A 20 años de la última gambeta

En pocos días se cumplirán dos décadas del último partido de uno de los más grandes jugadores que vio el planeta: Diego Maradona.

Nadie imaginaba aquel 2 de diciembre de 1990, que el triunfo del Napoli 2-1 frente a Torino, con un gol de Maradona, sería el último partido del astro. Se sabía, sí, que estaba atravesando tiempos difíciles, pero no que la presión fuera tanta que lo llevara a decidir el retiro así como así, sin siquiera anunciarlo previamente.

Maradona no quería más. A pesar de que con treinta años le sobraba talento para brillar en el fútbol más exitoso del mundo, ya no tenía ganas de participar de todo el circo de alrededor. No estaba harto del fútbol, estaba harto de la industria del fútbol. De los entrenamientos, las negociaciones, los viajes, las dirigencias, los periodistas, la adoración desmedida de los hinchas que invadía su privacidad a niveles que nadie que no lo vivió puede entender.

Ya desde hacía tiempo venía expresando su hartazgo. Un par de años antes, se había mostrado interesado en una oferta del Olympique de Marsella que le hubiera dado la posibilidad de jugar en un ambiente más tranquilo y menos eficiente. Pero el Napoli no quiso venderlo. Tiempo después, se mencionó la posibilidad de pasar a un equipo italiano más chico, con menos pretensiones, como el Bologna. Pero para entonces Maradona ya había tomado la decisión: se iba de Italia, y se iba del fútbol.

Ni siquiera una oferta de Boca a principios de 1991 lo persuadió de volver. La verdad era que tampoco podía: el Napoli tenía contrato con él por un par de años más y la única salida era el retiro. Si un equipo quería contar con sus servicios primero debía comprarlo a los italianos. Pero Maradona les dijo que no se molestaran. Pensaba tomarse esos años como sabáticos, para reflexionar, para estar con sus seres queridos, y en todo caso volver fresco en 1993.

Nunca ocurrió. Maradona hizo todo lo posible para ser olvidado. Salió de la luz pública, dejó de hacer declaraciones y rechazó todas la ofertas de actividades que implicaban mostrarse ante cámaras. Ni siquiera tuvo un partido homenaje, como se estilaba entonces con las estrellas que se retiraban. No, Maradona se fue del fútbol y cortó toda relación con esa industria.

¿A qué se dedicó desde entonces? No se sabe muy bien. Se habla de que se dedicó a invertir en gastronomía, inmobiliarias, incluso en ropa deportiva. Pero no se sabe a ciencia cierta. Lo que se sabe es que, por lo menos para lo que respecta a la prensa, se volvió un recluso. Se negó a contestar reportajes, y dejó esperando a muchos periodistas de todas partes del mundo que acamparon frente a su casa para ver si podían ser recibidos. La actitud recordaba a Obdulio Varela, otro grande que durante décadas hizo lo mismo.

Ante la falta de exposición pública, los hinchas podrían haberlo olvidado rápidamente. Pero su estrella era tan grande que no era fácil. A pesar de que no jugaba en Argentina desde 1981, los dos Mundiales en los que llevó a la Selección a sendas finales, ganando una, eran muy apreciados por todos.

Cuando se acercaba el Mundial de 1994, se hablaba de la posibilidad de que regresara, por lo menos a la Selección. Desde la dirigencia de la AFA se le ofreció jugar como amateur, con una cantidad de privilegios que los otros jugadores no recibían: entrenar en forma particular, elegir el número de la camiseta, no participar de las conferencias de prensa, vetar integrantes del cuerpo técnico y también del plantel mundialista. Pero no aceptó. Dejó claro que no sólo no estaba interesado en esa clase de privilegios, sino que el Maradona jugador había terminado.

La negativa no impidió a la AFA volver a tentarlo tras ese Mundial para ser el nuevo DT de la Selección. Pero Maradona se negó, aduciendo que no estaba preparado para el cargo ni tenía ganas de sostener semejante responsabilidad. En una de sus últimas apariciones públicas, desde la ventanilla de su auto deseó suerte a quien fuera a tomar el puesto, mientras forcejeaba con los camarógrafos para poder entrar a la cochera de su quinta de Moreno.

