no te das cuenta?
—Es que a nadie le interesaba conservar mi frescura, ni la tuya. No somos un vino, como para guardar durante años. Somos de consumición instantánea, con que duremos un par de semanas estamos hechas.
—Sin embargo, ese envase es el mismo que tienen los alfajores, los que vos decís que están en tu nivel.
—Fijate la sutileza: los alfajores buenos tienen envase de papel doblado, como teníamos antes nosotras. Ellos saben hacer las cosas. Es como los dulces de leche buenos, que vienen en ese pote de cartón que les da un sabor distinto.
—¿Qué te hacés la importante? No sos alfajor Havanna, sos Rhodesia. Te venden en todos los quioscos, como si fueras un chicle cualquiera. O peor, un cigarrillo.
—Vos también.
—Sí, pero yo no me la doy de superior. Yo soy Tita y me la banco.
—Bancátela nomás. ¿A mí qué me importa? Yo no quiero ser como vos. Yo me codeo con otra gente. Gente que sabe abrir un envase, por ejemplo.
—Ah, pero ahora tenemos el mismo envase. Ya no está el problema de la apertura.
—Exacto. Tuvimos que adaptarnos las dos a los salames que no sabían abrirte. Siempre nos hacen los cambios a las dos juntas. No sé por qué nos tratan como si fuéramos lo mismo.
—Es que no vas a negar que somos parecidas.
—No, pero parecido no es lo mismo.
—Claro. Pero fijate que no tenemos competencia. Ni Arcor ni Nestlé tienen un equivalente nuestro. Si querés comer algo de chocolate que no sea un alfajor, en las otras marcas lo más que podés hacer es ir a un Milka. O al Tofi. Y eso ya es un compromiso mayor.
—¿Adónde querés llegar?
—Digo que tenemos que ser distintas porque nosotros somos nuestra competencia. Pero no hace falta que nos separemos, porque somos hermanas. Somos como dos caras de la misma moneda.
—Es cierto. Está bien que apuntemos a un público distinto. ¿Por qué no aceptás, entonces, que tus consumidores tienen otra sofisticación?
—Es posible que yo sea más popular entre los chicos, sí.
—¿Sabés por qué? Porque sos más barata, y los padres te compran para ellos.
—Puede ser. Ser barata tiene sus ventajas.
—Exacto. Pocos te compran para comerte ellos. Si quieren comer, me compran a mí. Si quieren regalarla a sus hijos, te compran a vos. Y si quieren regalar a un par, me compran a mí de nuevo, porque saben que regalar Tita es de miserable.
—Bueno, pará un poco, que mucha gente me prefiere.
—Sí. Y hasta hay algunos valientes que lo admiten. Pero todos saben cuál es el producto superior.
—Basta, que tampoco sos tan superior. Mirá que no sos Ferrero Rocher. No sos más que la Rhodesia.
—No me insultes. Yo seré popular, pero soy mucho mejor que ese bocadito snob.
—Sí, pero esa postura le da resultados. Muchos se la dan de sofisticados porque en vez de comerte a vos comen esa porquería.
—Cierto. Forros. Si por lo menos eligieran el Marroc no me molestaría. Comerían un producto digno y respetable, que no en vano viene en envase de papel doblado.
—Sí, son unos forros. Pero ojo, tené cuidado que tu actitud conmigo es similar. Que no te vaya a pasar lo mismo.
—Tenés razón. ¿Me perdonás?
—OK, pero tené cuidado. Nunca reniegues de quién sos.

Dios contra Rúben

Rúben fue concebido en un descuido de Dios. Cuando se quiso acordar, ya había nacido. Y como Dios había creado a sus padres, Rúben era una creación indirecta de la que rápidamente perdió cualquier tipo de orgullo.
Desde que se dio cuenta de su existencia, Dios se obsesionó con Rúben, tal vez porque era la primera persona que no estaba en sus planes. Entonces le prestó especial atención. Pronto la manera de ser de Rúben desagradó a Dios, y esa sensación hizo que se obsesionara más.
