Justicia por mano propia

Una de las historias menos conocidas y más curiosas de la historia del fútbol argentino: el partido que se jugó sin árbitro.

El 26 de marzo de 1972, Banfield y Newell’s se enfrentaron en la cancha de Los Andes por la sexta fecha del Metropolitano. Se trataba de un partido poco relevante, y por eso no fue registrado por las cámaras de televisión. De otro modo, seguramente se recordaría más lo ocurrido.

Unos días antes, Banfield había recibido una durísima sanción. Debido a un intento de soborno por parte de sus dirigentes, la institución fue suspendida por cuatro meses. Se le dieron por perdidos todos los partidos que jugara en ese lapso, y además debía hacer de local en cancha neutral (por eso el escenario fue el field de Los Andes). El plantel del club bonaerense estaba herido en su orgullo por el seguro descenso que se venía. Entonces se habían juramentado hacer el mejor papel posible durante la suspensión. La idea era dejar todo en la cancha, jugar como si no estuviera ocurriendo, no regalar los puntos a los rivales ocasionales.

La visita del equipo rosarino era una buena oportunidad para ofrecer, al menos, un espectáculo atractivo a los fieles hinchas de Banfield, que sabían que no iban a ver a su equipo ante rivales de esa categoría durante el año siguiente. Los de Newell’s sabían que ganar no sería fácil, así que se prepararon como para cualquier otro partido.

Cuando comenzó el encuentro, llamó la atención a todos la actuación del árbitro, un tal Arturo Baver. Se trataba de un juez joven que estaba haciendo sus primeras armas en la máxima categoría. Un partido como ése le debe haber parecido a la AFA un buen fogueo para el pupilo. Sin embargo, el árbitro favoreció abiertamente a los visitantes. Como si estuviera enojado con la institución albiverde por el hecho policial en el que se había involucrado, todas las pelotas divididas y dudosas eran para Newell’s.

El favoritismo era notorio porque Baver desautorizaba a los jueces de línea cada vez que marcaban una posición adelantada o córner para Banfield. El juez cobraba para Newell’s y realizaba un gesto claro de «acá mando yo».

La actitud era tan burda que molestó a los propios jugadores de Newell’s, que querían ganar en buena ley. No era aceptable recibir favores para ganar, no importaba si era contra un equipo condenado por sobornos. Si Newell’s era mejor, quería demostrarlo en la cancha. Además, no existía ninguna necesidad para hacerlo, no era un partido definitorio que los tentara de aprovechar la suerte que les había tocado.

Entonces, la reacción de los jugadores rosarinos durante el primer tiempo fue tocar en forma intrascendente, para dejar pasar los minutos. Los jugadores de Banfield agradecían el favor, pero tampoco querían que pareciera que el partido estaba arreglado. Ya habían tenido demasiados problemas como para ponerse en esa posición. Por eso, cuando terminó el primer tiempo los capitanes (Eduardo Pipastrelli de Banfield y Andrés Rebottaro de Newell’s) se juntaron para explorar las opciones que tenían.

Como ambos equipos querían jugar el partido, la conclusión fue que el obstáculo era el árbitro. Decidieron ir juntos a verlo al vestuario para pedirle que cambiara la actitud. Una vez dentro, se armó una acalorada discusión. En los diarios de esa semana hay información contradictoria. Unos dicen que se armó una pelea a golpes de puño entre el árbitro y los capitanes, con los jueces de línea separando. Otros que sólo hubo intercambio de gritos.

Lo cierto es que Baver decidió que el incidente era suficientemente grave para suspender el partido. Pero los capitanes no acataron la orden. Pensaban que reanudarlo en otro momento con el mismo árbitro era inútil, y preferían terminar el partido sin árbitro. Total, el juego venía siendo leal hasta el momento. Y al capitán de Banfield no le importaban mucho las implicancias legales, su equipo de cualquier manera no iba a sumar puntos.

Así que, luego de consultar con sus respectivos equipos, los capitanes se pusieron de acuerdo y las hinchadas se sorprendieron al ver que ambos cuadros salían a disputar el segundo tiempo sin terna arbitral (el juez y los líneas se habían retirado del estadio). En efecto, los jugadores estaban tomando el partido.

Para dirimir las faltas se decidió que iban a ponerse de acuerdo entre los dos capitanes. En caso de no tener la misma opinión, se votaba entre los veintidós jugadores. Y gracias a la lealtad que había en esos tiempos en el fútbol argentino, no votaban todos a favor de su equipo, sino que algunos decían sinceramente lo que habían visto. Gracias a los que se animaban a fallar en contra de su equipo, el partido logró tener la justicia que le había faltado cuando el árbitro estaba en la cancha.

Como jueces de línea, se convocó al arquero suplente de cada equipo. Cada cual marcaba el ataque contrario, y el fallo tenía que ser reconocido por los dos capitanes. Como no había banderines, usaron camisetas de Los Andes aportadas por la utilería del estadio.

Vale decir que los jugadores tuvieron especial cuidado para no ponerse a sí mismos en aprietos. Al no haber nadie que controlara, la situación podría haberse vuelto violenta, pero ocurrió lo contrario. El segundo tiempo no tuvo grandes incidencias. Cuando Newell’s se puso en ventaja, algunos jugadores de Banfield intentaron protestar posición adelantada de Mario Zanabria, pero Ricardo Lavolpe no la marcó. Esto hizo que los capitanes asumieran que el gol había sido válido.

