Al agua pato

El mundo de Disney estaba en el Luna Park. El aire estaba frío porque todos los personajes hacían el show patinando sobre hielo. Hay algo mágico en esos círculos que sólo pueden ser hechos desde patines. El espectáculo mezclaba la destreza de los patinadores con la magia de la actuación y el encanto de los personajes de Disney. Era un show de primer nivel.
El público recibía cada número con entusiasmo. Los niños aplaudían todo el tiempo, y los personajes se ponían contentos. El esfuerzo de llegar hasta ahí, con el solo objeto de entretenerlos, se veía recompensado. La hora y media de espectáculo pasaba sin sobresaltos, y con momentos de placer para el público y los personajes.
Pero ocurrió algo terrible. Alguien cortó un cable con el filo del patín, y provocó un cortocircuito en el sistema de sonido. Las llamas se esparcieron en la cabina, y los sonidistas tuvieron que prestar atención al fuego en lugar de ocuparse de los micrófonos.
El público no estaba enterado. El show usaba muchas máquinas de humo, y el que salía de la cabina no se diferenciaba. Los personajes sí se dieron cuenta, y empezaron a hacer gestos para que el público evacuara la sala. Pero fueron interpretados como gracias, y todo el público aplaudía.
Iba a ser necesario decirles. Tal como había quedado configurado el sistema de sonido, el único personaje que tenía el micrófono abierto era el pato Donald. Él procedió a advertir sobre el fuego, pero nadie lo entendía. Era su gracia. El público vio con agrado los gritos de desesperación del pato, que mientras más enojado está, más divertido es.
Mientras el público festejaba las ocurrencias, no se daba cuenta de que el hielo del escenario se derretía. En poco tiempo, las plateas se inundaron, y las salidas quedaron bloqueadas por el agua. Adultos y niños del público debieron nadar para salir. Los personajes hacían lo mismo. Y algunos niños afortunados podrán contar durante el resto de su vida que nadaron junto al Pato Donald.

Dónde está el palito

Una vez, a mediados de los ’80, me llevaron a un corso que se hacía en la avenida 9 de Julio. No sé bien si era en la avenida en sí, en una de las calles que hacen de colectoras, o en la parte de la avenida que en esa época se usaba como estacionamiento. Sí sé que fue a la altura del monumento al Quijote, porque tengo esa imagen grabada.
No estoy seguro de que el corso me haya entusiasmado mucho. Es probable que no, porque nunca me interesaron esas cosas. Lo que sí me interesó fue la calesita que habían instalado como parte de la celebración del carnaval. Era una calesita algo precaria, porque estaba clavada en el medio de uno de los boulevares de la 9 de Julio, pero funcionaba. Estaba lo suficientemente bien hecha. Estoy seguro de que anduve unas cuantas vueltas ahí.
Siempre me habían interesado las calesitas. Conocía las de distintas plazas, y estaba al tanto de las diferencias. En general tenían un surtido similar de caballos y vehículos fijados en la superficie giratoria. Me gustaba subirme a los autos, y girar el volante en la dirección que la calesita estaba girando. Me daba una ilusión de control.
Una alternativa audaz era no subirse a ningún vehículo, sino permanecer parado en la plataforma giratoria. Con el tiempo me animé a hacerlo, e incluso lo hacía para cambiar de vehículo durante una vuelta. No sabía si era contra las normas. Tal vez había regulaciones de seguridad que impedían que hiciera eso, pero nadie me llamó la atención, así que lo seguí haciendo. Tenía claro que tampoco la calesita andaba tan rápido.
También observaba el funcionamiento. Había un motor en algún lado que hacía girar a la calesita entera. Pero no tenía ruedas visibles, sino que estaba colgada de un palo, ubicado en el medio. Ese palo era crucial para que la calesita fuera tal, y también existía en las pequeñas calesitas manuales que estaban ubicadas en las áreas de juegos.
Algunas calesitas escondían el palo. Todas tenían paneles con personajes de dibujos animados. En algunas esos paneles llegaban al piso, y la calesita funcionaba alrededor. Eran las mejores, porque durante la vuelta se podía ver a todos los personajes. Las otras, más rudimentarias a mi gusto, tenían los paneles unidos al piso giratorio, y a cada sector le correspondía un personaje. El funcionamiento, de todos modos, era el mismo.
Más rudimentaria, sin embargo, era la calesita del corso en la 9 de Julio. Sin embargo, cumplía los principios básicos. Se habían tomado el trabajo de clavar un palo en la tierra, para que la calesita se sostuviera. Y yo sabía que su duración era temporal. Me pareció notable que, donde fuera que se instalaba esa calesita, siempre quedaba un palo clavado en la tierra, marcando la ubicación. El mundo estaba cubierto de palos, huellas de calesitas del pasado.
Después comprendí que no era así. El palo se puede sacar, y se transporta junto al resto de la calesita a donde sea necesario. Sin embargo, todavía cuando veo el monumento al Quijote, busco en los alrededores el palo, a ver si encuentro el lugar donde estaba ubicada esa calesita.

