Increpemos todos juntos

Cuando me increpan, increpo, porque no me voy a ver increpado sin increpar a nadie a cambio. Si fuera por mí, no increparíamos, pero el mundo tiene la costumbre de increpar. La gente increpa para conseguir algo. Increpan por las dudas, para que quede claro que su intención es conseguir lo que sea que increpan para conseguir. Increpan a quien sea, no importa que sea la persona adecuada para que, al increparla, las puertas se abran.
Pero a nadie le gusta que lo increpen. Algunos reaccionan tímidamente, con sumisión, y la parte increpante se ve recompensada. Otros, en cambio, reincrepan. Se producen duelos de increpación, que retumban en las ciudades. Los gritos se oyen por todos lados, y personas que no estaban siendo increpadas se sienten increpadas, entonces increpan a los que están cerca, para avisarles que no deben molestarlas con su increpación.
Toda la ciudad es un gran increpe, un concierto de gritos y gestos, que desarrolla códigos propios para poder diferenciar las increpaciones importantes, las que se producen sólo por increpar, las respuestas a increpaciones ajenas, los entrenamientos de increpación y las increpaciones sin dueño, que deambulan perdidas por las calles.
Y tarde o temprano increpar se convierte en un lenguaje, que todos usan porque es lo que aprendieron a hablar. Para los extranjeros, los habitantes del país de la increpación parecen agresivos, pero todos saben que la cultura es así. Salvo cuando de verdad quieren transmitir una solicitud con fuerza, entonces levantan el tono y se muestran a punto de enojarse.

Medio dormido

Estoy medio dormido. Más exactamente, estoy dormido en un 45%. Mi cuerpo se va durmiendo de a poco. No puedo sentir el brazo izquierdo, ni la pierna derecha. Pero sí siento el muslo derecho. El estómago hace tiempo que no da noticias, lo mismo que los tres dedos de menos uso de ambas manos.
Estoy lúcido, pero me doy cuenta de que mi creatividad duerme. Lo mismo pasa con parte de mi capacidad analítica. No puedo dividir por dos dígitos. Tengo una canción atascada como fondo de mis pensamientos, y por más que trato no puedo sacarla.
También se me durmió una axila, junto a la cuerda vocal izquierda y el arco del pie izquierdo. Lo siento como si tuviera pie plano, además de dormido. Con la mano izquierda pasa algo parecido, me da dificultad cerrarla, y noto como si tuviera mano plana, que no sabía que se podía tener.
Las nalgas están cada vez más dormidas, y es porque estoy sentado sobre ellas. Pero no puedo pararme sin despertar a la pierna derecha, ni al talón izquierdo. Es una carrera contrarreloj hacia la cama. Quiero llegar hasta ahí antes de dormirme completamente.
Trato de mantenerme mínimamente despierto, en piloto, como para desarrollar una estrategia. Me arrastro, de a poco, hacia la cama. Pero fracaso. La pierna derecha se despierta. El talón no, nunca se entera. Pero la pierna sí, y queda despabilada. La puedo usar para treparme a la cama. Me acuesto, con alrededor de la mitad del trabajo de dormirme cumplido.
Mientras me duermo, me pregunto cuándo voy a darme cuenta de que estoy durmiendo. Me contesto que, primero, darme cuenta va contra la definición de dormir, y segundo que estar atento es contraproducente. Sé que debo relajarme, y practico algunos de los ejercicios de yoga que siempre hago. Pero esta vez la pierna derecha no obedece. Está como loca. Salta, patea, deshace las sábanas. Me concentro en dominar a la pierna, y al hacerlo dejo de prestar atención a cuándo me voy a dormir. Entonces me duermo, todo menos la pierna. Y quedo toda la noche pataleando, haciendo ejercicios físicos mientras duermo.
El único problema es que después la pierna queda exhausta, y duerme todo el día.

