Explosión de cerveza

vidrios rotos
cerveza en todo el suelo
mezclada con sangre
salida de urgencia
la puerta queda abierta
festín de ratas
entran a placer
mucho olor a cerveza
gran fiesta
regreso a casa
todas las ratas borrachas
inmóviles
una flauta
soluciona el problema
luego del susto
las ratas
llevan su borrachera
al río

Desde arriba

Una mosca volaba sobre el pasto. Miraba el verde desde lo alto, mientras olfateaba buscando algo de comer. De pronto, el pasto se interrumpió. En su lugar apareció una enorme cantidad de agua. La mosca se acercó para beber un poco.
Pero volar sobre el agua no era tan fácil. Como el líquido era transparente, la mosca tenía problemas para calcular la altura a la que se encontraba. Por eso cayó al agua, y quedó atrapada ahí.
No estaba preparada para salir de esa situación. Lo único que podía hacer era mover las piernas y las alas, como pidiendo ayuda, pero no servía para nada. Por sí sola no iba a salir. De todos modos, no perdía la esperanza. La mosca seguía intentando nadar. Sabía que mientras viviera podía surgir la oportunidad para salir de ahí y volver a volar.
No parecía que fuera a ocurrir algo. La mosca estaba rodeada de la inmensidad del agua, a merced de cualquier criatura con ganas de tragársela. Pero ni siquiera eso ocurría.
Hasta que, de pronto, una sombra la cubrió. No era una sombra completa, tenía como agujeros que dejaban pasar la luz. Era como una red, manejada por alguien externo, alguien mucho más grande que la mosca, que se preocupaba por su vida y bienestar.
La red se colocó estratégicamente debajo del cuerpo de la mosca, que seguía agitando las patas y alas para ser vista. Luego se levantó. La mosca volvió a respirar. Aunque podía haber volado, se aferró a la red con todas sus fuerzas. Sentía un enorme agradecimiento hacia la entidad sobrenatural que la había salvado.
Sin embargo, otra fuerza externa la sacó de la red. Una serie de golpes contra el césped hicieron que la mosca, ya atontada por toda la odisea acuática, perdiera el equilibrio y cayera sobre la tierra. Pero no importaba. Estaba agradecida de que le hubiera salvado la vida. Poco después, la mosca levantó vuelo nuevamente, cuidando de no volver a pasar por encima del agua. A partir de ese día, se dedicó a llevar su experiencia a las otras moscas.

Humor tributo

Los humoristas tributo gozan de gran popularidad. Se trata de seguidores entusiastas de exitosos humoristas extranjeros, que el público local no puede ver en vivo. Ellos consiguen el material, y se lo aprenden.
Los humoristas tributo hacen los mismos chistes que los originales, y el público los aplaude con el mismo entusiasmo.
Algunos de estos artistas, sin embargo, no se conforman con hacer covers. Quieren ganarse un espacio propio con material original. Después de todo, eso es lo que hicieron los artistas a los que emulan. Entonces intercalan en las rutinas algunos chistes propios, para probarlos entre material seguro.
Pero están tan metidos en el humorista extranjero, que los chistes propios no llegan a distinguirse de los covers. Apenas si son reiteraciones locales de chistes adyacentes. El material original apenas llega a ser cover de los covers.
El público, no obstante, los festeja igual, porque eso es lo que fueron a ver. El objetivo de los presentes es estar en un espectáculo de humor conocido. Poder reírse de chistes que se saben de memoria. Muchos miembros del público, mientras el artista está en escena, recita los chistes. También los festeja al reconocerlos, y cuando terminan.
Al final del espectáculo, todos quedan conformes. El público logró presenciar exactamente lo que quería, sus chistes favoritos. Y el artista, a través de su  performance, logró rendir tributo a su mayor influencia.
El fenómeno no se agota en ellos. Los artistas originales, muchas veces, con el tiempo logran tanto éxito que el público les pide sólo sus grandes éxitos. Al principio se resisten, pero pronto descubren que es más fácil trabajar así, porque no tienen que escribir chistes nuevos, ni pasar por el estrés de probarlos. Se convierten de esa manera en tributos de sí mismos. Son automáticamente los líderes de una gran mamuschka de tributos en los que el artista original queda envuelto para siempre.

Una lonja de cielo

Una lonja de cielo
de color negro claro
se puede espiar por la ventana.
Cuando no hay nubes
se alcanza a divisar
una estrella
mucho menos brillante
que las luces de las antenas.
La ciudad tiene luz propia
que opaca las estrellas
nadie mira hacia arriba
no hay nada para mirar
la luz está abajo
son muchas luces
se apagan y se encienden.
De lejos
la ciudad titila.
Por la noche
desde el cielo
se ven las ciudades.