El golpe

Liberarse de los mosquitos no es necesariamente una tarea placentera. Muchas veces implica violencia y dolor.
Si pudiéramos elegir, los métodos serían pacíficos. No queremos la violencia. Pero las oportunidades no se dan como queremos, sino como se dan. Hay que aprovecharlas antes de que se esfumen.
Estamos condenados a actuar cuando vemos a un mosquito posado en alguna superficie. Si es, por ejemplo, una pared, corremos el riesgo de que el cuerpo del mosquito quede impreso sobre la pintura, tal vez junto a la sangre de sus últimas víctimas.
Eso no sería especialmente grave. Las paredes pueden limpiarse. El problema es cuando el mosquito se posa sobre una persona. Ahí, es necesario golpear a esa persona. Es, seguro, alguien cercano. Puede ser uno mismo, o un ser querido. El mosquito lo usa como escudo, y nos plantea el dilema de si vale la pena hacer ese sacrificio.
Lo peor es que no nos da advertencia. El mosquito se posa y tenemos que pegar el golpe. Si es a nosotros mismos, lo sabemos. Pero en cualquier momento podemos golpear a un ser querido o ser golpeado por uno de ellos.
Sabemos que es por el bien de todos. Pero igual duele pagar ese precio.

El trabajo del terrateniente

El señor Barriga era un terrateniente que poseía, entre otros emprendimientos inmobiliarios, una vecindad donde vivía un grupo sorprendentemente estable de inquilinos. Cada uno de ellos ocupaba un departamento, algunos con sus hijos o sobrinos, algunos en soledad.
El señor Barriga quería tener la vida tranquila del que vive de rentas. Sus propiedades constituían un activo que le podía reportar suficiente dinero como para no necesitar otra profesión. Lo único que debía hacer era manejar bien esas propiedades. El servicio que aportaba a la sociedad era proporcionar viviendas, y administrar las áreas comunes.
La única vecindad que le conocimos se conservaba en estado decente, aunque no lujoso. El mantenimiento podía mejorarse, del mismo modo que el revoque de las paredes. En algunos sectores quedaban los ladrillos a la vista. Esto no generaba riesgos estructurales, y de hecho los daños eran menores, considerando el maltrato que recibía la vecindad por parte de algunos de los inquilinos, en particular los niños. En su afán por divertirse en un contexto de relativa pobreza, muchas veces aplicaban golpes a distintas partes de la vecindad. Uno de ellos, conocido como “el chavo del 8”, por vivir en el departamento número 8, tenía la puntería de golpear siempre al señor Barriga con algún objeto contundente, cada vez que el propietario ingresaba a la vecindad.
El señor Barriga era generoso. Comprendía el valor social de sus posesiones, y no trataba de exprimir hasta el último centavo de los inquilinos. De hecho, el niño que siempre lo golpeaba accidentalmente vivía sin pagar ningún alquiler, porque era un huérfano de extrema pobreza, y el señor Barriga no tenía corazón como para echarlo del lugar, ni la necesidad económica de hacerla. Incluso, en una oportunidad lo llevó de vacaciones con su familia. Los niños de la vecindad eran amigos de su propio hijo, Ñoño, un corpulento muchacho de gran parecido con su padre.
Para el señor Barriga, las visitas a la vecindad eran una cuestión de trabajo. Él cobraba personalmente el alquiler a los inquilinos, y eso le permitía llevar el control de la propiedad. Sin embargo, que sepamos, era muy frecuente que se diera la situación de que el señor Barriga, terrateniente, era el único de los adultos de la vecindad que trabajaba.
Doña Florinda, la viuda que vivía con su hijo y a veces con su sobrina, vivía de la pensión de su esposo, perdido en alta mar. Doña Clotilde, que vivía en el departamento 71, era claramente jubilada. Don Ramón, del 72, sólo a veces trabajaba haciendo changas, y nunca podía pagar la renta. Debía catorce meses, aunque es menester mencionar que esos catorce meses se mantuvieron constantes durante mucho tiempo, por lo que Don Ramón pagaba, pero sus problemas radicaban en ponerse al día. Tal vez su anciana abuela, que rara vez salía del departamento, lo ayudaba en las mensualidades. Otro que debía catorce meses era Jaimito, el cartero, que trabajaba pero muy poco, porque su prioridad era evitar la fatiga.
El señor Barriga era un terrateniente benévolo, solidario y perdonador. Si tomamos las estadísticas, su administración de la vecindad era deficiente, al no obtener rentas de todos los inquilinos y faltarle detalles de mantenimiento y amenities. En la realidad, una cosa perdona a la otra, y el señor Barriga estaba contento con ser parte de una comunidad. Con el profesor Jirafales, un visitante frecuente, formaba la aristocracia del caserío. Ambos eran un modelo a seguir. Un modelo de autoridad con firmeza y corazón.

