Todos para el mismo lado

Está bien que somos todos individuos distintos, pero no vamos a llegar a nada si no vamos todos para el mismo lado. Es necesario que la humanidad tenga una sola dirección, no siete mil millones de direcciones distintas. Tenemos que estar todos juntos, sabiendo qué es lo que nos conviene y actuando en consecuencia, para poder, en el futuro y en el presente, vivir mejor.
Los desacuerdos son inevitables, por eso es necesario un liderazgo que nos lleve, que nos convenza de lo que tenemos que hacer. No hay que forzar a nadie, eso está claro. El liderazgo tiene que ser tan bueno que todas las personas decidan espontáneamente seguirlo. Así podremos estar unidos, de una vez por todas.
Claro que es difícil. Pero podemos. Tenemos que mirar la naturaleza. Los animales no hacen grandes debates. Migran en masa, todos juntos, recorren continentes enteros, cruzan mares. Llegan juntos a su destino, y mientras tanto van resolviendo los conflictos individuales, sin perder por eso la dirección general.
Tenemos que seguir el ejemplo de los lemmings. Ellos van todos para el mismo lado, con gran entusiasmo. No les importa el precipicio que viene adelante. Saben que para el bienestar de todos es necesario ir ahí. Entonces, cuando se produce el momento, todos corren hacia donde van todos los demás. Algunos llegan antes que otros. Y después su sociedad queda más saludable.

Lo nuestro no existe

Nuestra relación siempre se basó en la más completa indiferencia. Cada uno sabía que el otro existía, y a ninguno de los dos nos importaba. Éramos parte del fondo. Así como hay nubes que aparecen y desaparecen, cada uno de nosotros podía estar o no estar. Desde el punto de vista del otro, no hacía diferencia.
Nunca hablábamos. Capaz que nos cruzábamos. En esos casos se producía algo de comunicación. Nos mirábamos lo suficiente como para saber que alguno se iba a correr, entonces ambos podíamos seguir nuestro camino sin interrupciones.
Estaba establecido así, aunque nadie había tomado la decisión de que así fuera. No nos caíamos mal, simplemente vivíamos nuestra vida, sin ejercer ni buscar influencia entre nosotros. Cada uno de nosotros se relacionaba con gente, incluso con varias de las mismas personas, pero nunca se nos ocurrió la posibilidad de relacionarnos.
Ni siquiera nos tomábamos el trabajo de ignorarnos. No era una cuestión de decidirlo. Simplemente, cuando se repartieron las barajas aparecimos en mundos diferentes, con nada en común, sin razones que nos atrajeran. Y al crecer, crecimos hacia lugares distintos. Nuestros caminos, ya separados, se fueron separando más. Y no nos extrañamos, ni nos detuvimos a preguntarnos por el otro.
Yo, a veces, me acuerdo. Se me ocurre la posibilidad de reestablecer algún tipo de relación. O de establecer. Pero no hago nada. No me importa lo suficiente. Aunque sí tomé nota de la inexistencia de esa relación. Me pregunto si la otra parte también lo sabrá.

La muerte impedida

Sócrates se murió. Y aceptó su muerte. Pero quedan sus ideas, que llegaron hasta nuestros días. Hoy siguen hablando. Se puede discutir su pensamiento. Pero no se puede hablar con Sócrates.
Es una lástima que la vacuna contra la muerte no le haya llegado a tiempo. Es cierto, tal vez es gracias a él que algunos milenios más tarde la tenemos. Pero no parece justo que tantos ilustres como Sócrates no estén con nosotros, y hoy cualquier imbécil consiga la inmortalidad.
Es cierto, estamos acostumbrados a que no nos morimos. Fue un enorme anhelo de nuestros antepasados, que no lo llegaron a conseguir. Sólo lo tenemos nosotros. Por algo se empieza. No me molesta que algunos individuos con mérito consigan ser inmortales. Pero sospecho que hay que merecerlo.
Por eso me opongo a que la vacuna contra la muerte sea obligatoria. Me parece un desperdicio no de vacunas, sino de espacio. Hay gente que apenas hace algo con lo que dura una vida estándar, no vale la pena quedarse más tiempo que el que uno puede aprovechar.
Está bien. Me parece razonable que la vacuna sea libre, que para acceder a ella no haya que pasar determinadas pruebas de aptitud, porque no hay prueba objetiva posible. Pero déjenle a la gente la posibilidad de limitar su estadía. Estoy seguro de que hay unos cuantos que elegirían tener el curso normal de una vida. Después nos quedaremos nosotros, y sí, tal vez los extrañaremos, pero es preferible eso antes que forzarlos a estar vivos si no quieren.
Entonces, prefiero confiar. La gente sabe qué hacer con su vida. Y muchos saben también cuándo terminarla.

