Hormigas corrientes

Una hormiga puede levantar hojas de varias veces su tamaño y su peso. Y se supone que eso nos tiene que impresionar. Lo siento, algunos somos más exigentes. Son hojas lo que levantan. Las hojas no pesan nada. Hasta el viento, que ni siquiera está vivo, barre con ellas. ¿Por qué habría de sorprendernos que una hormiga lo logre?
No es que trasladan objetos realmente pesados. Sí, algunas hormigas llevan insectos grandes, como abejorros. Pero lo hacen entre muchas. Así cualquiera. Una sola hormiga no levanta un abejorro. Del mismo modo, muchas hormigas no levantan un tronco. Algún pequeño pedazo de punta de rama que venga con la hoja es todo lo que pueden llegar a manejar. No se les puede pedir más.
Si levantaran baldosas, que son varias veces su peso, podría ser interesante. Ahí tendríamos un contrincante. Porque, si de verdad la fuerza de las hormigas es prodigiosa, podrían lograr rechazar los zapatos que se acercan y las envuelven en sombras para pisarlas. Sin embargo, no ocurre, y la sombra pronto se hace permanente para las hormigas que tienen la mala suerte de caer dentro del perímetro del zapato.
Pero tarde o temprano esto ocurrirá. La selección natural funciona así. Cuando haya una presión suficiente de zapatos que atente contra las hormigas, sólo sobrevivirán las que logren desarrollar defensas ante ese peligro. Y en un santiamén geológico habrá hormigas que harán zancadillas a las personas (o a lo que reemplace a las personas). Será como si movieran el piso. Y ahí nos tocará a nosotros lidiar con eso. A ver si podemos con ese obstáculo. A ver si somos lo que pensamos que somos.

Lectura y comprensión

Tenés que acordarte lo que está diciendo este texto, porque después va a haber un control de lectura. Nos vas a tener que repetir estas palabras cuando te preguntemos, por ejemplo, vas a tener que decir “nos vas a tener que repetir estas palabras cuando te preguntemos”. Así podremos saber si leíste el texto y si lo memorizaste, que es la manera que tenemos de saber que lo leíste.
No vale que nos cuentes qué dice. Es necesario que tengas precisión. Ahora no lo vas a entender. No te enojes, lo hacemos por tu bien. Debés acostumbrarte al estudio, por más que ahora no parezca necesario. Un día las habilidades que estás desarollando ahora te serán fundamentales, y te vas a acordar de cuando te las enseñamos.
Por eso es muy importnate que memorices muy bien el texto. Miralo letra por letra, no te concentres en las palabras. Cuando decimos que algo es muy importante, quiere decir que es importante. Cuando decimos que algo es muy importnate, es otra cosa. Es un control para saber si estás prestando la atención debida. Te vamos a pedir que listes todos los errores que encuentres. Pero no vas a encontrar ninguno, porque todos los que están son intencionales y por eso no son errores.
También vas a tener que decirnos, además de lo que dice este párrafo, lo que quiere decir. Porque esto es un ejercicio de lectura y comprensión, y es necesario que hagas ambas cosas. No queremo que repitas como un loro lo que dice acá, para eso nos conseguimos una bandada de loros y listo. Queremos que sepas lo que estás diciendo, que lo digas con precisión y rigor, para que así desarrolles, justamente, precisión y rigor.
Y si no lo hacés, te aplicaremos precisamente el rigor. Un rigor del que no te vas a olvidar nunca. Pero tenés que saber que es por tu bien. De una manera u otra, te vamos a sacar bueno. Confiá en nosotros.