El partido terminó con la victoria de los visitantes por 2-0. No hubo pitazo final, sino un gesto conjunto por parte de los dos capitanes que indicaba que el tiempo se había cumplido. Luego, los jugadores de ambos equipos se dieron la mano uno por uno, y casi todos intercambiaron las camisetas en señal de lealtad deportiva.

Las consecuencias en la AFA fueron severas. Los altos mandos estaban enojadísimos por la actitud desafiante de los jugadores ante la autoridad. Pero todos coincidían en que el culpable principal había sido el árbitro. Arturo Baver nunca más volvió a dirigir un partido de la AFA. Se evaluó aplicar sanciones a los jugadores y a las instituciones, pero luego de arduas negociaciones se aplicó sólo una multa simbólica de 10.000 pesos ley. Pero se dejó claro que la cúpula de la AFA no toleraría un nuevo acto de insubordinación de ese calibre. En cuanto al partido, como no había ningún interés en jugarlo de nuevo se decidió dar por válido el resultado final.

Desde entonces, no ha vuelto a ocurrir algo semejante en la primera división del fútbol argentino. Y es impensable que algo así pudiera ocurrir hoy, dada la altísima exposición de cada partido, el grado de importancia que recibe cada resultado y la escasa confianza que existe entre los jugadores de distintos equipos en cualquier partido.

Sin embargo, vale recordar el ejemplo de Banfield y Newell’s en tiempos en los que cualquiera sospecha por cualquier cosa que un árbitro está ejerciendo favoritismo.

El ocaso de un grande

El inicio de los ’80 fue problemático para los clubes grandes de Argentina. San Lorenzo descendió, Racing también, River se salvó por el promedio. El que no pudo zafar fue el club que en su momento era el que más hinchas acumulaba en Argentina: Boca Juniors.

No se preveía un final tan abrupto. Sólo tres años antes, en 1981, Boca había ganado el que sería su último título local, con un equipo que incluía a Maradona. Pero en 1984 la situación institucional era desesperante. El equipo estaba en huelga, el estadio fue clausurado y los presidentes se sucedían en sus retiradas al darse cuenta de la magnitud del problema del club. Acosado por las deudas, el 15 de noviembre se decretó la quiebra definitiva.

El equipo dejó de competir en el Metropolitano para nunca más volver. Los hinchas tuvieron que hacer un profundo duelo. Pero la verdad es que ya muy pocos iban a la cancha en los últimos tiempos en que estuvo habilitada. Muchos encontraron que la vida era más que el fútbol, unos pocos dedicaron vanos esfuerzos en pos de la recperación del club. Pero la mayoría, con cierto dolor, decidió que era mejor quedarse con los recuerdos de lo que había sido una gran institución en lugar de verla sufrir. Se había hecho todo lo que se podía.

Los hinchas que siguieron interesados en el fútbol cambiaron de equipo. Hubo un reparto entre muchos cuadros, aunque está comprobado que la mayor parte de la ex hinchada de Boca pasó a ser de Ferro Carril Oeste. Y era natural, porque el color verde del club de Caballito es el que se obtiene al mezclar los colores tradicionales de Boca Juniors (azul y amarillo). Y, además, los tablones del estadio de madera que entonces tenía Ferro alguna vez habían pertenecido a la vieja cancha de Boca, con lo cual estar en la cancha de Ferro era como estar en casa. Quién sabe, tal vez el poderío y la popularidad que tiene hoy Ferro no hubieran sido posibles si Boca seguía existiendo. Viendo los éxitos que obtuvo Ferro desde entonces, y sabiendo la alegría popular que provocaron, un cuarto de siglo después nadie desea que la historia sea de otra manera.

De la institución Boca Juniors quedó poco. En el solar donde se levantaba el estadio hoy funciona un moderno shopping, de gran concurrencia durante los fines de semana. El Boca Center ha cambiado la fisonomía del barrio, que hoy basa su actividad económica en su presencia, además de los tradicionales dólares turísticos de Caminito. Y en algunas partes de su estructura los visitantes con ojo histórico pueden descubrir algunos detalles que aún se conservan de lo que fue un estadio de fútbol.

Las peñas del Interior fueron abandonadas o convertidas en peñas de Ferro. Los terrenos costeros donde el club, en una época en la que no sospechaba su repentino final, había planeado construir un nuevo y multitudinario estadio, volvieron a manos del Estado, que construyó allí la villa olímpica de Buenos Aires 2004. De haber existido Boca para ese acontecimiento, la villa habría tenido que ser construída en otra parte, pero tal vez la ciudad hubiera ganado un estadio olímpico diferente.

Es fácil olvidar que Boca era el rival tradicional de River Plate, y ese dato tal vez ayuda a entender la pica que hoy existe entre muchos hinchas de River y Ferro. La rivalidad que hoy parece histórica entre River y San Lorenzo es más reciente, y puede encontrar su raíz en el descenso de Huracán, anterior rival de los azulgranas, producido en 1987.

La extinción de Boca Juniors es un hito casi olvidado en la historia del fútbol argentino, más allá de que sirve como recordatorio de la fragilidad de las pasiones multitudinarias. Un presente hiperexitoso no asegura que dentro de cinco años el club siga existiendo ni que alguien lo vaya a extrañar si deja de existir. También sirve como argumento para desmentir a aquellos que hablan de que los altos mandos no van a dejar desaparecer a un club grande.