Corrección de color

Las maestras no pueden usar cualquier color para corregir. Tienen que elegir uno distinto del que los alumnos usan para escribir. En general, el color está regulado, y sólo puede ser azul o negro. Si las maestras corrigieran en azul o negro, los errores no se distinguirían de las correcciones, y nadie podría aprender de los exámenes.
Conviene usar un color distintivo y que proyecte cierta autoridad. No es bueno usar esas biromes juguetonas, violetas o celestes. Hace falta un buen color adulto, y que se vea. El amarillo tampoco es recomendable. Los colores más comunes, entonces, son el verde y el rojo. Las maestras que quieren ser más amigables usan el verde.
Las que usan el rojo son más peligrosas. Son menos proclives a perdonar errores. Lo hacen por el bien del alumno, pero eso no es obvio en el momento de recibir las correcciones. Las maestras que usan rojo están convencidas de que el alumno debe enfrentarse a sus limitaciones, y que escondérselas va en contra de los intereses de todos. Por eso no tienen problemas en tomar exámenes sorpresa. Piensan que los alumnos deben estar siempre listos para un examen, porque así estarán mejor preparados para la vida.
Los exámenes sorpresa son de gran impacto. Siempre está el peligro de que se presente uno, y las medidas de precaución no evitan la posibilidad de que aparezcan. Sólo pueden mitigar las consecuencias. Estos exámenes, por definición, vienen sin advertencia, y cuando aparecen ya no hay vuelta atrás. Son imprevisibles e inevitables. Generan ansiedad y miedo.
Los alumnos hacen lo que pueden para sobrellevar el examen. Algunos logran salir ilesos, otros levemente damnificados. Pero en muchos casos, sobre todo cuando la atención estaba en otro lado, se producen masacres. Los exámenes vuelven a sus dueños humillados, destrozados y cubiertos de rojo.