Un escalón más

Sólo te puede ocurrir por accidente. Una distracción durante la subida genera un error en el cálculo de la cantidad de escalones. Estás en el último escalón, pero no lo sabés. Creés que hay otro. Entonces seguís subiendo con la misma fuerza que venías usando. Sólo que ya no hay escalón y das un paso al aire.
Lo das porque querés llegar más alto. Buscás ser cada día mejor. Y lo lográs practicando, subiendo todos los días esa escalera, haciéndolo cada vez mejor. Al principio te costaba subir todos los escalones. Después te acostumbraste. Subirla pasó a ser parte de tu rutina, casi ni te das cuenta. Y ahora, de repente, querés más. La escalera que siempre subís ya no puede contenerte.
Ese paso está lleno de ilusión. Vas desde donde estás hacia donde querés estar. Si supieras que el escalón no existe, no lo intentarías subir. Te conformarías con la llegada, la misma llegada de siempre. Asumirías el fin de la escalera. Cuando no lo sabés, en cambio, se revelan tus aspiraciones secretas. Te das cuenta de que con el mismo movimiento se puede llegar más arriba. Sólo es necesario tener constancia y perseverancia, las características que te llevaron durante toda la escalera.
Estás preparado para tomar el mundo por las astas. Subís igual que cualquier otro escalón, con la misma seguridad, la misma decisión. Sólo que esta vez tu pie no va a encontrar el piso que está esperando. Se producirá un momento de confusión, de vértigo. Un momento que podría ser angustiante, sin embargo lo disfrutás. Te gusta cuando pasa. Tu pie cae hacia lo más alto.
Rápidamente encontrás de nuevo el punto de apoyo. Por unos instantes tu cuerpo cambia la actitud. Es una oportunidad para comparar el mundo que querés con el que está. Para ver que no te conformás con lo que está ahí, al alcance, sino que siempre se puede querer un poco más. Por un instante sentís el hambre que lleva a los más grandes triunfos. Ves que lo tenés. Te hacés consciente de tus verdaderas posibilidades. Te das cuenta de que no tenés por qué tener siempre los pies sobre la tierra. Te permitís volar.

Vida de Tubby

Yo era un Tubby que andaba solo en una ciudad soleada. Me mantenía a la sombra, porque el sol puede derretirme. Y además, porque sabía que las Tubby también andan siempre a la sombra. Y no me da vergüenza decir que estaba buscando una Tubby que me quisiera acompañar, para no sentirnos solos.
Pero no se veían muchas Tubby por ahí. La ciudad parecía vacía. Deambulaba melancólico por las calles de colores, mirando siempre el suelo.
Estaba a la sombra y quería salir al sol, pero sabía que no podía. Si me arriesgaba me iba a pasar como a Ícaro. El caramelo que une mis maníes se iba a derretir, y me iba a convertir en una mancha marrón, lista para ser pisada por todos los que pasaran por ahí, sin siquiera darse cuenta. Estaba condenado a una vida oscura, mientras veía el brillo cercano e inaccesible.
No me gustaba la vida de Tubby. A veces me tentaba de tirarme al sol, así mis componentes volvían a la tierra y, en una de ésas, después se recomponían en algo más agradable. Todo cambió el día que encontré a una Tubby, y quiso que la acompañara.
Ella era adorable, con un baño de chocolate que la cubría toda, y la volvía más vulnerable al sol que yo. Pero no se desanimaba por eso. Ella amaba la vida, y quería mostrármela. Empezamos a recorrer la ciudad. Aprendí a verla como ella. La sombra era un lugar de oportunidades. La mitad del mundo siempre estaba a la sombra. Era cuestión de salir de noche, para descubrir todo lo que de día estaba demasiado expuesto.
Cuando me animé a aventurarme a la noche, me encontré con que la ciudad estaba llena de Tubbys, que durante el día se mantenían protegidos de la luz. Descubrí también que había muchos Tubbys que ella podría haber elegido. Los veía iguales a mí. Pero ella no. Yo era especial. Para ella yo no era un Tubby cualquiera. Entonces me enseñó a verme como me veía ella. Ya no me sentí un Tubby más, un número al azar entre la multitud de Tubbys.
Me sentí afortunado de haber encontrado a mi Tubby. Queríamos estar juntos, sin compartirnos con nadie más que nosotros. Ella ya estaba un poco cansada de todos los Tubbys iguales que poblaban la noche. Por eso se había aventurado hacia el día, y por eso nos encontramos. El mundo era muy grande. Queríamos explorarlo. Buscábamos un lugar para nosotros solos. Para estar siempre juntos.
Si queríamos ver el mundo necesitábamos un medio de transporte. ¿Cómo conseguirlo? Se nos ocurrió un plan. Nos trepamos a una máquina expendedora. Nos mantuvimos juntos, y esperamos. Se acercaban personas y las íbamos evaluando, a ver cuál era la adecuada. Elegimos a un señor con sobretodo. Cuando activó la máquina, trepamos la tela y nos subimos a su bolsillo, sin que se diera cuenta.
Ese hombre nos llevó afuera. El bolsillo nos protegía. Descubrimos que podíamos andar en el sol, porque el bolsillo nos daba la sombra que necesitábamos. Cuando nos aburríamos, saltábamos al bolsilo de otra persona, que nos llevaba a otros lugares. Y desde entonces vamos unidos a los bolsillos de una ciudad soleada.