La música de los continentes

Todo el mundo está feliz, muy feliz, y no deja de bailar. Están muy contentos cuando toco. Mi música les da una gran alegría. Me gusta traer alegría a la gente. Lo que no me gusta es tener que hacerlo permanentemente, porque todo el mundo pide pis cuando dejo de tocar.
Entonces, si no quiero generar un problema sin precedentes en las cloacas mundiales, tengo que tocar sin parar. No puedo esperar a que todos tengan que hacer pis a su debido tiempo, porque después vuelven, y nunca son suficientes como para poder hacer una pausa. De esta manera, tengo que tocar todo el tiempo, sin siquiera hacer pausas entre canciones, porque de tanto aplaudir las personas pueden perder el control, y queda toda la platea mojada, un asco.
Pero tarde o temprano voy a tener que parar. Trato de hacerlo más o menos sutil, tocando temas cada vez más despacio, de la manera más aburrida que pueda. Ya no me importa traerles alegría. Me gustaría volver a traérselas, sólo después de descansar un poco, sin traer además problemas a la infraestructura cloacal. Y no puedo.
En algún momento, de todos modos, voy a parar. Está claro. Llegará un punto en el que nada me va a importar, o me voy a morir, o lo que sea, y los pueblos del mundo pedirán pis. Espero que, al menos por un rato, sepan aguantarse. Y así la alegría durará más.

La época colonial

En la época de la colonia, las calles eran de tierra y no había locales a la calle. Los negocios se hacían en la calle. En la Plaza que todavía no era de Mayo, los vendedores proclamaban sus productos. Vendían velas, porque no había luz eléctrica. También vendían mazamorra, y empanadas calientes para viejas sin dientes (también para otras personas, se trataba de un slogan). Algunos de los vendedores eran negritos.
Era una vida bastante plácida, sin preocupaciones, pero con la conciencia de que se encontraban bajo el yugo de España, que había conquistado este territorio algunos siglos antes. Sin embargo, ellos eran descendientes de españoles, y algunos en parte lo eran de indios (menos los negritos, que venían de África, donde la gente es negra, y hay jirafas y leones).
Éramos una colonia española, pero no éramos España. En una ocasión, unos ingleses invadieron el territorio, y lo defendimos como si fuera nuestro. Les tiramos aceite hirviendo, y los ingleses se subieron a sus barcos y no volvieron más.
Con el tiempo, nos dimos cuenta de que así como habíamos podido repeler al invasor, también podíamos hacernos cargo nosotros de nuestros asuntos. No necesitábamos a los virreyes que mandaba el rey de España, que encima nos enteramos de que había sido depuesto por Napoleón. Entonces un grupo de patriotas se reunió en el cabildo, que estaba abierto, y decidió que había que hacer algo.
Los patriotas no eran negros. Eran bien blancos. Sabían lo que estaban haciendo. Pero el pueblo no. Y durante una de las reuniones el pueblo se agolpó en la plaza frente al Cabildo. Los vendedores dejaron de proclamar sus productos, y se unieron al pueblo, que quería saber de qué se trataba.
Los patriotas, al ver el clamor del pueblo, se dieron cuenta de que se estaban reuniendo muy en secreto, y difundieron sus planes mientras tres de ellos (French, Juncal y Beruti) repartían cintas celestes y blancas, porque había nacido una nueva nación. Poco después, Manuel Belgrano crearía con los mismos colores la bandera de esta patria, y la nación, flamante y flameante, marcharía hacia el futuro.

