Comida de avión

A mí me gusta la comida de avión. Capaz que soy poco sofisticado. Qué sé yo. Pero me gustan esos pequeños placeres. Morder el hielo redondo del vaso de plástico transparente que recibe la gaseosa bien fría que venía en la lata traída en el carro que bloquea todo el pasillo. Cortar ese pan esférico y ponerle manteca. Abrir el aluminio de la comida caliente y encontrar algo que no está pensado para que entre por los ojos. No, no es comida gourmet, pero estoy arriba de un avión. No hay cocina. Si viajara en Primera sospecho que igual estaría limitado a lo que puede transportarse en esos compartimentos. No me van a hacer un asado en la parrilla del avión, por más que lo exija mientras le encajo el ticket de Primera en la cara a una azafata. Sería complicado concederme ese deseo. Se llenaría de humo la cabina presurizada y los detectores de los baños sonarían sin cesar. Del mismo modo, tampoco hay horno ni sartén. Si quiero una tortilla de papas tendrá que ser recalentada. Ya es bastante que puedan mantener la comida caliente. Y no tiene mucho gusto. O no a lo que dice ser. El pollo de avión puede confundirse con otras carnes. Uno puede no saber exactamente cuál es el relleno de las pastas. De hecho, todas esas comidas tienen más o menos el mismo gusto. Es el gusto del viaje, de la experiencia de estar volando hacia un lugar lejano. Del entusiasmo de lo que está por venir, o el recuerdo de lo que acaba de pasar.
Entonces, no sé si la comida de avión me gusta por el gusto. No la elegiría en tierra. Pero cuando llega el momento, la disfruto.

Baños del subte

La ciudad se caracterizaba por una gran limpieza. Los baños del subte no eran la excepción. Todos estaban acostumbrados a encontrar instalaciones relucientes en los lugares donde iban, y por más que el transporte público no pudiera ser demasiado elegante, había una gran inversión en limpieza. Fue fácil obtener el título de la ciudad con mejores baños en su sistema de transporte público.
Sin embargo, pronto el sistema de transporte empezó a tener problemas para financiarse. Era difícil encontrar maneras de expandir los servicios, porque en esa ciudad eran conscientes de que inaugurar nuevas estaciones de subte implicaba un costo de operación permanente. Cada tanto había aumentos en la tarifa, que no llegaban a cubrir todos los costos.
Hasta que el intendente dio con la solución. La propuesta fue clausurar los baños del subte que eran orgullo de la ciudad. Pero el análisis económico era contundente: había tanto esmero en el mantenimiento de los baños que, con los mismos fondos, se podría pagar la operación de estaciones nuevas para cubrir un 25% más de la ciudad.
Lo que se implementó fue una contrapropuesta que permitía una expansión del 20% en lugar del 25%, pero contemplaba dejar un mantenimiento mínimo en los baños. Ya no sería política de la ciudad encerar los pisos diariamente, pero sí se planificó limpiar con detergente, una vez por semana, el baño de cada estación. Además, se implementó el programa «adopte un baño», según el cual los ciudadanos que estuvieran interesados podían auspiciar la limpieza del baño de alguna estación para que se hiciera con el estándar anterior.
A pesar de la reducción de la limpieza, el hecho de que las demás ciudades no tenían baños limpios en los subtes, o directamente no poseían esas instalaciones, hizo que la ciudad no perdiera el codiciado título de tener los mejores baños en su sistema de transporte público. Los turistas que iban para mirar esa limpieza, aunque no eran muchos, continuaron llegando, y pudieron disfrutar, junto con los residentes, de una red ampliada.