El rey de las polillas

El rey de las polillas gozaba de un enorme prestigio en toda la comunidad polillal. Sin embargo, era una polilla más. De lejos, no se lo podía diferenciar de las otras. Esto le causaba problemas de autoridad. Era fácil que cualquier otra polilla se hiciera pasar por él, y emitiera órdenes contradictorias.
“Vayamos todos hacia esa luz”, decía uno de los impostores, y las polillas, que tienden a obedecer sin analizar, se lanzaban sin saberlo hacia su muerte. El verdadero rey, sin embargo, cuidaba a las polillas, y les indicaba el camino hacia los más grandes reservorios de lana.
Por eso era necesario diferenciarse. Tenía que tener un atuendo en el que se emplearan muchos recursos, que no sólo le diera dignidad de rey, sino que fuera difícil de falsificar por cualquiera. El rey forjó una alianza con una población de gusanos de seda. A cambio de protección polillal al hábitat, los gusanos le proveerían una serie de vestidos de colores brillantes.
Cuando le entregaron el primer atuendo, el rey se lo colocó trabajosamente. Era necesario que tres o cuatro polillas de su séquito lo ayudaran a vestirse. Esto también dificultaba el establecimiento de impostores. Una vez colocado, el rey lució muy distinto. Sus alas beige pasaron a estar cubiertas de un azul brillante, lleno de detalles en negro y con volados que colgaban.
Sin embargo, cuando el rey estuvo vestido, todas las polillas de su séquito se fueron de su compañía. Quiso impartir órdenes, pero ninguna lo obedeció. De repente, ya no lo reconocían como el rey de las polillas. No había dejado de ser una polilla, pero ya no lo parecía. Había pasado a ser visto como una mariposa.

En el cielo

El dibujo del paciente Julian Lennon desnuda implacablemente algunas características imperecederas de su personalidad.
Debe tenerse en cuenta que la temática del dibujo era libre. El resultado no fue impuesto por ninguna consigna restrictiva por parte del profesional. La escena que el paciente eligió hacer retrata, según él mismo, a una de sus compañeras, Lucy.
La figura que representa a Lucy presenta una variedad importante de colores, muchos más que los que suelen tener los seres humanos, incluso los de esa edad. Esto muestra una imaginación aplicada forzosamente sobre los demás. Julian no sólo ve a sus compañeros con colores que no tienen, sino que espera esos colores de ellos.
Del mismo modo, el cielo no está dibujado de color celeste. Es más bien de un tono amarillento, extraterrestre. Sumado a la excesiva luminosidad de la figura humana, exhibe una clara indicación de un problema perceptivo. El paciente no ve la realidad, sino lo que quiere ver.
Unos rayos misteriosos, de color rojo, acechan a la figura humana. Constituyen un peligro, el abismo que sólo Julian ve, y al que expone no a sí mismo sino a su compañera, la inocente Lucy. Ella, en tanto, no tiene los pies sobre la tierra. De hecho, no se ve suelo alguno. No ubicar los pies sobre la tierra es una clara muestra de que el autor del dibujo es un desquiciado.
Otro detalle importante es la presencia de diamantes en el cielo. De más está decir que el cielo verdadero no tiene diamantes, sino estrellas. Y sólo cuando es de noche. De día hay nubes, o no las hay. Julian presenta a Lucy en un cielo con diamantes, porque su visión de los demás es que tienen una codicia enorme. Probablemente tema que las personas de otras familias vayan tras la fortuna de la suya. Conviene que los padres dediquen tiempo a explicarle que eso no sucederá.
Se recomienda que Julian inicie inmediatamente sesiones de terapia, antes de que empiece la escuela primaria y ponga en peligro a los otros niños. De no ocurrir así, su psique corre peligro de llevar a cabo las insinuaciones que hoy se plasman en el dibujo. Y más allá de la fortuna familiar, es posible que el paciente nunca pueda estar en condiciones de acceder a un trabajo.