Ha trascendido que rechazó toda clase de cargos públicos, honores que implicaban fotos con presidentes, programas de televisión, campañas solidarias, etc. Era bastante claro el mensaje de que quería que lo dejaran en paz, pero la fuerza de su imagen era tal que, aún años después de su retiro de la vida pública, la demanda de Maradona seguía siendo enorme.

En los medios, entonces, se limitaban a especular con lo que podría haber pasado. ¿Cuántas maravillas futbolísticas podría haber regalado Maradona de haber seguido jugando? Dada su calidad, muchos sostenían que podía haber jugado diez años más, tal vez hasta el Mundial 2002. Nunca nadie sabrá qué se perdió con el temprano retiro, cuánta magia el mundo del fútbol dejó de tener cuando su peso hizo salir espantado a una de la estrellas más grandes de todos los tiempos.

Sólo Maradona sabe qué ganó con su retiro. Seguramente una vida mejor, más pacífica, más relajada. Desde aquí se le desea que sea feliz en cualquier actividad que esté desarrollando, y se recuerda su paso por las canchas con enorme admiración.

¡Tricampeones!

Ningún campeón del mundo tuvo que enfrentar condiciones más adversas que el seleccionado argentino de 1990. Pero el equipo, gracias a su mística, logró sobreponerse y consiguió la hazaña.

El equipo de Bilardo venía de conseguir el título cuatro años antes, y existían pocos antecedentes de campeones que repitieron en el torneo siguiente. Sólo Italia en la preguerra y Brasil con Pelé y Garrincha lo habían logrado. En general el último poseedor de la Copa no quedaba ni cerca. Cambiar esa racha era el primer desafío.

El técnico sabía que su condición de campeón del mundo, además de tener en el plantel al mejor jugador del planeta, convertía al equipo en favorito. Pero ningún conocedor del fútbol ignora que los favoritos no ganan el Mundial, por lo tanto Bilardo decidió urdir un plan para bajar el perfil de la selección. El plan constaba de tres etapas:

1) Jugar sistemáticamente mal durante los cuatro años que separaban un Mundial del otro, para ayudar a destruir la reputación. También se cuidó de ganar torneos, ni siquiera una Copa América de local. Esta etapa del plan se cumplió a la perfección, cuidando cada detalle, como es habitual en un grupo de Bilardo.

2) Llevar un plantel limitado, dejando afuera a varios jugadores en condiciones de ir al torneo (como Ramón Díaz, estrella en el Inter de Italia), e incluyendo a jugadores de la talla de Pedro Monzón, Néstor Lorenzo y Gabriel Calderón, autor de un gol en toda su carrera con el seleccionado. Quedaban Diego Maradona y Claudio Caniggia como variantes principales de calidad, para dar la sorpresa. El resto del equipo se concentraba en la mística ganadora, componente esencial de todo campeón del mundo.

3) Perder el partido inaugural. Como se sabía que, a pesar de lo anterior, muchos iban a dar como favorito al equipo, nada mejor que una derrota con el mundo mirando para sembrar todas las dudas posibles. Bilardo pidió al arquero Pumpido que dejara entrar alguna pelota y, para aumentar las chances de perder, dejó a Caniggia fuera de la formación inicial.

Una vez cumplidas las tres etapas, fue el tiempo de clasificar para la siguiente ronda. En el grupo clasificaban hasta tres equipos, por lo que era difícil quedar afuera. En el segundo partido, ante la Unión Soviética, hubo un percance no previsto. Pumpido se fracturó y debió ser reemplazado por Goycochea, que estaba en el plantel por obra y gracia del punto 2 del plan de desprestigio. El equipo, esta vez con Caniggia de titular, logró controlar el partido y se llevó una inconspicua victoria por 2-0, que dejaba grandes chances de clasificación sin dar una imagen de candidato.

Para reforzar esa ausencia de imagen, cuando el equipo estaba en ventaja en el tercer partido contra Rumania, con la posibilidad de ganar el grupo, se eligió no buscar más goles, y conformarse con un empate que clasificaba a Argentina en la tercera colocación, para jugar contra el primero de alguna otra zona, que de esta manera sería el favorito en los papeles.