Cárceles escuela

Una de las desventajas de los sistemas penales es que, al tener a muchos delincuentes juntos, las cárceles funcionan como escuelas de delincuencia. Es cierto que, por definición, todos los presos han sido capturados, pero eso no impide que puedan compartir datos y experiencias de crímenes exitosos del pasado, e ideas para mejorar día a día.
La única manera de evitar este fenómeno es aislar a todos los presos, lo que traería problemas logísticos y psicológicos. Está muy claro: los ex convictos salen de la cárcel siendo mejores criminales que cuando entraron. Lo que no quita que puedan rehabilitarse, arrepentirse de sus acciones y dedicar el resto de su vida al bien.
Antes no era así. Las cárceles estaban llenas de criminales, igual que ahora, pero un gran porcentaje eran mayordomos. Y ellos ejercían una influencia importante en la población penal. Sus enseñanzas llevaban a que los criminales liberados se comportaran de una manera mucho más amable y considerada. Podían, sí, llegar a aprender técnicas de asesinato y de encubrimiento.
Gracias a la reducción en el número de mayordomos asesinos, los ex convictos de ahora ya no se caracterizan por haber aprendido formas de servidumbre en la cárcel. Se dedican a ejercer técnicas perfeccionadas de crimen violento. Ya no tratan a los demás con el respeto que todos se merecen.

La crisis de los mayordomos

Los mayordomos de ahora no son como los de antes. Son simples sirvientes. Se limitan a complacer los deseos de sus amos. Cuando se les pide algo, lo hacen. Pero carecen de iniciativa propia. No ponen empeño creativo en su trabajo. Ya no muestran la misma pasión.
Antes, los mayordomos se adelantaban a los deseos de sus amos, antes de que ellos supieran que tenían esos deseos. Siempre estaban listos para cualquier eventualidad, y pocas veces una ocurrencia los sorprendía. Conocían a sus amos a la perfección. Eran casi una extensión de ellos. El mayordomo dejaba todo listo para que el amo hiciera las actividades que tuviera que hacer, sin que nada se los impidiera.
Si alguien se interponía entre los deseos del amo y su concreción, ahí estaba el mayordomo para defender a su empleador. A veces, si era necesario, eran capaces de recurrir a la violencia. Todavía se recuerdan grandes combates entre dos mayordomos de amos con deseos opuestos. Pero en general no hacía falta llegar a esas instancias. El mayordomo, con la mayor elegancia y velocidad posibles, convertía todos los deseos en realidad.
Pero, y es menester decirlo, a veces su celo era demasiado. A veces los amos tenían conductas que herían a los mayordomos. Los trataban con suficiencia, como si su trabajo no fuera importante para al menos dos personas. Los mayordomos, en esos casos, defendían el honor del amo. Y en ocasiones eso implicaba asesinar al amo, para que desistiera de seguir dañando su honor.
Esta costumbre ha sido el detonante de la crisis actual. Los mayordomos mayores, al estar presos, no han sido capaces de pasar su ética a las siguientes generaciones. Y los amos tampoco han estimulado esa clase de devoción. Como resultado, tenemos a los mayordomos de ahora. Los que cumplen horario. Los que esperan órdenes. Los que asignan más importancia a su propia vida y libertad que a sus amos. En otras épocas, ellos jamás habrían podido ser llamados mayordomos.

Una sola mano

Matar un mosquito es terminar con una vida. Es un ser que no existe más, aunque haya muchos otros prácticamente iguales. Matarlo es una medida drástica, sólo justificada porque es en defensa propia: los mosquitos pretenden disponer de nuestra sangre.
Pero hay que obrar con respeto. Tener en cuenta que los mosquitos son algo así como pares. Debemos rendir algún tipo de homenaje a su vida, que por más molesta que sea para nosotros, es una vida.
Los mosquitos habitualmente son ejecutados de un golpe seco. Un aplauso, o un contacto violento entre la palma de la mano y alguna superficie dura, como una pared o un cráneo. Debe aplicarse fuerza para lograr el objetivo de matar, y también que la muerte sea rápida: no queremos hacer sufrir al mosquito, ni a nadie.
En ocasiones, los mosquitos presentan dificultades. Vuelan cerca cuando una de las manos está ocupada, y es posible que el tiempo se termine antes de soltar con seguridad lo que la mano sostiene. Queda un solo recurso: acercar la mano libre al mosquito y cerrar el puño a su alrededor.
Este método es particularmente cruel e ineficaz. Es como aplaudir con una mano sola. No genera ninguna garantía de que haya suficiente fuerza para producir la muerte del mosquito. Quedará agonizando, sin capacidad de volar, pero moviéndose. Es menester, si se usa este método, dar el golpe de gracia lo antes posible.
Pero hay otra posibilidad: que el mosquito quede en un resquicio de la mano, en algún pliegue de la piel. En ese caso, huirá por el aire cuando el puño se abra, y contemplará a su fallido asesino como alguien poderoso e indigno, que ni siquiera estuvo dispuesto a dejar lo que estaba haciendo y usar las dos manos para producir la muerte de un semejante.