Para sacar una foto

  1. Tengo que pasar cerca de algo relevante.
  2. Tengo que darme cuenta de que es relevante.
  3. Además, es necesario que me dé cuenta de que es algo fotografiable.
  4. Tengo que tener la cámara encima.
  5. Tengo que acordarme de que estoy con la cámara.
  6. Tengo que decidir sacar una foto.
  7. Tengo que sentirme seguro del lugar donde estoy como para sacar la cámara.
  8. La cámara tiene que tener pilas y/o espacio en la memoria/rollo.
  9. Tengo que tener suficiente distancia como para poder encuadrar.
  10. Tengo que tener tiempo para hacer todo el proceso sin que se pierda la oportunidad.

Miguel de Palermo

Miguel de Palermo se llama Miguel y vive en Palermo. No es el único Miguel que vive en Palermo, pero es el único Miguel de Palermo. Es su marca registrada. Siempre se presenta como Miguel de Palermo, por más que su apellido es Gómez. Lo que pasa, explica, es que hay muchos Miguel Gómez, incluso hay varios en Palermo. Entonces necesita un alias más abarcativo.
Pero, ¿cómo lograr que los otros Miguel que viven en Palermo no se identificaran igual que él? Miguel de Palermo urdió un plan. Empezó a llamar a todas las radios para participar en los programas que invitaban oyentes al aire. No llamaba porque tuviera algún interés en el contenido de esos programas. Sólo le interesaba imponer su nombre. Y funcionó: no hay otro Miguel de Palermo que no sea él.
El método se popularizó. Muchas personas vieron la necesidad de registrar su nombre con su barrio, de manera que nadie se los pudiera usurpar. Se inició así un registro que incluyó nombres célebres como Diego de Martínez, Andrés de San Cristóbal, Romina de Once, Pedro de Pablo Nogués y Rosario de Córdoba.
Los que se llaman igual que ellos y viven en los mismos barrios ya no pueden hacer nada. Tienen que buscarse otro nombre, o vivir para siempre en el anonimato.

Cómo inventé la rueda

Lo que pasa es que yo vivo en un grupo muy creativo. Mucha gente que conozco inventó cosas. Un amigo mío inventó el cuchillo, otro la punta de flecha. Hubo otro que agarró esa misma punta y la colocó en un palo, y creó así la lanza. Entonces hay bastante presión como para que todos inventemos algo que beneficie a los demás.
Yo, como no soy amigo de la violencia, no tengo mucho talento para inventar armas. Siempre me interesó el transporte de objetos. Fui yo quien domesticó al caballo, hace algunos años. Pero la capacidad de carga del caballo tiene un límite, y si le atamos las cosas no pueden ser muy pesadas. Siempre me pareció que se podía hacer algo.
Hasta que, un día, uno de mis compañeros estaba probando un invento suyo: el hacha. Para ver si podía, quiso cortar un árbol. Y eligió un árbol que estaba en la pendiente de una colina. Cuando el tronco cayó, el árbol se arrastró sobre la colina, haciendo una serie de giros.
De ahí me vino la idea. En realidad, no hice más que trasladar el concepto. Alcancé el árbol y, con la misma hacha que había usado mi amigo para cortar el árbol, corté dos rodajas del tronco. Las uní con el tronco de un árbol más fino. Subí a la colina y lancé el prototipo: bajó girando, igual que había hecho el árbol.
Cuando volví al grupo principal mostré mi invento y se generó un gran entusiasmo. De inmediato salió mucha gente a hacer lo mismo. Algunos hicieron aparatos con cuatro ruedas que resultaron muy prácticos para arrastrarlos con los caballos. Así empezaron los vehículos, que desde entonces se hacen cada vez más grandes y más rápidos. Mucha gente se dedica a experimentar con mi invento. Hacen vehículos con ruedas grandes, chicas, anchas, angostas y de diferentes materiales. Han encontrado aplicaciones que nunca pensé que podía tener la rueda. Es muy satisfactorio saber que inventé algo tan útil para todos.
Desde que inventé la rueda, dejé a los demás el desarrollo posterior del concepto. Muchas veces me vienen a pedir opinión porque soy una figura de autoridad para todos los que admiran la rueda. Yo le doy los datos que quieran sin problemas. Sin embargo, estoy envejeciendo. En algún momento no voy a estar en condiciones de contarles la historia de cómo inventé la rueda ni proporcionar los datos que los demás me piden. Debería haber alguna forma de conservar estos datos, que queden guardados en un lugar y alguien, años después, los pueda consultar. No sé, capaz que estoy delirando, pero me parece que se puede hacer algo.