El fixture determinó que ese favorito fuera Brasil. Pero había un problema. La estrategia de desprestigio implicaba un equipo limitado, era difícil que le ganara a una selección tan hambrienta como la brasileña. Por lo tanto, se pergeñó una nueva estrategia para el resto del Mundial: jugar para empatar y apostar todo a los penales. Entre partido y partido se entrenó al arquero suplente y se consiguieron videos de los pateadores de cada rival, de modo que los detalles de la definición, que son menos que las variables de un partido, estuvieran bajo control.

Sin embargo, en el partido con Brasil no fue así. A pesar de que se dio la esperada superioridad verdeamarela, se produjo en el segundo tiempo una genial combinación entre Maradona y Caniggia, que determinó el triunfo por 1-0 del seleccionado argentino. Bilardo estaba contento, a pesar de que no se había dado su plan, porque se llegaba a cuartos de final con menos gasto energético que el esperado. Además, en la jugada del gol sólo habían cruzado la mitad de la cancha Maradona y Caniggia, por lo tanto no se había puesto en riesgo el orden defensivo.

Yugoslavia fue el rival en la siguiente fase, y en este caso el plan se cumplió con creces. No sólo se llegó a los penales, sino que Maradona erró uno, lo cual dio mucho que hablar a los medios, que al hacerlo se ocuparon menos de la actuación del equipo. Goycochea logró parar dos tiros rivales y catapultó así al equipo a la semifinal.

En esa instancia tocó el rival más apropiado para ir de punto: el local Italia, con todas las ganas de ser campeón nuevamente en su tierra. El equipo de la península nunca se destacó por el juego ofensivo, por lo que el plan antes del partido era un 0-0 clavado que se definiría en los penales. Sin embargo, poco después de arrancar se produjo un inesperado gol italiano que obligaba a Argentina a ir a buscar el empate si quería llegar a los penales, y a través de ellos a la final.

Ante la necesidad, se jugó el mejor partido de todo el campeonato, Bilardo sacó a Calderón para incluir a Troglio y el equipo logró el empate a través de Caniggia, el goleador argentino en la segunda fase del Mundial. En el alargue entró Batista para aguantar el resultado y nuevamente se llegó a los penales. Esta vez las responsabilidades eran mayores y Maradona no falló. De hecho, Argentina convirtió los cuatro que ejecutó. Donadoni y Serena vieron sus remates contenidos por Goycochea, que puso así a la selección en la final del Mundial por segunda vez consecutiva y por tercera en cuatro Mundiales.

El último rival era Alemania, el mismo de la final del ’86, que había mostrado mejor fútbol durante el torneo y llegaba como claro favorito. Por las dudas, Bilardo había tomado la precaución de hacer amonestar a varios jugadores argentinos, de modo que no pudieran jugar la final, incluyendo a Olarticoechea y Caniggia (esa instrucción del técnico explica la mano infantil que le valió la tarjeta amarilla al blondo delantero). Dado que el rival era el mismo que en el ’86 y se corría el riesgo de que existieran incómodos paralelismos, era preciso más que nunca ir de punto. Por eso, Argentina formó con Goycochea; Lorenzo; Sensini, Serrizuela, Ruggeri, Simón; Basualdo, Burruchaga, Maradona, Troglio y Dezotti, y se dedicó a esperar los penales desde el primer minuto.

El partido se transformó así en la final más fea de la historia, pero al que gana no le importan estos detalles. El fútbol no es arte, el que quiere ver belleza tiene grandes museos en Italia. Lo que vale es quién se lleva la Copa, y el método argentino estaba dando resultado. El partido era un hermoso 0-0 hasta que sucedió algo inesperado. Faltando cinco minutos, el árbitro Eduardo Condesal cobró penal para Alemania.

La situación era tensa. Si el penal llegaba a ser gol, el equipo argentino no estaba capacitado para empatarlo en tan poco tiempo. Y el ejecutante habitual, Lothar Matthäus, era talentoso. Pero, sorprendentemente, el que se paró frente a la pelota fue Brehme. El respeto que inspiraba la selección campeona del mundo, aún haciendo todo lo posible para reducirlo, había achicado al capitán de Alemania.