Rúben no podía hacer nada sin que Dios estuviera encima. Él no se enteraba, pero cada una de sus acciones era juzgada instantáneamente sin ninguna clemencia. Dios no quería que cuando Rúben muriera llegara a su lado para toda la eternidad. Prefería tenerlo bien lejos. Entonces se encargó personalmente de contabilizar no sólo sus pecados, sino sus hábitos desagradables, para poder, llegado el caso, expulsarlo del Paraíso apelando al las normas de convivencia celestiales.
Rúben tenía muchas características que hacían que le cayera mal a Dios. Hablaba con la boca llena, interrumpía a la gente, tenía mal aliento, creía que su conversación era interesante, usaba la camisa abierta para aparentar facha y un sinnúmero de etcéteras. Ninguno constituía un pecado especialmente grave, pero Dios no tenía ganas de correr riesgos.
Después de un tiempo, Dios supo que tenía suficientes argumentos para dejarlo afuera del Paraíso (aunque igual no necesitaba ninguno, para eso era Dios). Decidió seguir acumulando para que su segura estadía en el Purgatorio fuera esencialmente eterna, y que nunca pudiera llegar a superar esa etapa y acercarse a él. Rúben, lamentablemente, no hacía méritos para pasar la eternidad en el Infierno, por más ganas que Dios tuviera.
Dios, entonces, decidió que si no iba a ser atormentado después de muerto, nada impedía que él mismo lo atormentara en vida. Entonces trazó un plan para que nada le saliera bien. Rúben empezó a llegar a las paradas de los colectivos justo cuando se iba uno. A olvidarse el paraguas cada vez que llovía (en realidad, llovía cada vez que se olvidaba el paraguas). A toparse seguido con gente que no quería ver. A hablar por teléfono y olvidarse lo que iba a decir. A quedar con la bragueta abierta. A no poder controlar los remolinos de su pelo. A depositar su dinero en bancos justo antes de que los asaltaran.
La seguidilla de eventos de mala suerte se acumuló hasta el punto que Rúben empezó a sospechar. No podía ser casualidad. Algo pasaba con él. Pensó que tal vez estaba poseído. Entonces fue a ver a un cura exorcista.
Tuvo varias dificultades en el trayecto. El tren en el que viajaba descarriló, después quiso tomarse un colectivo pero no paró porque no andaba la máquina expendedora de boletos, y finalmente el taxi que paró para llegar a tiempo pinchó una goma. Pero logró llegar, aunque el cura ya se había ido. Decidió esperarlo toda la noche para no tener que volver, y al día siguiente fue recibido.
Pero el cura no encontró ningún demonio en él. Se limitó entonces a decir unas oraciones para pedir un cambio en la suerte de Rúben. Dios las escuchó, lanzó una carcajada y redobló sus tormentos. Como primera medida hizo que se desvaneciera el dinero que Rúben llevaba para hacer una contribución a la orden del cura. Entonces se tuvo que ir avergonzado por su supuesta insolvencia y decepcionado por la inutilidad de la visita.
Rúben seguía pensando que algo le pasaba. No sabía a quién acudir, cuando le encontró en el suelo un volante de una secta satánica. Él no sabía, pero Dios mismo lo había colocado en su camino como trampa para ver si podía mandarlo al Infierno y deshacerse de él para siempre.
Acudió a la sede de la secta. Sacó número y fue recibido por un representante de atención al público. Rúben explicó la situación. El empleado se vio tan conmovido por el relato que derivó el caso a sus superiores. Pronto, Rúben fue examinado por el sacerdote mayor de la sucursal, que lo derivó a la sede central, para que le efectuaran estudios más detallados.
El caso llegó a oídos del Sumo Sacerdote de la secta satánica, que tomó un interés personal. Luego de exhaustivos tests llegó a una conclusión. Entonces convocó a Rúben a una entrevista.
—Bueno, señor Rúben, creo que ya sé lo que le pasa a usted.
—Estoy poseído, ¿verdad?