Lo nuestro no existe

Nuestra relación siempre se basó en la más completa indiferencia. Cada uno sabía que el otro existía, y a ninguno de los dos nos importaba. Éramos parte del fondo. Así como hay nubes que aparecen y desaparecen, cada uno de nosotros podía estar o no estar. Desde el punto de vista del otro, no hacía diferencia.
Nunca hablábamos. Capaz que nos cruzábamos. En esos casos se producía algo de comunicación. Nos mirábamos lo suficiente como para saber que alguno se iba a correr, entonces ambos podíamos seguir nuestro camino sin interrupciones.
Estaba establecido así, aunque nadie había tomado la decisión de que así fuera. No nos caíamos mal, simplemente vivíamos nuestra vida, sin ejercer ni buscar influencia entre nosotros. Cada uno de nosotros se relacionaba con gente, incluso con varias de las mismas personas, pero nunca se nos ocurrió la posibilidad de relacionarnos.
Ni siquiera nos tomábamos el trabajo de ignorarnos. No era una cuestión de decidirlo. Simplemente, cuando se repartieron las barajas aparecimos en mundos diferentes, con nada en común, sin razones que nos atrajeran. Y al crecer, crecimos hacia lugares distintos. Nuestros caminos, ya separados, se fueron separando más. Y no nos extrañamos, ni nos detuvimos a preguntarnos por el otro.
Yo, a veces, me acuerdo. Se me ocurre la posibilidad de reestablecer algún tipo de relación. O de establecer. Pero no hago nada. No me importa lo suficiente. Aunque sí tomé nota de la inexistencia de esa relación. Me pregunto si la otra parte también lo sabrá.

La muerte impedida

Sócrates se murió. Y aceptó su muerte. Pero quedan sus ideas, que llegaron hasta nuestros días. Hoy siguen hablando. Se puede discutir su pensamiento. Pero no se puede hablar con Sócrates.
Es una lástima que la vacuna contra la muerte no le haya llegado a tiempo. Es cierto, tal vez es gracias a él que algunos milenios más tarde la tenemos. Pero no parece justo que tantos ilustres como Sócrates no estén con nosotros, y hoy cualquier imbécil consiga la inmortalidad.
Es cierto, estamos acostumbrados a que no nos morimos. Fue un enorme anhelo de nuestros antepasados, que no lo llegaron a conseguir. Sólo lo tenemos nosotros. Por algo se empieza. No me molesta que algunos individuos con mérito consigan ser inmortales. Pero sospecho que hay que merecerlo.
Por eso me opongo a que la vacuna contra la muerte sea obligatoria. Me parece un desperdicio no de vacunas, sino de espacio. Hay gente que apenas hace algo con lo que dura una vida estándar, no vale la pena quedarse más tiempo que el que uno puede aprovechar.
Está bien. Me parece razonable que la vacuna sea libre, que para acceder a ella no haya que pasar determinadas pruebas de aptitud, porque no hay prueba objetiva posible. Pero déjenle a la gente la posibilidad de limitar su estadía. Estoy seguro de que hay unos cuantos que elegirían tener el curso normal de una vida. Después nos quedaremos nosotros, y sí, tal vez los extrañaremos, pero es preferible eso antes que forzarlos a estar vivos si no quieren.
Entonces, prefiero confiar. La gente sabe qué hacer con su vida. Y muchos saben también cuándo terminarla.