Esperanza de liberación

Las celebraciones de los cumpleaños incluyen una ceremonia en la que se apaga la luz, se acerca una torta con velas encendidas, se canta una canción específica y se insta al homenajeado a que las apague mediante el soplo, luego de pedir exactamente tres deseos sin decirlos en voz alta. Se trata de un ritual repetitivo, que si no fuera por su obligatoriedad animaría a muchas personas que no celebran sus cumpleaños a hacerlo.
Nadie quiere, en realidad, cumplir con la ceremonia. Pero todos piensan que los demás se van a decepcionar si no ocurre. Entonces lo hacen, total dura poco, y no perjudica directamente a nadie salvo por quitarles unos instantes de la reunión y de la vida para cantar la misma canción de siempre.
Como nadie tiene ganas de pensar en el ritual, no se ponen de acuerdo en cómo insertar el nombre en el clímax de la canción. Se genera un agujero sensible, que muestra con claridad las ganas que tienen todos de estar cantando eso. Pocos nombres entran en la métrica. Algunos usan diminutivos para alargarlo, otros estiran vocales, otros apocopan, otros cambian la acentuación. Queda una desprolijidad indigna, que nadie comenta porque queda oculta por el aplauso, también obligatorio, que sigue a la interpretación y marca el fin del ritual. En ese momento se puede cortar la torta y repartir las porciones entre todos los que están esperando el premio de haber participado en esa rutina humillante.
¿Por qué se sigue haciendo? En parte porque es parte del concepto de un cumpleaños. En parte porque todos piensan que los demás lo desean fervientemente. Y, en muchas ocasiones, porque hay niños presentes.
Ocurre que mucha gente tiene el concepto de que a los niños hay que crearles ilusiones, y jamás deben ser rotas. Piensan que los niños no pueden crearse ilusiones propias y personalizadas. Entonces les venden algunas ilusiones temporales, como que en Navidad un señor gordo entrará por la chimenea y les dejará un regalo, o que un ratón les comprará los dientes a medida que se les vayan cayendo.
Con el tiempo, estos dos personajes se revelan como imaginarios, porque no es posible sostener el engaño a medida que los niños adquieren raciocinio. Pero la ilusión de las velas de cumpleaños persiste. A ellos tampoco les gusta, pero la cumplen, del mismo modo que van a la escuela y cantan el himno nacional.
Justamente por eso es preciso abandonar la oscura costumbre de apagar las velas. Los niños no necesitan ilusiones falsas. Necesitan esperanza. Y no hay mejor manera de darles esperanza que comunicarles que esa ceremonia no siempre será necesaria, y que cuando sean adultos tendrán la posibilidad de elegir si quieren hacerla o no.
Nunca es temprano para liberar a las nuevas generaciones.