—En cierto modo, en cierto modo. Pero me temo que el caso es más grave que las posesiones normales. Vea, las cosas que le pasan a usted son demasiadas para ser coincidencias. Pero son demasiado triviales como para ser obra del Diablo, bendito sea su nombre. Son muy pavotas.
—Sí, pero su acumulación es lo que las hace molestas.
—A eso voy. Son molestas, sí, pero su inofensividad individual es lo que me llama la atención. Parecen ser el resultado de una entidad no malévola, más bien, digamos, una entidad bondadosa. Hasta misericordiosa, diría yo. —El sacerdote hizo cuernitos con los dedos mientras pronunciaba estas palabras.
—¿Entonces?
—Se lo voy a decir sin miramientos. Me parece que usted está poseído por… —en ese momento se produjo un suspenso similar al que hay en los programas de televisión que eliminan participantes.
—¿Por quién? ¿Por quién? —se desesperó Rúben.
—Por Dios —lanzó finalmente el sacerdote en voz baja.
—¿Por Dios? ¡Por Dios! ¿Qué significa eso?
—No sabemos bien. Nunca vimos un caso así.
—¿Pero pueden hacer algo?
—Como poder, podemos. Pero, vea, nosotros siempre pedimos a cambio el alma del damnificado. Y en su caso no sabemos si es prudente.
—¿Por qué? —Esa insistencia de Rúben con las preguntas era una de la características que irritaban a Dios.
—Porque sospechamos que el objetivo de Dios puede ser precisamente eso: infiltrarse en el Infierno a través de su alma. Tal vez esto sea una trampa.
—¿Y qué hago?
—Yo que usted, trataría de portarme bien, así no va al Infierno y nos arruina todo nuestro complejo. Aparte, si lo consigue, Dios no tendrá más remedio que recibirlo tarde o temprano en el Paraíso, y así lo habrá cagado. ¿No tiene ganas de ganarle en su propio juego?
Rúben salió de la entrevista pensativo. Dios no lo quería en el Paraíso. Ahora, ¿quería él el paraíso? ¿Le interesaba vengarse de Dios? Pensó que era poco práctico intentar ganarle, y se dio cuenta de que si creía que le podía ganar a Dios, era un acto de soberbia suficientemente grande como para ir al Infierno por eso solo. Llegó a la conclusión de que Dios le ponía trampas por todos lados. Entonces decidió no hacer nada. Iba a ignorar las trampas y bancarse lo que Dios le pusiera en su camino, como si no existiera.
Dios, al ver su decisión, redobló la apuesta. Le puso dificultades cada vez más grandes. Árboles se caían cerca de él. Los pájaros le defecaban siempre que se compraba una camisa nueva. Sus papilas gustativas dejaron de funcionar. Los pantalones se le caían cada vez que se le dormían las piernas.
Pero Rúben no reaccionaba. Soportaba su castigo con hidalguía. Esta actitud, en cualquier otra persona, hubiera alegrado a Dios, pero como se trataba de Rúben lo interpretaba como un desafío a sus deseos.
Entonces redobló la apuesta. Empezó a prestar cada vez más atención a cada detalle de lo que le Rúben hacía. Tanta atención prestó, que descuidó al resto del mundo. Y en ese descuido se produjo otra concepción sin su permiso. El embarazo resultó en Iñaki, para quien Dios sintió un desprecio igual al que destinaba a Rúben.
Ahora tenía dos obsesiones, y era poco práctico. Optó entonces por separar a Iñaki de sus padres naturales. Lo colocó en una canasta y lo dejó en la puerta de la casa de Rúben, el mismo día que se iba a quedar sin trabajo.
Rúben tuvo que adoptarlo, de lo contrario iba a ir derecho al Infierno, y así Dios colocó a los dos objetos de su desprecio en el mismo lugar, para mayor eficiencia. Así podía atormentar a ambos con las mismas medidas, y de paso prestar más atención para que en el resto del mundo no se volviera a producir otro nacimiento sin permiso.