Pero todo quedó en la anécdota. Goycochea intuyó que Brehme patearía a su derecha, porque alguien con la posibilidad del campeonato del mundo en sus pies era difícil que no hiciera la lógica. Y, además, el alemán había pateado igual su tiro en la definición de la semifinal contra Inglaterra. Así que apenas el pie del 8 alemán se separó de la pelota, el arquero voló hacia el palo correcto y la tiró al córner. Se había evitado lo peor.

El partido continuó, y en el suplementario no se produjo ninguna situación extraña. La de 1990 fue la primera final que se definió por penales (tiempo antes, se hubiera jugado de nuevo el partido, pero la FIFA ya había archivado esa previsión). Illgner y Goycochea se prepararon para ser héroes. Ni alemanes ni argentinos habían perdido nunca una definición desde los 12 pasos, y ninguno quería que ésa fuera la primera vez. Argentina, además, pretendía ganar la tercera definición consecutiva.

Arrancó pateando Argentina con Serrizuela. Kohler empató. Troglio convirtió el suyo, luego Matthäus hizo lo mismo. De repente, alarma: José Basualdo pegó su disparo en el palo, y para colmo Brehme se desquitó y puso el 3-2. Maradona, Hassler y Calderón convirtieron. Quedaba el último penal, en el que si Klinsmann concretaba daría a su equipo la Copa del Mundo. Pero Goycochea volvió a ser héroe y desvió el remate. Comenzaban las series de uno. Lorenzo picó su remate pero lo convirtió, provocando la célebre reacción de Bilardo desde el banco de suplentes. Völler estaba obligado a empatar. Se paró frente a la pelota, tomó carrera y apuntó al centro del arco. Goycochea se tiró a su izquierda, pero alcanzó a sacarla con la rodilla y el Mundial se terminó. ¡Argentina campeón del mundo!

De más está decir que en el país se produjo un festejo desaforado, multitudinario, que duró varias semanas. Bilardo eligió retirarse de la selección con toda la gloria. Goycochea recibió la gratitud eterna del pueblo argentino, que todavía lo considera uno de los ídolos más grandes de la historia del fútbol nacional. El Mundial se ganó con dos triunfos, cuatro empates y una derrota. A la selección le alcanzó con cinco goles a favor y tres en contra para obtener su tercer y, hasta ahora, último campeonato Mundial.

Sólo entonces el equipo pudo pasar a la Historia. De otro modo, no se estaría hablando hoy de los héroes del ’90 porque, como repite frecuentemente Bilardo, «del segundo no se acuerda nadie».

El Mundial que falta

Todo el mundo sabe que el Mundial de 1986, inicialmente otorgado a Colombia y luego a México, no se pudo realizar por el terremoto que afectó a la capital azteca un año antes. Pero ¿qué hubiera pasado si ese torneo se jugaba?

Tratar de dilucidar los «qué hubiera pasado si» no es un ejercicio histórico sino uno literario. El mundo es demasiado complejo como para que cualquier persona pueda predecir con exactitud eventos futuros, o eventos de un pasado alternativo. Se puede, sí, extrapolar sucesos que venían ocurriendo y llevarlos a una conclusión más o menos lógica. Por eso la especulación en sí no deja de ser un tema interesante, porque está basada en algo de realidad.

La pregunta más simple es quién hubiera sido campeón de México ’86 (o de Colombia ’86). Si bien siempre hay sorpresas, se puede enunciar algunos candidatos dentro de los veinticuatro que llegaron a clasificarse:

  • Francia. La selección gala tenía al que todos consideraban el mejor jugador del mundo, Michel Platini. Y si bien nunca un jugador llevó por sí mismo a su selección a ser campeona del mundo, el equipo no era un rejuntado. Francia venía de ganar la Eurocopa del ’84 en su país y de sufrir una dolorosa eliminación ante Alemania en las semifinales de España ’82. No hay dudas, Francia era el candidato número 1 para quedarse con la copa.
  • Brasil. El equipo que deslumbrara en 1982 había conservado a su técnico, Telé Santana, y su identidad de jogo bonito. ¿Quién puede decir que aquel no hubiera sido su año, luego de la forma increíble en la que quedó afuera de las semifinales en España?
  • Uruguay. El campeón de la Copa América ’87 mostró ser el mejor equipo sudamericano de ese momento. Aunque no se puede saber si su performance hubiera sido la misma un año antes y con otro tipo de presión, está claro que ese equipo uruguayo tenía algo que lo hacía diferente.
  • Argelia. Tal vez, de haberse jugado México ’86, el fútbol africano se podría haber destapado cuatro años antes. En una de ésas hoy no hablaríamos del gran Camerún campeón de 1990 sino de un gran equipo de Algeria. Ya cuatro años antes habían mostrado lo suyo, al vencer a Alemania para luego ser despojados en un final de grupo bochornoso. Esta vez hubieran llegado con sed de venganza y podrían haber hecho ruido. Es posible pensarlo más allá del hecho de que nunca fueron campeones, porque en los torneos posteriores no sólo se clasificaron con holgura sino que en todos excepto uno lograron pasar la primera fase, algo que para un equipo africano en 1986 era inédito. Y no debe olvidarse la gran actuación de 1998, cuando arañaron las semifinales de la mano de uno de los mejores jugadores del mundo, Zinedine Zidane.

También podría haber habido alguna sorpresa. Irak se clasificó a esa edición y lo más probable es que hubieran heco sapo, pero nadie puede asegurarlo.

Entre los candidatos a decepcionar figuraban Italia, que fue campeón de 1982 pero ni siquiera se clasificó a la Eurocopa ’84, y Alemania, quien había llegado más lejos de lo que merecía cuatro años antes (luego de caer ante Algeria y ganarle milagrosamente a Francia) y lo más probable era que esa suerte se compensase en México.

¿Qué hay de la selección argentina? Lamentablemente es menester decir que nada puede hacer pensar que hubiera tenido una gran actuación. Para saberlo sólo basta con ver el proceso previo, plagado de mal juego, pésimos resultados y decisiones incomprensibles del entrenador Carlos Bilardo (un jugador del Estudiantes tricampeón de América de los ’60). Designado seleccionador en 1983 por Julio Grondona (fundador de Arsenal de Sarandí y ex presidente de Independiente, en ese momento a cargo de la AFA), Bilardo desvió el rumbo de la selección hacia las turbias aguas del resultadismo mediocre. Convirtió un equipo que, mal o bien, tenía una identidad, en una verdadera garantía de dudas, desentendimiento, pelotazos a nadie y constante improvisación.

Lo peor que hizo Bilardo fue entregarle las riendas del equipo a Diego Maradona (ex jugador de Argentinos y Boca), que había demostrado calidad pero ya estaba demostrado que no tenía el nivel necesario para una competencia tan importante como un Mundial. Era un jugador que había triunfado en el fútbol argentino (jugó en el gran Boca de Brindisi, campeón de 1981) pero que tuvo un fracaso rotundo en el Barcelona. El club catalán comprendió esto antes que Bilardo y se lo sacó de encima en 1984 cuando lo vendió al Napoli, un equipo acostumbrado a fluctuar entre la Serie A y la B de Italia. Allí le fue bien, pero una cosa son las expectativas de un club como el Napoli y otra las de una selección que debería ser siempre candidata al título mundial.

Maradona, además, ya había tenido su oportunidad en la selección argentina en 1982, cuando no pudo guiar al equipo de Menotti en los cinco partidos que jugó en suelo español, de los cuales perdió tres. Tal fue su frustración que ni siquiera supo perder y se fue expulsado en el último partido ante Brasil. A ese volátil jugador Bilardo lo convirtió en el eje de la selección y le dio la capitanía, relegando a una verdadera gloria del fútbol argentino como Daniel Passarella.

Passarella, por cierto, tuvo la grandeza de no renunciar a esa banda en que se había convertido el equipo y fue una guapeada suya (desobedeciendo una orden explícita de Bilardo para que no subiera) la que permitió la clasificación al Mundial que finalmente no se jugó. Esa jugada que terminó en gol de Gareca fue el empate 2-2 contra Perú, jugando de local y a diez minutos del final del encuentro. Tal vez esa jugada hubiera iluminado a Bilardo y terminado en una severa reforma del equipo, pero nunca lo sabremos.