La caída de la bandera

La bandera está fláccida. El mástil apenas se sostiene. No puede soportar el peso del pabellón nacional. Está sujeto de un soporte que parece un paragüero.
Es una bandera de ceremonias. Se la usa sólo en los actos patrios. El resto del tiempo, queda apoyada en un rincón. Si se la trata de extender, para apreciar los colores, el mástil no resiste. La bandera cae al suelo.
Hay que evitar que se caiga, porque puede ensuciarse. Y esa mugre no se irá jamás. Está prohibido lavar la bandera. Es una falta de respeto a la patria.
Por eso la bandera no se suele tocar. Está olvidada excepto cuando se la necesita para una ceremonia. Si no hay alguien que la sostenga, vuelve a su posición original de reposo. Sólo cuando una persona lo lleva, el estandarte se permite flamear.
Esto me hace pensar. Es posible que la conducta de la bandera simbolice algo, como la bandera misma. Simbolice algo referido al país, tal vez. No sé. Me imagino que alguien más perspicaz que yo estará en condiciones de leer entre franjas, y llegar a las conclusiones pertinentes. Lo dejo en sus manos.

Espejo fresco

Me acercaba a una columna. No tenía intención de impactar contra ella, pero cuando vi el letrero de “pintura fresca” me decidí realmente a evitar cualquier posibilidad de tocarla accidentalmente. Por eso di unos pasos hacia el otro lado, así tenía más margen de maniobra. No me percaté de que justo atrás tenía una pared espejada, y me fui de lleno contra ella. Sólo después vi que tenía un letrero que decía “espejo fresco”.
Para entonces, ya tenía todo mi frente manchado de espejo, de los pies a la cabeza. Pero no lo sabía, porque no me había visto. La parte de la pared contra la que me había chocado ya no tenía espejo, entonces no me di cuenta.
En los días siguientes, empecé a notar que la gente tenía actitudes distintas cuando se me acercaba. Cuando me miraban, se veían a ellos. Y me trataban de otra manera. Eran más amables. Se sorprendían de verse reflejados en mí. Antes, la idea de que yo era una persona igual que ellos era sólo intelectual. Ahora, se había puesto en práctica.
Algunos se daban cuenta y me usaban para saber si tenían restos de comida entre los dientes, o bien aplicado el maquillaje. Se acercaban sigilosamente. Yo les decía lo que veía, pero no era suficiente. Preferían comprobarlo ellos mismos.
Lo bueno era que más gente se acercaba a mí. En general, eso no pasaba. Siempre había estado muy enfrascado en mí mismo, y no me molestaba en relacionarme con las otras personas. Ahora, ellas venían, y yo trataba de aprovecharlo en lo que podía. Salvo cuando me daba cuenta de que querían explotarse un grano contra el espejo, ahí los echaba sin miramientos.
Pasé a ser una persona brillante, reflexiva, que siempre devolvía la mirada. Me empecé a adaptar bien a los diferentes entornos. Nunca pasaba desapercibido. Era como si un reflector se posara siempre en mí. Parecía que brillaba con luz propia, aunque estaba claro que no era. Era sólo luz reflejada.
Cuando un reflector se posaba en mí de verdad, lo distribuía en montones de ángulos. Yo era el portador de la luz, y con ella iluminaba a todos los demás.
Cuando me miraba en un espejo, no me veía. El espejo se reflejaba en mí, y su reflejo se reflejaba en él, para después volver a reflejarse en mí. Se formaba un largo túnel que tenía la forma de mi silueta. No lo podía atravesar. Era sólo una imagen, que resultaba suficiente como para verme codearme con el infinito.
La nueva vida me gustaba. Era muy grato ser un conducto de luz. A veces podía ser difícil dormir, pero no me importaba. Valía la pena.
Disfrutaba tanto, que iba por la vida mirando hacia todos lados, haciendo que toda la gente que me miraba recibiera su propia luz y se viera a sí misma en mí. Hasta que un día, sin darme cuenta, estaba mirando para otro lado y me tropecé con una pared. Tenía un letrero que decía “pintura fresca”. Quedé cubierto de blanco, que también reflejaba la luz. Pero la gente ya no se veía en mí. Y yo no veía a la gente. El blanco que me cubría, desde mis ojos se veía negro.

