Deportes olímpicos

Deportes de arrojar cosas

Objetos varios

  • Tirar jabalina
  • Tirar martillo
  • Tirar bala de cañón
  • Tirar disco
  • Pasarse pluma con raqueta
  • Tirar flechas
  • Tirar tiros

Pelotas

  • Pasarla con una raqueta
  • Pasarla sin que toque el piso
  • Pasarla sobre una mesa
  • Embocarla en un aro
  • Embocarla con los pies
  • Embocarla muy lejos con un palo
  • Embocar con un palo en equipo
  • Pegarle y correr antes de que pique
  • Embocarla con las manos
  • Embocarla nadando

Deportes de llegar primero

Sin aparatos

  • Correr
  • Correr con obstáculos
  • Caminar rápido
  • Correr un montón
  • Nadar

Con aparatos

  • Andar en barquitos con vela
  • Andar en botes
  • Andar en botes chiquitos
  • Andar en bicicleta
  • Andar en tabla sobre el agua

Deportes de mostrar qué se puede hacer

  • Gimnasia
  • Tirarse al agua
  • Lograr que un caballo haga ejercicios
  • Levantar peso
  • Hacer cinco cosas distintas, una después de la otra
  • Nadar igual que el otro
  • Saltar para adelante
  • Saltar para arriba

Deportes de pelearse con otro

  • Pegarse con guantes
  • Pegarse con todo el cuerpo
  • Pelearse con espaditas
  • Pelearse como griegos
  • Pelearse como japoneses

Literatura de vida

Leonardo quería escribir un cuento autobiográfico, porque pensaba que las mejores historias provenían de hechos reales. Era uno de los factores por los que elegía las películas que miraba. Indagó entonces en los episodios de su vida, y descubrió con desagrado que, a su juicio, no le había ocurrido nada que resultara suficientemente interesante como para un cuento.

Decidió entonces escribir ficción. Lo hizo un poco decepcionado, pero con un plan. Quería que a través de su escritura de ficción se le abrieran puertas para tener nuevas experiencias, que a su vez podría volcar, si tenía suerte, en algún cuento autobiográfico. De esta manera podría, por fin, escribir sobre sí mismo, que era lo que sentía que mejor estaba preparado para hacer.

Y así fue. Su literatura fue aclamada por su gran imaginación. Tenía ocurrencias que superaba a las que los lectores suponían que iba a tener, incluso aquellos lectores sagaces que ya tenían experiencia con sus escritos. La imaginación de Leonardo era prodigiosa. Siempre hallaba nuevos caminos para explorar, y tenía un talento extraordinario para saber cuáles eran los que podían conducir a una historia interesante.

Durante muchos años escribió sus ficciones. Recorrió el mundo gracias a ellas. Recibió premios en muchos países, dio conferencias en muchos más. Todos querían conocerlo, y él se daba el lujo de conocer a todas las personas que tuviera ganas. Lo invitaban a universidades, simposios, congresos, legislaturas. Todo foro que se respetara a sí mismo quería contar con Leonardo. Las editoriales se lo disputaban, y peleaban por ser cuál le pagaba más. Las aerolíneas también se lo disputaban, y le ofrecían pasajes gratuitos para que viajara con ellas. Lo mismo hacían todos los comerciantes a los que él pretendía comprarles algo.

Estos episodios alimentaron su literatura, porque ampliaron los confines de su imaginación. Los viajes le hacían ver nuevas posibilidades, y él continuaba ahondando en lo que podía ser escrito, que era mucho más que lo que podía existir en la realidad, porque la realidad estaba confinada a lo posible.

Luego de varias décadas, su editor le ofreció escribir sus memorias. Por fin alguien le requería escribir sobre sí mismo. Pero a Leonardo ya no le interesaba. Su vida, aunque mucho más rica que en sus comienzos, no lo era suficiente. La ficción había superado a la realidad.