Ser diferente

No quiero ser diferente. ¿Por qué habría de quererlo? Porque no quiero ser igual que los otros. Si fuera igual que los otros sospecharía de mi capacidad de pensamiento independiente. Pero no me molesta ser igual que algunos. Está bueno que alguien piense lo mismo. Si no, me sentiría solo.
Lo que no hago es ponerme a ver qué piensan los demás para diferenciarme. Eso sale sin necesidad de hacer un esfuerzo. No sé qué hacen los demás, ni qué piensan, ni cómo hacen para pensarlo. Me limito a hacer lo que haría yo. Y, aparentemente, con eso alcanza para ser bastante diferente de los demás.
Pero no es algo buscado en forma explícita. Para nada. Me gustaría ser parte de una enorme mayoría que piensa como yo. De hecho, soy parte de muchas mayorías, de muchos consensos. De algunos soy parte sin saberlo. Otros logré hacerlos conscientes.
Seguramente no soy como vos. No es porque no quiera ser como vos. Es porque vos no sos como yo. No tiene nada de malo que no sea como vos, ni que vos no seas como yo. Es bueno. Nos hace más ricos. Ahora, depende de vos cómo seas vos. Me gustaría que fueras como yo y, por ser como yo, no fueras como yo.
Así me daría cuenta de que sos de los míos.

Mensaje al público

Mensaje al público
 
Estimado público:
se solicita que tenga a bien no hacer una lectura ligera de este texto y todo lo que lo rodea. Debe saber que prefiero tener un público entendido, no casual, aunque me cueste la masividad. Busco que las partes más atractivas de los textos sean suficientes como para despertar en usted el interés necesario para que terminar la lectura sea el inicio de una exploración, no el final.
Quiero complicidad, entendimiento mutuo con mi público. Cuando hago guiños, pretendo que todos los entiendan. Los hago como una especie de examen, para ver si efectivamente ocurre. Quiero merecerlos y que me merezcan. Los que no entienden, los que se quedan con cara de “qué es esto”, considero que no son parte de mi público. Son el público en general.
Cabe aclarar, estimado lector, que cuando hablo de público no me refiero a usted. Usted ya sabe que es alguien que entiende. Hablo de aquellos que se reconocen no como lectores individuales sino como público. Los que tienen ganas de ser parte de masas, y entonces hacen lo que ven que el resto de la masa hace. Porque si no, piensan, no pertenecerían a ella.
Si usted está leyendo por esa razón, para no quedarse afuera, le informo que ya quedó afuera. El público de estos escritos es el que no le interesa quedarse afuera o adentro, sino que quiere conectarse con texto y/o el autor. Le solicito que no pierda el tiempo, y si puede, entregue su copia a alguien que sepa apreciar lo que usted no.
Aunque no sé si esto será posible. Porque muchos integrantes del público en general, sospechamos, pensarán que es un chiste, y se reirán mientras exclama “mirá lo que dice éste”. Pero no es así. Lo digo muy en serio. Es muy feo que un libro caiga en las manos equivocadas. Es un desperdicio de libro, e implica que alguien que podría aprovecharlo no se encuentra con él. Es una lástima.
Pero bueno, no hay muchos atajos. Para llegar a los individuos, primero hay que atravesar el público en general. Esa gran barrera que filtra no contenido, sino lectores. Espero que usted sea de aquellos lectores que tienen ganas de leer.

Sin palabras

En este momento de tanta emoción, las palabras no alcanzan para describir lo que estoy viviendo. Es como si mi capacidad de descripción quedara paralizada por la capacidad de emocionarme. Y estoy tan ocupado emocionándome que no me queda tiempo para abstraer. Entonces, mi parte racional protesta, pide input que no recibe. Sólo le llega que no alcanzan las palabras.
Pero no puede ser, piensa. ¿Qué hay aparte de palabras? Claramente nada. Entonces trata de arreglárselas para describir en palabras algo de lo que no tiene información. Porque quiere participar, y el lenguaje es la única manera que tiene para hacerlo.
El momento emocionante deja afuera a la razón. La experiencia, entonces, no es completa. Porque las palabras están de más. Y por eso, faltan las palabras.

Producto de la sociedad

Cada vez que escribo algo, se refleja el espíritu de mi tiempo. Yo no quería eso. Prefería reflejar mi espírito. Pero no puedo evitarlo, porque soy un producto de mis tiempos. Soy un producto de la sociedad. Lo que escribo es un producto mío, y por lo tanto es un subproducto de las circunstancias que me llevaron a escribirlo. Quiere decir que es la sociedad la que escribe lo que parece que escribiera yo. Soy un simple agente.
Un agente involuntario, eso sí. Porque lo que la sociedad quiere que escriba se interpone entre mí y lo que quisiera escribir. Se hace pasar por lo que me interesa. En realidad yo no querría estar escribiendo estas palabras. Son las que ustedes, a través de un formidable aparato cultural, me imponen.
¿No les da vergüenza? ¿Por qué le tienen tanto miedo a la expresión individual? Dejen de homogeneizar la cultura. Incluso, dejen que la cultura nos abandone. Así podremos tener cada uno la propia. Imagínense, siete mil millones de culturas en el mundo, en lugar de unas pocas. Cada persona sería valiosa por sí misma. Pero no. En cambio, acá estoy, contribuyendo a una sociedad en la que me encuentro, sin haber elegido estar. Y sin escape, porque lo único que puedo hacer es irme hacia otra sociedad. O escaparme a una isla remota. Pero si hago eso, igual llevaré conmigo la sociedad que me produjo. Y voy a seguir operando como me indicaron desde muy chico.
Lo úunico que me queda, entonces, es estar acá, tratando de escribir lo que me sale de más adentro, en lugar de lo que la sociedad me impone. Pero es la sociedad la que me rodea con lenguaje, y sin eso no hay escritura. Y además, si llego a escribir en un idioma raro, o inventado, o sin coherencia, nadie leería lo que escribo. Y entonces mi expresión genuina sería un desperdicio.