En aprietos

Ramiro esperaba el subte en la estación 9 de Julio. Como lo tomaba habitualmente, ya sabía calcular en qué parte del andén iban a caer las puertas del tren. Cuando llegó se abrieron las puertas y la gente que estaba apretada en el vagón salió unos centímetros, los que había dejado libres la puerta. Pero nadie se bajó. Ramiro estaba apurado y se subió igual. No era una situación a la que no estuviera acostumbrado.
Para poder entrar en el vagón debió agarrar con la mano la mochila que llevaba. Ramiro no se podía mover, y no sabía cómo había logrado estar adentro. Sólo cuando la puerta se cerró tuvo la certeza de que no debería bajarse. El subte arrancó y el sacudón de ese arranque lo hizo perder el equilibrio, pero como no tenía dónde caerse la pérdida del equilibrio no le trajo ningún problema.
En la siguiente estación se bajó una señora mayor por la puerta opuesta a la que había subido Ramiro y subió en su reemplazo un hombre gordo. Esto motivó que los que estaban cerca tuvieran que arrinconarse contra donde estaba Ramiro, y en ese ajuste un muchacho con auriculares y un paraguas estuvo un rato pinchándole involuntariamente la pierna. Ramiro quiso hacerle ver lo que ocurría y hacer que corriera el paraguas, como que no podía correrse él, pero el joven no lo escuchaba. Quiso entonces tocarle el hombro para llamarle la atención, pero el brazo no tenía lugar para hacer la flexión requerida para subirlo y poder presionar el dedo contra cualquier otra persona. Por lo que debió aguantar el dolor.
Al llegar a Callao se abrió la puerta y Ramiro casi pierde el equilibrio otra vez. No se bajó ni subió nadie, pero hubo dificultades para volver a cerrar la puerta porque Ramiro no se había acomodado bien. Tuvo que volver a la posición donde el paraguas lo pinchaba.
Poco después divisó una moneda de un peso que estaba en el suelo muy cerca de él, pero no pudo agacharse a recogerla.
En Pueyrredón se bajaron algunas personas y subieron menos, por lo que ya había más espacio. Ramiro pudo correrse cuatro centímetros y se liberó del paraguas que pinchaba. Pero no se liberó del miedo a que le robaran los objetos de valor que llevaba en sus bolsillos. Los revisaba constantemente, y cuando no llegaba con las manos a los bolsillos del pantalón subía un poco el muslo para sentir el peso de los objetos que debían estar ahí.
En un momento le empezó a picar el tobillo. Como seguía sin poder agacharse ni mover los pies, tuvo que aguantarse. Encima Ramiro sufría un trastorno de simetría, que poco después hizo que le picara el otro tobillo. Probablemente fuera psicosomático, pero le picaba igual y debió aguantar ambas picazones.
En Bulnes se produjo un recambio de gente, salieron algunos y subieron otros, pero los que subieron lo hacían con bolsas que traían del shopping Alto Palermo. Como resultado se redujo de cuatro a dos centímetros cuadrados el espacio que tenía Ramiro para moverse y, en el movimiento provocado por ese recambio, se retorció la tira plástica de la que colgaba la argolla de la que se había podido agarrar un par de estaciones atrás. Tuvo que soltarla, y antes de que pudiera volver a agarrarse alguien se la apropió.
Ramiro no perdía de vista la moneda de un peso que aún no podía agarrar.
Al rato subió un grupo de actores que representaban una obra. Duró varios minutos y al finalizar todo el mundo debió correrse varias veces mientras pasaban la gorra. Ramiro envidió los auriculares del portador del paraguas, y se sorprendió al ver que mucha gente se reía con los chistes que contenía la obra, los que él encontraba increíblemente estúpidos. No sólo eso, también aplaudieron al final y varios pusieron plata en la gorra.
Al terminar la obra, Ramiro quiso saber en qué estación estaba, y deducir con ese dato cuánto le faltaba para bajarse en José Hernández. La cantidad de gente le había impedido ver los carteles, y las veces que había quedado del lado de la vía, cerca de la ventana, se había olvidado de mirar o se le había interpuesto un tren. Para colmo el tren en el que viajaba era de los más nuevos y no tenía cartel electrónico, aunque sí tenía ventiladores que permitían un mínimo nivel de respiración.
De todos modos los ventiladores no eliminaban el olor que en esa época del año tenía una gran cantidad pasajeros del subte. Pero no le importaba, estaba acostumbrado y la alternativa era viajar mucho más tiempo en un colectivo, sin garantía de que estuviera menos lleno.
Cuando el tren llegó a la siguiente estación, tampoco pudo ver el cartel. Pero como ya estaba en las estaciones más nuevas, por el estilo arquitectónico pudo deducir que estaba en la estación Carranza, y le faltaban dos para llegar.
Cuando se bajaron algunas personas en Olleros, Ramiro empezó a hacer movimientos para acercarse a la puerta y poder bajar en la siguiente estación. Pidió permiso a varios pasajeros, quienes se esforzaron para dejarlo pasar en una muestra de compromiso con la ciudadanía. La última persona a la que pidió permiso, le indicó que también bajaba ahí.
Al llegar a José Hernández, la puerta se abrió y Ramiro pudo bajar. Fue hacia la escalera mecánica y se puso del lado izquierdo. La mujer que se subió delante de él consideraba que el hecho de que la escalera se moviera era razón suficiente para no usar sus piernas, y se quedó parada todo el trayecto, sin darse cuenta de la ansiedad de los demás por subir más rápido.
Al terminar la escalera mecánica, Ramiro cruzó el molinete para salir de la estación y subió la segunda escalera, fija, hacia la calle. Enfiló entonces hacia Musimundo, el destino de su viaje. Allí vendían entradas para un recital que se haría un par de semanas después en la cancha de River. Ramiro, luego de hacer dos cuadras de cola, volvió al subte contento por haber conseguido dos tickets para campo.