Compañeros de pileta

La compañía humana es mejor que la soledad, pero está lejos de ser ideal. Esta idea es notoria en el confinado espacio de las piscinas. No hay nada peor que compartir pileta con personas incompatibles. La gente se pone pesada, empiezan a salpicar a los demás, se ponen a competir innecesariamente, se tiran de bomba, acaparan las colchonetas o se pelean por ellas. Hay gente que no quiere ir a la parte honda, gente que quiere jugar a la pelota donde los demás nadan, gente que se olvida la toalla, gente que pretende meterse vestida, gente que tira a la pileta a los que no quieren meterse. La gente puede ser muy hinchapelotas.
Nadie quiere ir a una pileta pública. Incluso en los countries, donde ya ser miembro es un privilegio, la gente construye su propia pileta donde sólo admiten selectos invitados. No quieren someterse al ruido de la chusma. Y encima siempre está el peligro de que los demás tengan hongos y los contagien.
Es mejor, entonces, evitar la presencia de personas. Me parece que lo que necesito es otra clase de compañía. A mi pileta le hacen falta delfines. Tengo que conseguirme un par de delfines sueltos. Tendría que pedirles a los de Mundo Marino que me reserven un par, o tal vez rescatarlos moribundos de la orilla del mar. Pero tengo que llevarlos de muy cachorros. Así se acostumbran a mi pileta, que no es tan grande como un océano.
Será su hábitat permanente. Voy a tener siempre compañía cuando quiera ir a la pileta. Los delfines son muy sociales, entonces me van a dar la bienvenida. Van a querer jugar conmigo. Les voy a enseñar pruebas, para que las practiquen. Los días de calor, voy a tirarme a la pileta y jugar a ser un delfín más. Eso va a estar bueno. Voy a mostrarme como uno de ellos, y ellos me van a aceptar, porque me van a haber conocido de toda la vida. Cuando estén crecidos me llevarán en sus espaldas como caballos. Voy a querer estar todo el día en la pileta con los delfines. Y cuando no esté, me van a extrañar. Me van a llamar, no van a callarse hasta que aparezca y nos demos un abrazo.
Pero no voy a estar siempre en la pileta. Tarde o temprano voy a salir, porque tengo otras cosas que hacer en mi vida. Mientras esté nadando, me consideraré un delfín, y ellos también. Cuando salga, me considerarán un delfín que sale del agua. Y pronto empezarán a razonar. Los delfines son inteligentes. Se darán cuenta de que si yo, delfín como ellos, puedo salir del agua, ellos también pueden. ¿Qué se los impide? Y practicarán la forma de salir.
Lograrán trepar los escalones de la pileta, parados, hasta lograr estar afuera del todo. Empezarán a corretear por el jardín. A oler las flores, cazar abejas, revolcarse sobre el pasto. Y un día me van a golpear la puerta de la casa. O, si la dejo abierta, van a pasar tranquilos. Esquivarán fácilmente el mosquitero y se secarán la cola en el felpudo para no mojar el piso. Vendrán a ser delfines terrestres conmigo.
Yo les voy a dar la bienvenida. Los voy a dejar en casa, mirando televisión, mientras voy a trabajar. Hasta que un día los voy a ayudar a conseguir trabajo. Así los delfines tienen una vida productiva. Serán aceptados en el mercado laboral, porque ofrecen cualidades que nadie más tiene en el mercado. Los delfines son inteligentes. No les costará llegar lejos. Se harán una posición en la sociedad, y llegarán a comprarse casas propias.
Cuando eso ocurra, estoy seguro de que algún día me van a invitar a la pileta.