Matemáticas inexactas

La matemática es la única ciencia exacta. Si nos ponemos estrictos, podríamos decir que es la única ciencia. Es la única actividad que es capaz de demostrar un postulado sin lugar a dudas. En la ciencia no hay demostraciones. Hay corroboraciones de teorías, que funcionan hasta que se encuentra la falla. Normalmente la falla se encuentra cuando la teoría se aplica en un nivel de resolución que no era posible cuando fue formulada. Así, las teorías van evolucionando y haciéndose cada vez más robustas. Pero siempre pueden resultar falsas porque otra teoría explica mejor los hechos.

En la matemática esto no ocurre. Una demostración matemática es para siempre. Nunca se encontrará un contraejemplo del teorema de Pitágoras, porque el rigor de la lógica matemática pura acaba con esa posibilidad. Es su trabajo hacerlo. Si algo es verdadero, no se demostrará falso, y viceversa.

Se genera así la única ciencia con bases sólidas. A partir de lo ya demostrado, se puede demostrar más, y se puede construir una obra que nunca podrá ser destruida. Una parte tiene aplicaciones prácticas, pero eso no es problema de la matemática sino de aquellos que tienen el fastidioso trabajo de lidiar con cosas concretas.

La matemática está más allá de lo concreto. Existe aunque no existamos. Sus leyes no se inventan, sino que se descubren, y para hacerlo sólo hace falta el pensamiento. La matemática existe, existió siempre, y rige el universo. El universo es una de sus aplicaciones prácticas.

De hecho, la ciencia matemática en sí misma es también una aplicación. La matemática en estado más puro es totalmente abstracta, incorpórea, como Dios. La ciencia que se llama “matemática” intenta hacer el retrato más fiel posible de esa matemática omnipresente que trasciende a la dimensión física.

Personas muy talentosas han logrado avances escalofriantes en la demostración de postulados y teoremas de todo tipo. Pero justamente ése es el punto débil. La matemática es infalible, pero las personas no. Y no existe ninguna garantía de que las demostraciones que se aceptan como tales estén realmente bien.

Es posible que existan errores lógicos que las personas no llegan a comprender, y que invalidan los pasos seguidos para las demostraciones. Pero también es posible que haya errores muy sutiles que nadie ha visto. Errores capaces de tumbar grandes áreas de la ciencia matemática, que asumen verdadero lo que tal vez sea falso.

Esta posibilidad es particularmente posible en las demostraciones complicadas, de áreas esotéricas de la matemática. Los sistemas de revisión pueden ser muy sólidos, pero de cualquier manera se basan en que personas (o máquinas construidas por personas) no encuentren ningún error. Y las personas son falibles. Son ellas las que igualan a la matemática con las otras ciencias. Las que permiten que haya errores por descubrir y teorías por refinar.

La matemática no es una ciencia exacta: es la ciencia de lo exacto.

El trabajo de los duendes

No es que creía en Papá Noel. Más bien nunca había puesto en duda la información que me había llegado. Quiero pensar que si, aun a esas tempranas edades, me hubiera abierto a la posibilidad de que ese personaje podía ser verdadero o falso, mi postura habría sido la de la falsedad. Pero no fue así: crecí con ese concepto. Era una de las cosas que iba aprendiendo en la vida: el tenedor va a la izquierda, hay que esperar un par de horas para nadar después de comer, cuando tiene el techito plano es un cinco, un señor con renos reparte regalos todas las navidades.

Tampoco había pensado mucho en los desafíos logísticos y comerciales involucrados. No me preguntaba de dónde sacaba este buen señor los regalos, ni cómo hacía para repartirlos a todos los niños del mundo, ni cómo podía diferenciar a los que nos portábamos bien de los otros. Estaba contento con recibir mi regalo anual, el resto escapaba a mi análisis. Pero sé que tarde o temprano me habría hecho todas esas preguntas.