Súper mercado

Súperman, cuando hace las compras, no tiene que pasar mucho tiempo recorriendo las góndolas. Tampoco necesita un carro. Lleva una bolsa grande, como Papá Noel, donde va acumulando todos los productos que necesita.
Es indiferente al tráfico. La gente que se amontona no lo interrumpe. Los repositores no le desvían el recorrido. Súperman vuela entre las góndolas, aterrizando sólo donde venden lo que necesita.
Encuentra fácilmente lo que busca. Desde lo alto, se ve todo el supermercado, y sale disparado hacia el sector correcto. En pocos minutos llena toda la bolsa. Es momento de pagar.
Se dirige entonces a la línea de cajas. Hay pocas abiertas. Algunas tienen escasas personas, pero son las rápidas, para los que compran quince unidades o menos. Las otras tienen largas filas, que llenan los pasillos de las góndolas adyacentes.
Súperman no va a colarse. Es indigno de alguien como él, que está para servir al público. Entonces se ve obligado a esperar. Las cajas son su kriptonita. A pesar de que podría hacer cosas mucho mejores con su tiempo, nadie está dispuesto a cederle el lugar. No tiene una debilidad especial. No hay cajas con prioridad para héroes.
Después de largos minutos, llega a la línea de cajas y sustituye a la cajera. Pasa los productos él mismo por el lector de códigos de barras, a una velocidad prodigiosa. Luego paga con tarjeta. Súperman nunca lleva efectivo. Pero le piden documentos. Él no está dispuesto a revelar su identidad secreta. Por eso se ocupó de usar sus conexiones con las autoridades para conseguir una cédula y una tarjeta con nombre de fantasía. Mientras entrega el documento, murmura que el logo en el pecho es lo que acredita su identidad.
Luego de que le aceptan el pago, vuelve a meter todos los productos en su gran bolsa, sale a la calle y remonta vuelo hacia la próxima aventura.

Copia de respaldo

Nunca quise teletransportarme. La idea de una máquina que me desintegre y transmita datos para volver a formarme en otro lado no me resulta atractiva. Pienso que el que aparece en el destino no sería yo. Aquellos que se teletransportan pierden su identidad al hacerlo. Aunque en realidad no. Pierden su cuerpo. La identidad es lo único que conservan.
Por eso prefiero transportarme con medios más tradicionales. Sé que parezco uno de esos tipos que no querían viajar en avión habiendo barcos. Pero soy así, qué quieren que haga. Igual somos unos cuantos. Por suerte la industria aeronáutica todavía se sostiene, aunque no es lo que era. Como hay pocos aviones circulando, hay mucha gente en cada uno. Hay poco lugar, tenemos que viajar parados. El transporte aéreo es para los pobres. La gente que puede ahorrar un poco de plata elige siempre teletransportarse, debido a sus ventajas innegables.
A mí me sigue gustando apoyarme en el respaldo, dejarme levantar por el aire y ver el suelo lejano bajo mis pies. Sé que muchos lo consideran innecesario. Pero piénsenlo, tiene algo especial. Además, me parece menos riesgoso que los métodos modernos.
Sé lo que van a decir. El teletransporte es el método más seguro que existe. Las mejoras en transmisión de datos en los últimos años han sido espectaculares. Ya no existen las mezclas de ADN que se producían en una época. Hace varias décadas que ocurrió la última teletransportación en la que el pasajero llegó con tentáculos en vez de brazos. Lo reconozco. La tecnología ha mejorado. Ahora hay redundancia en los paquetes de información, y la transmisión digital hace que llegue todo tal como fue enviado. Pero lo que llega sigue siendo una copia. El original perece en el telepuerto de origen. Entonces es mucho más seguro ir en avión, por más que haya accidentes cada tanto, porque de la otra manera dejo de existir seguro.
Pero, además, tengo otro tipo de resguardo. No me cierro a la tecnología. La plata que me ahorro al viajar en avión la derivo a una aplicación parcial de la tecnología del teletransporte. Todos los años hago una copia de seguridad de mí mismo.
Lo único que tengo que hacer es la primera parte del proceso del teletransporte. La máquina me escanea. Pero no transmite mis datos, ni me destruye, sino que a continuación hago que guarde en un disco rígido esos datos. Me llevo ese disco y lo guardo en un lugar seguro, previo back up. De este modo tengo dos copias de mí mismo, por si llega a pasar algo.
Entonces, si el avión en el que viajo se llega a caer, en mi testamento hay instrucciones para que se active la otra parte de la máquina, y se materialice la copia. Que, es cierto, sigo pensando que no sería exactamente lo mismo que yo, pero es mejor que haya una copia exacta de mí mismo que dejar de existir redondamente.
Esto tiene otras ventajas. Por ejemplo, si me llegan a descubrir alguna enfermedad prevenible, no tengo por qué molestarme en hacer el tratamiento. En su lugar, no tengo más que abrir una de las copias viejas, de antes de desarrollar la enfermedad, y activarlo. Tengo que reemplazarme por él, porque no es cuestión de que haya dos copias de mí. Pierdo las experiencias que he tenido desde el día que hice ese back up en particular, pero gano en salud y en juventud. Para prevenirme de cualquier tipo de dificultades que pueda enfrentar, una vez por mes escribo una carta dirigida al yo del pasado que puede reemplazarme en el futuro. Detallo ahí lo que he vivido en esas semanas. No puedo transmitir los recuerdos originales, pero por lo menos una copia escrita es mejor que la no existencia.
Así no sólo voy a mantener la salud. También la juventud. Si quiero, puedo no pasar nunca los treinta años. Y lo más importante no es mantenerme en salud, es seguir vivo. Al reciclar mi cuerpo, puedo ir teletransportándome de época en época, de a saltos. Así, voy a poder vivir muchos siglos. Incluso voy a poder elegir qué edad tener en cada uno.
Las copias digitales son inagotables. Puedo volver a usarlas todas las veces que quiera. No pierden calidad en cada generación. Así que puedo estar eternamente como nuevo, listo para enfrentarme a lo que cada siglo futuro quiera poner en mi camino. Y sin miedo de morir en el intento.