Blessed are the cheesemakers

La primera persona que se animó a probar el roquefort merece nuestro reconocimiento. Este anónimo era probablemente un quesero intrépido, inquisidor y, sobre todo, valiente. Este individuo abrió un balde de queso, después de haberlo dejado fermentar durante algún tiempo. Y al descubrir las manchas verdes, no lo tiró a la basura. No protestó porque se le llenó de moho el queso. No maldijo su suerte. En su lugar, se animó a probarlo, y lo encontró no sólo comestible, sino inverosímilmente delicioso.
Quién sabe cuántos otros queseros descubrieron el roquefort antes que él y lo descartaron por defectuoso. Quién sabe cuántos se animaron también a probarlo, y el gusto les desagradó lo suficiente como para descartar todo el proyecto. Tenemos la suerte de que haya nacido este anónimo benefactor de la humanidad, que nos dio un queso distinto.
Claro que la otra cara de esta moneda es preguntarnos cuántos roquefort quedan sin descubrir debido a la cobardía de otros queseros, más propensos a tirar su trabajo a la basura por considerarlo defectuoso. Pero quiero suponer que no son tantos. Que los queseros saben lo que hacen, y por eso nos han legado tantas variedades diferentes de la misma sustancia básica.

Ya no ser yo

Yo deseo ser vos. Y sé muy bien que si fuera vos, desearía exactamente lo mismo. O sea ser yo. Pero no este yo que soy ahora. Porque ese yo no sería en ese momento. Desearía ser vos, y ese vos vendría a ser, sin saberlo, yo.
Eso es lo que me pasa en este momento también. Cuando aspiro a ser algún otro, en realidad estoy aspirando a ser yo. A que ese otro sea yo, y yo ser ese otro. Nunca lo voy a lograr, y eso me frustra. Me hace desear ser una persona con más recursos para cambiar de persona. Y sé que no hay nadie que pueda hacer eso. Entonces me frustro más, porque ni siquiera es algo a lo que sea razonable aspirar. Una cagada.
Tengo, entonces, que conformarme con ser yo. Puedo ir cambiando, sí, no soy el mismo yo que era antes, y sin embargo lo soy, aunque distinto. Pero esa es mi naturaleza, ir cambiando, entonces lo permantente de mí se mantiene.
Tal vez lo que tendría que hacer es distanciarme de mí mismo en forma temporal. O sea, continuar mi evolución en el plano mental, pero mantener la conducta que tengo ahora. Que lo que pienso y lo que hago se vayan divorciando hasta que mi persona me resulte irreconocible, o incluso desagradable.
Sé que es difícil. Pero lo voy a intentar. Si lo logro, tenés que saber que el yo con el que estoy hablando, que para vos es el vos, no es el yo verdadero. Seré un impostor de mi propio cuerpo. Si las cosas que hago te joden, por favor sabé que es probable que a mí también. Pero no podré hacer nada. Ya no seré yo.

Folklore

Folklore es la palabra inglesa con la que denominamos a la música autóctona. La música más nuestra, la que viene desde lo más profundo de nuestra tierra y de nuestro pueblo, y es la expresión de nuestras costumbres más arraigadas. Sin embargo, el folklore (que está compuesto por innumerables géneros) no es muy popular. Otras músicas tienen un lugar más privilegiado. Algunas de ellas también provienen del país, pero no son folklore.
Son pocos los que escuchan folklore, y menos los que son aficionados. Pero está claro que forma parte de nuestra cultura. Todos lo pueden reconocer. Y muchos están al tanto de que es la música más nuestra. Saben que deberían escucharlo, aunque no lo hagan.
La mayor tradición del folklore en Argentina es saber que el folklore es nuestra música, y formar parte del consenso de que todos deberían escucharla. O bailarla. Hacerla formar parte de la vida de cada uno, porque así forjaremos nuestra identidad nacional.