Un día vi la película “Santa Claus”, con Dudley Moore. Es acerca de un duende que trabaja en el taller de Papá Noel, y que por alguna razón tiene una aventura en una ciudad. No me interesó la trama: lo que me atrajo fue toda la primera parte, que funcionaba como un documental de detrás de la escena de la organización santaclausiana. Si la película toda hubiera tenido ese tono de documental, me habría encantado.

Se contestaba allí una de las preguntas que no me había hecho: un plantel de duendes fabricaba los juguetes que Papá Noel repartía. Era un concepto interesante, porque la fabricación propia permitía personalizar los regalos. A cada chico le podía corresponder algo específico a su deseo. Eso es lo que una persona que ama tan profundamente a los chicos haría. No los despacharía con cualquier cosa. Papá Noel (o su staff) podía leer las cartas que le llegaban, determinar si el remitente era merecedor de lo que pedía, y mandarlo a hacer.

Mis deseos solían ser juguetes que se anunciaban por televisión. Claramente, la existencia del taller de Papá Noel no era buena para los fabricantes, porque los juguetes que regalaba no eran comprados a ellos, sino pirateados. Fui consciente de que cada regalo de Papá Noel era una venta menos para los jugueteros. Me daba lástima, pero no era mi problema. Eran las reglas del juego.

Esa navidad, Papá Noel me trajo lo que quería: un pequeño robot que salía por TV. Me llamó la atención el nivel de detalle de los duendes: el robot era tal como salía en la tele. Incluso se habían ocupado de replicar el envase. El taller en la película parecía más de carpintería, pero evidentemente trabajaban también el plástico y el packaging. Supuse que tenían emisarios que compraban ejemplares de los juguetes a copiar y los llevaban al polo norte, donde un equipo de diseñadores y artesanos se ocupaba de reproducirlos, con gran amor por los niños y los detalles.

Mi admiración hacia el equipo de duendes continuó intacta y sin ser puesta a prueba, al igual que la existencia de Papá Noel, durante un par de años. A los siete alguien me sopló que esa suposición era falsa: no había tal Papá Noel, sino que los padres de cada uno se ocupaban de simular esa existencia.

La nueva teoría explicaba muchas cosas. Primero, por qué Papá Noel creía necesario que nadie lo viera. También las preguntas que me surgieron al habilitarse esa otra posibilidad, sobre logística. Del mismo modo, implicaba que el taller de duendes no existía, y que esos juguetes, al final, eran comprados en jugueterías nomás. Esto, a su vez, explicaba por fin la paradójica proliferación de comerciales de juguetes que ya había notado en las épocas de Navidad.

La evidencia me convenció de que la explicación más razonable era la de que Papá Noel, al igual que las otras figuras que seguían el mismo modus operandi, no existía. Fue bueno enterarme, porque mi concepción del mundo se hizo más coherente. Aunque todavía, cuando veo un juguete complejo, una parte de mí se pregunta si los duendes podrán replicarlo.

Requisitos para la contraseña

  1. La contraseña deberá tener al menos una letra mayúscula, una minúscula, un número, un signo de puntuación, una letra griega, un carácter gráfico ASCII y un símbolo planetario.
  2. No deberá contener ningún dato suyo, como su nombre, domicilio, teléfono o número de documento.
  3. No podrá contener números correlativos, ni números deletreados, ni números romanos.
  4. No podrá usar palabras comunes que estén contenidas en el diccionario del sistema, que se actualiza periódicamente.
  5. Deberá constar de entre doce y dieciocho caracteres.
  6. No utilice números ni nombres que sean significativos para usted.
  7. Asegúrese de que nada permita memorizar su contraseña.
  8. Bajo ninguna circunstancia anote su contraseña.
  9. Por razones de seguridad, cada 19 días él sistema le exigirá cambiar la contraseña.
  10. La nueva contraseña no deberá haber sido usada antes.
  11. La nueva contraseña deberá tener al menos la mitad de los caracteres distintos que la anterior.
  12. Utilice una contraseña distinta en cada sistema que la requiera. Aplique las mismas reglas en cada una.