El rey de las polillas

El rey de las polillas gozaba de un enorme prestigio en toda la comunidad polillal. Sin embargo, era una polilla más. De lejos, no se lo podía diferenciar de las otras. Esto le causaba problemas de autoridad. Era fácil que cualquier otra polilla se hiciera pasar por él, y emitiera órdenes contradictorias.
“Vayamos todos hacia esa luz”, decía uno de los impostores, y las polillas, que tienden a obedecer sin analizar, se lanzaban sin saberlo hacia su muerte. El verdadero rey, sin embargo, cuidaba a las polillas, y les indicaba el camino hacia los más grandes reservorios de lana.
Por eso era necesario diferenciarse. Tenía que tener un atuendo en el que se emplearan muchos recursos, que no sólo le diera dignidad de rey, sino que fuera difícil de falsificar por cualquiera. El rey forjó una alianza con una población de gusanos de seda. A cambio de protección polillal al hábitat, los gusanos le proveerían una serie de vestidos de colores brillantes.
Cuando le entregaron el primer atuendo, el rey se lo colocó trabajosamente. Era necesario que tres o cuatro polillas de su séquito lo ayudaran a vestirse. Esto también dificultaba el establecimiento de impostores. Una vez colocado, el rey lució muy distinto. Sus alas beige pasaron a estar cubiertas de un azul brillante, lleno de detalles en negro y con volados que colgaban.
Sin embargo, cuando el rey estuvo vestido, todas las polillas de su séquito se fueron de su compañía. Quiso impartir órdenes, pero ninguna lo obedeció. De repente, ya no lo reconocían como el rey de las polillas. No había dejado de ser una polilla, pero ya no lo parecía. Había pasado a ser visto como una mariposa.

En el cielo

El dibujo del paciente Julian Lennon desnuda implacablemente algunas características imperecederas de su personalidad.
Debe tenerse en cuenta que la temática del dibujo era libre. El resultado no fue impuesto por ninguna consigna restrictiva por parte del profesional. La escena que el paciente eligió hacer retrata, según él mismo, a una de sus compañeras, Lucy.
La figura que representa a Lucy presenta una variedad importante de colores, muchos más que los que suelen tener los seres humanos, incluso los de esa edad. Esto muestra una imaginación aplicada forzosamente sobre los demás. Julian no sólo ve a sus compañeros con colores que no tienen, sino que espera esos colores de ellos.
Del mismo modo, el cielo no está dibujado de color celeste. Es más bien de un tono amarillento, extraterrestre. Sumado a la excesiva luminosidad de la figura humana, exhibe una clara indicación de un problema perceptivo. El paciente no ve la realidad, sino lo que quiere ver.
Unos rayos misteriosos, de color rojo, acechan a la figura humana. Constituyen un peligro, el abismo que sólo Julian ve, y al que expone no a sí mismo sino a su compañera, la inocente Lucy. Ella, en tanto, no tiene los pies sobre la tierra. De hecho, no se ve suelo alguno. No ubicar los pies sobre la tierra es una clara muestra de que el autor del dibujo es un desquiciado.
Otro detalle importante es la presencia de diamantes en el cielo. De más está decir que el cielo verdadero no tiene diamantes, sino estrellas. Y sólo cuando es de noche. De día hay nubes, o no las hay. Julian presenta a Lucy en un cielo con diamantes, porque su visión de los demás es que tienen una codicia enorme. Probablemente tema que las personas de otras familias vayan tras la fortuna de la suya. Conviene que los padres dediquen tiempo a explicarle que eso no sucederá.
Se recomienda que Julian inicie inmediatamente sesiones de terapia, antes de que empiece la escuela primaria y ponga en peligro a los otros niños. De no ocurrir así, su psique corre peligro de llevar a cabo las insinuaciones que hoy se plasman en el dibujo. Y más allá de la fortuna familiar, es posible que el paciente nunca pueda estar en condiciones de acceder a un trabajo.