El zapato del presidente

El presidente perdió un zapato. Inmediatamente firmó un decreto declarándolo encontrado. Pero el zapato no aparecía. Llamó entonces a su asistente personal para preguntarle qué ocurría. El asistente no dudó: “es que el decreto no entra en vigencia hasta que es promulgado en el boletín oficial”. Mientras tanto, el asistente fue hasta el placard de la residencia y le consiguió un par de chinelas. El presidente tuvo que disculparse en la cena de gala de esa noche por usar las chinelas, pero dijo que al día siguiente el problema iba a estar solucionado.
A la mañana, el presidente leyó su decreto en el boletín oficial. Siempre lo hacía, porque le gustaba leer sus obras apenas publicadas. Cuando leyó el letrero que daba por encontrado el zapato, se alegró. Ya era oficial que estaba en su poder. Entonces llamó al asistente. Pero el asistente no estaba. Se encontraba recorriendo la casa de gobierno en busca del zapato. Pero no le había dicho a nadie porque no quería que se supiera lo que ocurría.
El presidente, entonces, no encontró a su asistente. Tampoco a su zapato. Y había algo peor: no encontraba el otro zapato. Debió recurrir de nuevo a las chinelas, y consideró componer un decreto en el que declaraba la jornada como “día casual” y obligaba a todo el país a ir a trabajar en chinelas. Pero después se acordó de que el decreto sólo podía publicarse al día siguiente. Así que abandonó la idea, decepcionado. Decidió irse a bañar para olvidarse del asunto.
Mientras tanto, el asistente había encontrado el zapato. Estaba en el baño de la oficina de la secretaria del ministro de imagen pública. Pero estaba bastante estropeado. Se notaba la diferencia al compararlo con el otro integrante de su par. El asistente supo qué hacer, porque ése era su trabajo. Llevó el zapato a uno de los lustrabotas que trabajaban en las cercanías de la casa de gobierno, que se encontraba en una zona céntrica de la capital. El primero al que le ofreció el trabajo se negó: “yo sólo lustro botas”. Pero el segundo se dignó a cambiar la descripción de su trabajo cuando se le mencionó que eran los zapatos del presidente. El asistente vio cómo el zapato antes perdido recuperaba brillo, a tal punto que brillaba mucho más que el otro. Entonces tuvo que hacer lustrar también el otro. En poco tiempo, ambos quedaron relucientes, el asistente resultó satisfecho y el lustrabotas fue más rico.
El asistente fue a toda velocidad hacia la residencia. Cuando llegó, el presidente todavía se estaba bañando. Le dejó ambos zapatos al pie de la cama. Cuando el presidente terminó el baño, salió a la recámara oficial y vio los zapatos. Luego miró en dirección al boletín oficial, con cara de satisfacción. Contento, se vistió para encarar el día. En honor al zapato recuperado, decidió ponérselos primero. Le costó bastante ponerse los pantalones con los zapatos puestos, pero eso no fue nada comparado con el trabajo que tuvo para ponerse las medias. Le resultó tan difícil que debió recurrir a un nuevo decreto.

Escondamos la plata

La reciente ola de robos a personas que salen de los bancos luego de cobrar importantes sumas de dinero puede detenerse con algunas medidas simples de camuflaje. Para poder operar, los delincuentes necesitan saber quién sale y entra de un banco con mucho dinero. Resulta ineficiente atacar a cualquier persona, porque robar cien o doscientos pesos que pueda haber sacado del cajero automático no alcanza para mantener a una banda de criminales.
Es por eso que las víctimas suelen ser las que llevan mucho dinero. Las operaciones son algo más complicadas, pero mucho más redituables. Dependiendo de la cantidad obtenida, tal vez con una al mes alcanza. De otro modo, tendrían que hacer varias por día, y correrían el riesgo de ser atrapados por las autoridades.
La cuestión es, entonces, no hacer notorio que uno transporta dinero. Hay que hacer un cambio cultural, adaptarse a una nueva costumbre, pero aquellos que lo prueben encontrarán que es muy razonable. La idea es dejar de diferenciar a las personas que transportan dinero de las que no. Que todos caminen inconspicuos por los distritos financieros, de modo que los delincuentes no los sepan identificar.
El procedimiento es simple: hay que dejar de transportar el dinero en bolsas blancas con el signo “$” escrito en ellas. Habrá que usar otros elementos: bolsos, maletines, bolsillos o tal vez algún método no inventado aún. De este modo, los ladrones verán diluidos sus botines y su trabajo será más difícil.
Sabemos que hacer el cambio implica una adaptación importante. Pruébela, vale la pena. De todos modos, si todavía no se anima, recuerde que siempre es sano, cuando uno sale de un banco, no caminar hacia las personas que usan remeras a rayas horizontales blancas y negras, particularmente si tienen también puesto un antifaz.