A Dios no le hubiera molestado que la policía encontrara al niño Iñaki en posesión de Rúben. Hubiera resultado en una larga estadía en la cárcel, pero el problema era que los hubiera separado. Entonces mantuvo a las autoridades lejos. Él se ocuparía de sus castigos. Ambos iban a sufrir toda la vida, como mártires no oficiales de la ira de Dios.

El show debe continuar

no puedo parar el show debe continuar aunque me sienta mal aunque me esté muriendo aunque no haya público aunque esté saliendo como el culo aunque no valga la pena para nada aunque ya estemos pasados de la época en la que tendríamos que haber terminado el show debe continuar porque si no no habría show entonces no sé qué haríamos si hiciéramos algo capaz que no tendríamos por qué hacer nada si no necesitamos hacer un show pero el público sí lo necesita suponemos en realidad capaz que no necesita nada quiénes somos nosotros para decirle al público lo que el público quiere en realidad es mejor eso que lo que el público nos pueda decir a nosotros para algo nosotros somos los artistas y ellos son el público aunque no sé si está bien hacer esa distinción nosotros y ellos porque pensándolo bien el arte necesita del público pero pensándolo mejor necesita más del artista no es cierto claro que el artista no haría nada si no fuera porque alguien va a ver su obra salvo los ermitaños y esa gente así pero no estamos hablando de eso estamos hablando de cosas más o menos cotidianas como el arte en realidad nosotros lo podemos decir porque para nosotros el arte es más o menos cotidiano porque cuando no estamos haciendo arte o show estamos yendo a ver alguna de esas cosas y se da entonces un dilema que se puede expresar más o menos como diciendo que el público que está compuesto de artistas es menos o más público que el que está compuesto por gente común que no tiene pretensión artística más allá de ver algo si es que eso no es una pretensión artística porque en realidad hay mucha gente que debería conformarse con eso como pretensión porque la verdad como artistas son un desastre en cambio como público capaz que se quedan callados y no le hacen daño a nadie salvo a los que dejan afuera si es que la sala está llena y si es que hay sala porque tampoco necesariamente hace falta una sala para hacer arte se puede hacer arte afuera en la ciudad en el campo en el mar en el desierto en el espacio en twitter porque un verdadero artista lo es en todos lados salvo que deje de serlo porque en realidad el asunto es que uno se tiene que enterar no sólo de que es artista sino de que es verdadero y ahí cagamos debido a que no hay ninguna entidad que pueda expedirnos el carnet de artista en forma confiable vos sabés que podés ir a una escuela de arte o de música o de teatro o de pintura o de literatura o de stencil o de lo que sea y recibirte con todos los honores pero eso no significa que seas artista porque el arte es algo que nace con uno o que se obtiene del entorno no estoy seguro habría que preguntarle a los periodistas que se la pasan haciendo esa pregunta y capaz que de tanto hacerla consiguieron tener un pantallazo de cómo es la respuesta pero no importa el asunto es que vos podés tener diez de promedio en tus estudios artísticos y ser un desastre como artista porque no hay garantía ni nada que te asegure que tu arte sea bueno y además por más que sea bueno capaz que en tu época no lo aceptan y vamos a ver si sobrevive para que en el futuro pueda ser admirado porque para que pase eso tiene que llegar a conocerlo alguien y apreciarlo tal vez sabiendo que es del pasado y fue incomprendido pero igual eso es mejor que si hacés arte que sólo apreciarían en el pasado porque ahí fuiste chau no hay manera de volver atrás ni vos ni tu arte van a ser vistos en siglos anteriores y como resultado vas a quedar pasado de moda por más legítimo que sea lo que hacés y por más calidad que tenga porque lo que pasa es que el público al final tenía más importancia de la que creíamos fijate que acá es el público y no el artista el que determina la suerte de tu obra por más que sea un público de artistas es irrelevante porque esos artistas no crearon tu obra sino que la creaste vos a menos que la hayas plagiado pero vamos a suponer que es una obra tuya después quedará para que la aprecie el público salvo que seas uno de esos ermitaños en cuyo caso para qué la hiciste