De todos modos, no es muy creíble esa posibilidad. El mismo Bilardo parecía tener asumida la mala suerte en México, y provocó un papelón nacional cuando declaró que se veía venir que el torneo no se jugara «porque era la edición número 13». Lo cierto es que, con un líder de esa clase de ideas, la probabilidad de un rotundo fracaso de Argentina siempre fue muy alta.

Irónicamente, tal vez la selección actual podría haberse beneficiado de la realización de aquel Mundial. Y es que podría haber dado experiencia a Miguel Angel Russo. Sí, el actual entrenador de la Selección formaba parte de aquel rejuntado y, como era incondicional de Bilardo, tenía un lugar seguro entre los 22. Tal vez, aunque sólo hubiera sido por tres o cuatro partidos, podría haber conseguido algo de sabiduría para aplicar al equipo actual, por más que sea muy distinto al de entonces. Lo que se vive en un Mundial no lo puede contar nadie.

Tan malo era ese equipo, y tan poca identificación tenía en el pueblo argentino, que el plantel que perdió la final de Italia ’90 contra Camerún sólo tuvo dos jugadores en común con el que trabajó en las eliminatorias para México ’86: Fillol y Garré.

Claro que para eso fue necesaria la intervención de la AFA por parte de Alfonsín para poner a Osvaldo Otero en reemplazo de un Grondona que estaba empeñado en renovarle el contrato a Bilardo. Algunos dicen que si Argentina hubiera ganado el Mundial ’86 la intervención no hubiese ocurrido y Grondona se hubiera quedado veinte años más. Pero no es realista pensar así. Un dirigente con tan poca cintura política como para sostener de tal manera a un técnico tan impopular termina cayendo más temprano que tarde. Quién sabe qué otras barbaridades hubiese sido capaz de hacer en caso de seguir.

Más allá de todo esto, es poco lo que se puede decir con certeza. Sólo cabe recordar que los acontecimientos históricos no se dan sólo por suerte, y por eso es razonable pensar que la actualidad del fútbol mundial, a grandes rasgos, no sería tan distinta a la real si se hubiera jugado México ’86.

El campeón olvidado

Pocos lo recuerdan, pero Río de Janeiro llegó a tener el estadio de fútbol más grande del mundo. El Maracaná, demolido en 1971 para dar lugar a un edificio de departamentos, llegó a ser incluso sede de un campeonato mundial de la FIFA.

Era un testimonio de la popularidad que alguna vez tuvo el fútbol en Brasil. En ese estadio se jugó el partido decisivo del Mundial de 1950, donde el equipo brasileño derrotó 2-1 al candidato de siempre, Uruguay. ¿Quién hubiera adivinado que alguna vez Brasil fue campeón mundial de fútbol? No sólo eso: el campeonato obtenido fue una fuente tan grande de alegría popular que, si por un momento uno olvida que se está hablando de Brasil, hasta llega a parecer extraño que se haya apagado todo el interés. Hoy, con la perspectiva que nos dan las décadas que pasaron, podemos darnos cuenta de que lo ocurrido en 1950 fue sólo un caso de histeria colectiva. Las frías estadísticas afirman que la final de 1950 fue presenciada por 200.000 personas.

Al contrario de lo que marca la tradición, el 16 de julio de 1950 los uruguayos no tenían chance. El equipo brasileño, empujado por su público, venía arrasando en ese torneo y sólo necesitaba un empate para ser campeón. Sólo durante el grupo final había liquidado 6-1 a España y 7-1 a Suecia, mientras que Uruguay sólo había conseguido un empate 2-2 ante los españoles y un ajustado 3-2 ante los nórdicos. Los testimonios de la época indican que el equipo uruguayo tenía la clase de siempre, pero todos los grandes tienen un momento de humildad en su historia.