Poesía con ciencia

La poesía y la matemática comparten la lejanía y el respeto de vastos sectores de la sociedad. Incluso se les tiene miedo. Muchos no se acercan a ninguna de las dos porque creen no estar a la altura. Piensan que carecen de los conocimientos necesarios para entender todo lo que esconden. Escuchan a otros hablar de lo que ofrecen, y se intimidan. Luego, al ver poesía o matemática, se asustan y vuelven los ojos.
Sin embargo, ambas disciplinas están al alcance de todos o casi todos. Tal vez en distintos niveles, pero en general en más que los que cada uno piensa. Cuando se topan con situaciones en las que tienen que ejecutar sus conocimientos de poesía o matemática, pero sin saber que eso es lo que están haciendo, se desempeñan bien.
Es que la poesía y la matemática están demasiado insertas en el entramado de la humanidad como para que ocurra de otra manera. Son talentos, lo exacto y lo simbólico, que el ser humano ha adquirido y ejerce todo el tiempo. Algunos mejor que otros, y algunos se destacan más en unos que en otros. Pero todos (o todos los sanos) dominan al menos un poco recursos de ambos.
No hay actividad que no use recursos de poesía o de matemática. Incluso ellas dos se usan una a otra. No son antagónicas: son complementarias. Los que rechazan a una, se empobrecen en la otra. La matemática sin poesía y la poesía sin matemática pueden ser correctas, pero nunca van a ser grandiosas.
Sin embargo, poetas y matemáticos forman grupos cerrados, elitistas, que están contentos con la percepción de impermeabilidad de su disciplina. Cuando se ven cerca de la otra, huyen, la ridiculizan, la intentan desacreditar. Los dos grupos se desconfían entre ellos. Y ambos pierden, porque cierran la puerta a herramientas que pueden alimentarlos. Nunca se sabe de dónde vienen las ideas, ni qué forma van a tomar, ni qué camino elegirán para llegar a la conciencia.

Curso de espectador

Hasta ahora, las escuelas de teatro ignoraban al segmento más grande del mercado: la gente que quiere ir al teatro, pero no dedicarse a las tablas. Los espectadores no tenían más remedio que ir sin conocer los códigos del teatro, ni las razones por las que esos códigos fueron establecidos. Los únicos espectadores que cumplían con todos los protocolos eran los que además se dedicaban a alguna tarea relacionada con el teatro.
Pero ya no será más así, gracias al nuevo curso de espectador que arranca este lunes.
Los alumnos aprenderán:

  • Las mejores técnicas para elegir butaca.
  • Interpretación de los horarios anunciados según el teatro.
  • Cuándo es correcto toser.
  • El significado del oscurecimiento inicial.
  • Cuándo está permitido hablar y cuándo no.
  • De qué manera hacer comentarios a la persona de al lado durante las representaciones.
  • Qué hacer cuando uno de los actores es un conocido al que se quiere saludar.
  • Por qué en las obras infantiles los actores usan voces extrañas.
  • Cuándo es correcto aplaudir y cuándo no.
  • Qué significa ser un “gran público”, y qué responsabilidades acarrea.
  • Protocolos para casos de confusión en las entradas.
  • Etiqueta del tomatazo.
  • Técnicas para no olvidarse de apagar el teléfono.

Luego de los dos meses del curso, el egresado podrá rendir un examen y convertirse en espectador diplomado. Con los estudios completos, se hará acreedor a descuentos y funciones exclusivas para públicos recibidos en los mejores teatros de la ciudad.