Escribir en sueños

Soñé que se me ocurría una idea: Argentina invadía una ciudad inglesa y como respuesta Inglaterra invadía una ciudad argentina. No sé de dónde salió esa noción, pero en el sueño la idea me gustó. La pensé un poco y decidí que las ciudades debían ser Ipswich y Pergamino. No sé por qué. Entonces me dije que no tenía que perder tiempo y me puse a escribir el cuento. Salió bastante fácil, en un rato lo tenía casi terminado.
En eso me desperté. En realidad no me desperté, sino que soñé que me despertaba. Había estado soñando que soñaba todo eso. Pero como, en el sueño, me había despertado en el medio de un sueño, me acordaba lo que estaba soñando. Entonces me sentí decepcionado por no tener el cuento escrito, pero por lo menos conservaba la idea y me seguía gustando.
Así que me puse a escribirlo. Pero me costó más que en el subsueño. Pensé que tal vez la idea no era tan buena, era de esas ideas que sólo tienen sentido en un sueño. Alguna vez me ha pasado. Pero me parecía que no era el caso, era una idea razonablemente promisoria. Así que decidí perseverar.
Entonces me metí más en la historia. Me metí al punto que empecé a soñarla, no ya como idea abstracta sino como sueño hecho y derecho. Pasé a formar parte de uno de los elementos de la historia. Me encontré en Ipswich negociando con alguien alguna cosa, en representación del gobierno argentino, o algo así, no me acuerdo bien la escena que soñé. Sí me acuerdo que tenía lugar en una escuela, por alguna razón, y creo que la escuela estaba sitiada. No sé, dentro del sueño tenía lógica.
Después desperté de ese sueño y regresé al nivel anterior de sueño, en el que intentaba escribir esa misma historia. Volví a sentir la frustración de haber perdido algo que estaba escrito. Pero por lo menos conservaba la idea y me seguía gustando. Y como, por algún motivo, era consciente de que estaba soñando, me propuse guardar la idea en la cabeza y anotarla cuando me despertara.
Esa noche escribí el cuento.