Mate de Coca

El fracaso de la Nativa obligó a Coca-Cola de Argentina a replantear su estrategia. Los sabores planeados, “mate cocido” y “té con leche”, fueron suprimidos antes de salir a la venta. La línea que estaba en el mercado fue eliminada discretamente, y desde la empresa no se volvió a hablar del producto.
Sin embargo, dentro de la compañía había quedado la sensación de que mezclar las bebidas gaseosas con el mate podía ser un éxito. Algunos ejecutivos no se dieron por vencidos, se decidieron a buscar la manera de encontrar la fórmula perfecta. Después de todo, en Coca-Cola siempre hubo una gran tradición de primero encontrar la fórmula y después saber venderla.
Pensaron que, si convertir el mate en gaseosa no resultaba, era posible probar la inversa: convertir la gaseosa en mate. ¿Cómo se podía lograr? Era necesario cambiar la concepción. Crear una nueva modalidad para tomar Coca-Cola.
La manera de hacerlo era simple. La Coca-Cola es una bebida de extractos vegetales. Era cuestión de vender, en lugar de la bebida, esos extractos adentro de un paquete.
Lo difícil fue lograr envasar el gas. En este punto nadie quería negociar: la Coca-Cola sin gas no es tal. Se resolvió procesando los vegetales: a cada pequeño fragmento de hierbas se le inyectaba una burbuja de dióxido de carbono. De paso, esto permitía saber si la mezcla estaba fresca: un medidor podía determinar si el dióxido había sido convertido en oxígeno, y en ese caso habría que cambiar el paquete.
Iba a ser preciso abandonar la costumbre de tomar la Coca-Cola bien helada. Ahora la onda era tomarla bien caliente. Aparecieron oportunidades de negocios. Pavas y termos rojos, marca Coca-Cola, pensados para mantener el agua a la temperatura justa. Bombillas con estética 1880. Mates de vidrio coleccionables. Sabores opcionales para espolvorear, para que cada persona tomara el mate de Coca a su gusto. Una versión amarga, sin azúcar ni edulcorantes, para quienes gustaban del mate sin aderezos.
La nueva línea de mate de Coca fue lanzada con toda la pompa. El público al principio se mostró algo escéptico, pero con el correr de los días el boca a boca favoreció la compra del nuevo producto para probar. Y los que probaban encontraban algo doblemente familiar. Estaban disfrutando de una costumbre cultural de tiempos inmemoriales, que tenía un sabor al mismo tiempo novedoso y conocido.
El mate de Coca fue un éxito de ventas, que pronto se esparció por los países limítrofes. En Uruguay fue recibido con algarabía. En Paraguay tomaban lo que se llamaba Coca-Cola-tereré. En Perú hubo doble lanzamiento: mate de Coca-Cola, y mate amarillo de Inca-Kola.
El éxito de ventas en Sudamérica fue la antesala para que el mate de Coca fuera lanzado en el resto del mundo. La Coca-Cola Company preparó una campaña con el objetivo de difundir esta tradición remota. Se basó en el concepto de comunidad, en compartir una Coca en ronda de amigos, tomando todos de la misma bombilla. Hubo especial énfasis en disuadir a los distintos pueblos de la idea de que compartir la bebida era perjudicial para la salud. A la temperatura justa, ningún germen podía sobrevivir.
La compañía consiguió imponer el mate de Coca en muchas partes del mundo. Fue tal el éxito, que muchas personas quisieron conocer la bebida que había dado origen a esta forma novedosa de beber. Cuando se dio la demanda, la compañía no tuvo ningún problema en acceder a ella. Y en todo el mundo estuvo a la venta, además del mate de Coca, la yerba mate. Un producto de la Coca-Cola Company.

Salón de ventas

Me acerco a la puerta de Frávega. Desde adentro, una jauría de vendedores me mira con expectativa. Se relamen. Todos vestidos igual, esperan que entre. Quieren ser los primeros en llegar a mí para ofrecerme sus servicios.
No les importa que no quiera que me atiendan, o que tenga pensado rechazarlos uno a uno cuando se acerquen. Ellos están ahí para captar mi presencia y acercarse hacia mí. Tienen la esperanza de que, en una de ésas, me ablande y acceda a hacer una operación comercial con algún afortunado.
Son espermatozoides de electrodomésticos. El triunfo individual es importante, pero no tanto como el triunfo de alguno de ellos. Todos comparten el mismo objetivo. Cualquiera de ellos será el que genere una nueva venta para Frávega.
No avanzan todos en patota. No se atropellan unos a otros. No les conviene. La venta será individual y circunstancial. Puede no darse. En cambio, los vendedores están ahí todo el tiempo. Tienen que convivir. Por más beneficio que pueda traer una venta, no vale el precio de pelearse o armar un escándalo.
Cuando estoy adentro, los diferentes vendedores se van acercando. No pierden la esperanza de venderme algo, incluso cuando rechazo a sus compañeros. Piensan que nadie ha dado todavía con la estrategia adecuada, y que cada uno de ellos tiene la oportunidad de ser el elegido.
A medida que varios van quedando eliminados, el ambiente de competencia cambia por uno de cooperación. Los que están afuera no tienen rencor. Alientan a sus compañeros mientras se acercan, y los consuelan cuando son rechazados. Se produce un momento de solidaridad en la derrota, que les da fuerzas para prepararse para el próximo desafío, la nueva instancia de competencia despiadada que se producirá cuando entre la próxima persona.