Aguas calientes

El agua fría estaba tranquila, inmóvil, en la parte más baja de una concavidad. De pronto, apareció un chorro de agua caliente que la invitó a bailar.
Era una invitación imposible de rechazar. El agua caliente se llevó a la fría, gota a gota, hacia arriba. Ambas hacían círculos, bailando un vals que las mezclaba y las integraba cada vez más.
Parecía haber una efervescencia entre ellas. Era el punto de contacto, donde las dos temperaturas se tocaban, y generaban un salto de condensación que no sólo afectaba profundamente el cuerpo de ambas, sino que también salpicaba hacia afuera, dejando algunas gotas perdidas en el suelo de alrededor.
El agua fría no había tenido intención de estar moviéndose junto al agua caliente, pero ahora ya no había forma de evitarlo. Ambas aguas estaban en una situación de suma. Estaban dejando de estar separadas, y juntas se convertían en un agua distinta, un agua tibia.
Durante un rato continuó el baile. El agua vibraba con círculos concéntricos que estallaban en olas en los límites de la concavidad. Pero con el paso del tiempo el agua fría pasó a dominar al nuevo cuerpo. La quietud de antes volvió a imponerse. El agua estaba todavía tibia, pero no duró mucho. Al poco rato, no había rastros del agua caliente. Era toda agua fría, ahora más que antes, que esperaba pacientemente otro chorro para hacerla bailar.

No se asuste

No se intimide, querido lector. Este párrafo no va a durar mucho. No va a ver un bloque enorme de texto, que lo desafíe a leerlo sin perderse. En un par de líneas va a haber un enter que le permitirá llegar a un refrescante espacio en blanco.
Así, el texto respira, y usted también. Lo encuentra más accesible, ¿verdad? Así es mucho más fácil de leer. Con oraciones cortas. Eso es mejor. Si no, usted se podría perder. Y no quiero que se pierda. Quiero que pueda llegar al final. Y no sólo que pueda, que lo haga. Para eso es necesario que no tenga miedo.
No me interesa que lea sólo para poder decir que leyó. Quiero que lo disfrute. Que la pase bien en el trayecto. Por eso hago todo lo posible por facilitárselo. Y si estos párrafos cortos no son suficientes, voy a poner diálogos, así usted puede avanzar todavía más rápido.
—¿Diálogos como éstos?
—Exactamente.
—Sí, así es más fácil.
—¿Vio? Así nomás se leyó cuatro renglones.
—Sí, está bueno. Me gusta cuando agarro un libro y veo que tiene un montón de diálogos. Lo siento liviano, alentador, sin culpa.
—Para eso los pongo.
—Muchas gracias.
—No hay de qué.
Una vez que le facilito la lectura, su responsabilidad es la comprensión. De eso sólo puedo hacerme cargo hasta cierto punto. Siendo que el texto es fácil de leer rápido, no está bien que durante la lectura usted piense en otra cosa. Por ejemplo, piense “qué rápido estoy leyendo esto, cuántas páginas voy, si sigo así voy a terminar en seguida”.
Si sigue así, en efecto, terminará en seguida, pero debo decirle que habrá perdido el poco tiempo que le tomó llegar al final. Porque usted no leyó. Sólo escaneó palabras con sus ojos. Pero la lectura incluye procesar con el cerebro. Y si su cerebro está ocupado en otra cosa, no se puede hacer.
Le pido sólo ese aporte. No hace falta que haga sesudos análisis, ni nada por el estilo. Acompañe al texto, entienda las palabras, y comprenda el sentido de lo que se está diciendo. Sólo así logrará llegar en serio al final.