Intromisión extranjera

Cansado de la ocupación inglesa de islas lejanas que se interpretaba como una inaceptable intromisión en el territorio argentino, el gobierno ordenó a las Fuerzas Armadas trazar un plan para dar a los ingleses de su propia medicina. El Presidente recibió de inmediato los detalles de una operación destinada a invadir las Islas Malvinas y tomar el control de ellas.
Pero el Presidente lo encontró inaceptable. Llamó enojado al Jefe del Estado Mayor Conjunto. “¿Cómo es posible que se planee invadir lo que es nuestro territorio?” preguntó el mandatario. Luego dio a entender que pretendía una operación militar para quitarle a Inglaterra parte de su propia tierra, de modo que se pudiera intercambiar con las Malvinas.
Los jefes de las Fuerzas Armadas repasaron los recursos disponibles, y llegaron a la conclusión de que era imposible invadir Inglaterra sin ser repelidos. Pero igual le tenían que llevar algo al Presidente, así que armaron una operación sorpresa para tomar una ciudad pequeña y periférica. Así llegó al Presidente de Argentina la idea de invadir Ipswich Town. Entusiasmado, el comandante en jefe ordenó atacar inmediatamente, antes de que los ingleses tuvieran alguna idea de lo que se tramaba.
De este modo, en pocos días una importante flota de aviones de la Fuerza Aérea Argentina penetró en espacio aéreo inglés y descendió sobre Ipswich. Cientos de soldados bajaron de los aviones y detuvieron a las autoridades de la ciudad, con lo que tomaron efectivamente el control.
El Primer Ministro inglés no tuvo tiempo de reaccionar. Toda respuesta militar implicaba poner en riesgo a la población inglesa de Ipswich, y no quería tomar medidas irresponsables. El gobierno inglés decidió encarar la crisis por la vía diplomática y dejar la situación como estaba.
El alcalde designado por el gobierno argentino para Ipswich, brigadier Abel Arias, tomó dos medidas centrales para demostrar ante el pueblo su autoridad. Primero decidió que los autos debían circular por la derecha. En segundo lugar, designó al peso argentino como moneda oficial de Ipswich Town, y prohibió cualquier operación con otro signo.
Mientras tanto, las negociaciones se iniciaban bajo el auspicio de diversos entes internacionales que habían ofrecido su mediación y ayuda. Argentina decidió mostrar sus cartas y anunciar formalmente que sus tropas se retirarían de Ipswich si Inglaterra se retiraba de las Malvinas, de modo que ambas naciones volvieran a tener el territorio que habían perdido. Todo se podía hacer en forma pacífica y veloz. Los ingleses quedaron en contestar.
El gobierno británico estaba tentado de aceptar el trato. No perdían nada de mucho valor para ellos, y de paso se liberaban de un reclamo que ya resultaba muy molesto. Pero no querían mostrar debilidad, así que se dedicaron a ganar tiempo con excusas, de modo de dilatar la situación lo más posible.
En ese interín, la opinión pública inglesa empezó a demandar una respuesta por parte de su gobierno. Los habitantes de Ipswich se sentían abandonados, y los de otras ciudades sospechaban que el gobierno no los respaldaría en caso de algún incidente similar con otro país. De modo que el gobierno se vio en la situación de no poder aceptar totalmente los términos que exigía Argentina.
El conflicto se dilató, y se empezó a notar un fenómeno curioso. El comercio entre Ipswich y el resto del país aumentó en forma notoria. Los habitantes de los alrededores descubrieron que los precios de Ipswich estaban muy bajos, como resultado de regir el peso argentino, con lo cual se volcaron masivamente a comprar ahí. Esto generó una entrada importante de divisas, que resultó en una prosperidad inmediata para Ipswich Town, aunque sus habitantes ahora ganaran en pesos. De pronto, la opinión pública inglesa perdió interés en recuperar la ciudad que era territorio de facto argentino.
El gobierno de Londres, de todos modos, era criticado por su falta de respuestas. Así que decidió pasar a la acción. Envió un ejército a Argentina, donde tomaron por la fuerza el control de la ciudad de Pergamino. Allí establecieron la circulación por la izquierda y la libra esterlina.
El hecho provocó indignación en el pueblo argentino, pero pronto hubo muchos que aprovecharon la oportunidad. En Pergamino, los sueldos eran cinco veces más altos que en el resto del territorio considerado nacional. Se produjo una importante migración interna. Un boom de trabajo y construcción invadió la otrora pacífica localidad bonaerense. Los pueblos de alrededor también se vieron beneficiados, porque los pergaminenses comenzaron a gastar sus libras en donde podían comprar productos en pesos, y como les resultaban baratos, igual les quedaba suficiente ahorro para seguir alimentando el boom económico.
Otras ciudades empezaron a hacer campaña para seducir a los ingleses de invadirlas, de modo de recibir también los beneficios de la diferencia económica. Pero los ingleses no tenían intención de hacer nada excepto compensar lo cometido por Argentina en su territorio.
Más allá de las bondades económicas disfrutadas por las ciudades que se vieron involucradas en el incidente internacional, la opinión pública de ambos países coincidía en un punto: la ilegitimidad de las intromisiones de cada nación en los asuntos de la otra. Era una cuestión de principios, no importaba que se tradujera en beneficios para ambos países. Entonces empezó a haber rispideces en los dos pueblos. Las personas que vivían en las ciudades invadidas fueron mal vistas por las demás, y en las siguientes elecciones generales de ambos países ganaron candidatos que prometían retrotraer la situación.
Así fue que, al reanudarse las negociaciones, con ambos gobiernos dispuestos a retirar las tropas, se llegó a un rápido acuerdo. Pero no contaron con la insubordinación de los ciudadanos. Los habitantes de Ipswich y Pergamino no quisieron volver a sus países de origen. Pretendieron seguir como estaban, o por lo menos tener autonomía para hacer lo que más les conviniera.
Se generó tensión entre las autoridades nacionales y los referentes municipales. No se quería aceptar el retorno de las fuerzas armadas locales, ni el cambio de moneda, ni volver a invertir el lado en el que se manejaba. Ambas ciudades decidieron armar un ejército propio para repeler a cualquier fuerza que osara interferir en la puesta en práctica de su voluntad.
La situación escaló a tal punto que las ciudades declararon su independencia. Inglaterra y Argentina no quisieron reconocer a ninguno de los dos estados nuevos, por miedo a aceptar un precedente, pero la presión de la comunidad internacional para encontrar una solución pacífica al conflicto los terminó persuadiendo.
Con el tiempo, otras ciudades se fueron uniendo a Ipswich y Pergamino, hasta llegar a la situación actual de dos países que aparecen desperdigados, como pintitas de color en los mapas de otros países más grandes.
Se forjó así una profunda amistad entre ambas naciones, que hoy se consideran hermanas. En la plaza principal de Pergamino hay un monumento a los heroicos habitantes de Ipswich, mientras que en Ipswich cedieron uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad para instalar la primera embajada de Pergamino.