Attenborough sádico

Esta noche, la BBC presenta el especial Attenborough sádico.
En sus más de cincuenta años de prestigiosa trayectoria, el documentalista David Attenborough ha recorrido el mundo para mostrarnos la historia de la naturaleza, los animales más raros y atractivos, y la delicada interacción entre los distintos componentes de los ecosistemas. En ese tiempo, ha estado resistiendo la tentación de hacer sufrir a los animales que encontraba en su camino. Hoy se desquita.
El programa arranca con una secuencia de laboratorio. Se puede ver a David Attenborough interactuando con un hámster, teniéndolo en su mano y cerrándola hasta que empieza a chillar. Luego de varios apretones, el hámster es liberado. Pero en realidad no. Attenborough lo deja en un pequeño cubo de cristal invisible, que no le permite escapar y tampoco impide sus intentos. Antes de dejarlo solo, se le administran algunas gotas de LSD.
En ese momento se libera una cobra, que no ha sido alimentada en varios meses. Al detectar el hámster, la cobra se abalanza hacia él. Mientras, la característica voz de David Attenborough explica las técnicas habituales de ambos animales para cazar o escapar.
El hámster, aterrorizado, intenta frenéticamente escapar de la presencia de la serpiente. Pero el cubo de cristal se lo impide. La serpiente se acerca y salta hacia el hámster, para ser bloqueada por el mismo cubo. En ese momento, una pequeña manguera libera agua en el compartimiento. El hámster aumenta sus movimientos para poder salir, mientras la serpiente continúa golpeándose la cabeza contra el vidrio.
En ese momento, David Attenborough, con la colaboración de un equipo de especialistas del Zoológico de Londres, engancha la cola de la serpiente con una soga. Del otro lado, mientras la cobra mira hacia su cola, un veterinario se lleva al hámster y lo reemplaza por una réplica exacta, pero electrificada. Cuando la cobra se libera, va en busca del roedor y recibe una divertida corriente.
La segunda secuencia está filmada en África, en una colonia de chimpancés. Attenborough dedica un rato largo a forjar una relación de confianza con una hembra, hasta que ella le permite acicalarla. Ésa es la señal que David espera para proceder a ejecutar su plan. Mientras comienza a limpiarla de parásitos, explica al espectador que el cuerpo de un chimpancé posee un total de 3.117.847 pelos, y que en ese momento comenzará a quitarlos uno por uno.
Antes de hacerlo, es preciso sedar al chimpancé lo suficiente como para evitar cualquier reacción adversa, como mordiscos, pero no tanto como para que no sienta los arrancones. Así, en un montaje de gran despliegue técnico y estético, se ve cómo Attenborough avanza lentamente hasta dejar pelada a la primate. Se destacan especialmente los planos cortos de los pelos saliendo de la piel en cámara lenta. Este segmento, de gran contenido didáctico, tiene como segundo objetivo mostrar que el hombre y el chimpancé, en el fondo, son muy parecidos.
Por último, en el tercer segmento de la noche, Attenborough y su equipo de producción colocan veinte gatos domésticos en una bolsa de consorcio. Luego coloca la bolsa en un suelo muy pegajoso, de manera que no se desplace. Cuando los gatos, finalmente, rompen la bolsa, van emergiendo uno a uno y todos se quedan fijos en el suelo, maullando para que alguien los ayude. En ese momento, Attenborough coloca fuera del alcance de todos los gatos un kilo de pescado fresco, y comparte con la cámara su sonrisa al ver los intentos desesperados de los gatos de ser los primeros en zafarse del pegamento para poder alimentarse.
El especial, que cuenta con la musicalización de Ricardo Arjona, será transmitido esta noche a las 23.35, al término del ciclo Ópera al desnudo.