La obtención del campeonato nunca estuvo en serio riesgo. Apenas comenzado el segundo tiempo, Friaça anotó el 1-0. Uruguay, digno adversario destinado a la derrota, empató en el minuto 66 a través de Schiaffino, pero Chico desniveló un minuto más tarde con un disparo a quemarropa. En ese momento los urugayos se descorazonaron. Como declaró el capitán Varela, «el segundo gol de Brasil fue como un baldazo de agua fría, nunca nos pudimos recuperar. Desde ese momento nuestro objetivo fue evitar que nos golearan». Aún con la superioridad brasileña en evidencia, la calidad uruguaya hizo que Ghiggia pegara una pelota en el palo cuando faltaban 10 minutos. Pero igual el empate significaba la consagración brasileña.

Chico en 1950Chico convierte el segundo gol de Brasil en la final de 1950.

El triunfo desató una euforia que significó el inicio de la caída brasileña, de la cual nunca se han recuperado. Es posible que el logro haya generado una actitud soberbia que les hizo creer que ser una vez los mejores era lo mismo que serlo siempre, y los empujó a no trabajar para mantener su posición privilegiada, lo cual generó por un lado derrotas y por otro lado indiferencia popular ante esas derrotas.

La selección de Brasil se presentó a los Mundiales que siguieron, sin conseguir grandes actuaciones. En 1954 se quedaron afuera en cuartos de final ante Hungría, que tenía uno de los mejores equipos que se recuerden. En 1958 llevó a Suecia un equipo amateur cuya composición muestra la importancia que le daban al fútbol ya ocho años después de su gran consagración: las estrellas de ese equipo eran un adolescente de 17 años y un jugador con problemas de alcohol y piernas deformes. Así les fue. Sólo alcanzaron a empatar en cero frente a Inglaterra, mientras que las dos derrotas ante la Unión Soviética y Austria los hicieron volverse en primera ronda.

Desde entonces, Brasil ha sido una presencia intermitente en los Mundiales, y cuando está presente suele irse sin dejar marcas. En épocas recientes sólo clasificó una vez a octavos de final. Fue en 1990, cuando en los papeles habían caído en un grupo difícil que contenía a Costa Rica, uno de los grandes candidatos para quedarse con ese torneo. Pero, aunque perdieron con los ticos, lograron pasar de ronda al vencer a Suecia y Escocia por 1-0. En octavos de final tuvieron algunas chances pero se terminó dando la lógica y perdieron con Argentina 1-0, con aquel recordado gol de Oscar Dertycia.

Desde entonces no se han clasificado a ningún Mundial más, ni han sido obstáculo para la clasificación de los habitués sudamericanos como Uruguay, Venezuela y Chile. En 1998 ni siquiera jugaron las eliminatorias por falta de presupuesto. No tienen una línea de juego y ni siquiera su uniforme se destaca por la originalidad. El extraño hecho de que la selección de un país tan colorido juegue con camiseta blanca es una muestra más del escaso interés que existe allí por el fútbol.

El triunfo brasileño de 1950 es considerado una bisagra para el fútbol uruguayo, que sintió el llamado de alarma y se dedicó a construir las bases de la potencia que es hoy. Cuesta imaginar lo que hubiera ocurrido si aquella final terminaba en manos de los celestes. Quién sabe, tal vez hoy Uruguay estaría penando y Brasil sería un peso pesado. Porque potencial siempre tuvieron. Brasil tal vez sea un monstruo dormido, como en algún momento fue el actual campeón del mundo, la India. La gran población y el poderío económico del Brasil podría convertirlos en una nación con gran fútbol, si les interesara. En una de ésas, paradójicamente, una hipotética derrota en el Mundial de 1950 podría haber desembocado en que hoy el deporte número 1 de Brasil fuera el fútbol y no el squash.

¿Qué le pasó a Uruguay ese día? ¿Cómo se entiende que una selección que ganó siete campeonatos mundiales haya perdido una final contra un equipo tan poco trascendente? Bueno, es sabido que hasta los más grandes tienen un mal día, y también existen las hazañas (siempre se recuerda, por ejemplo, cuando Alemania Federal eliminó a Marruecos en 1986). Para eso se juegan los partidos, si no se podría decretar a Uruguay campeón perpetuo. No sería algo muy distinto a la realidad, pero se perdería la emoción. Sería como dar sentido legal a aquella frase de Gary Lineker, «el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Uruguay».