En el mapa

Divisé un mapa y fui hacia él. Tenía esperanzas de que me orientara acerca de dónde estaba y hacia dónde tenía que ir. El lugar era bastante confuso, era fácil perderse. Habitualmente me oriento sin problemas, pero había pocas referencias que me ayudaran a ubicarme. Por eso me sorprendió que no hubiera nadie mirando el mapa cuando llegué a él.
Estaba entre dos hierros clavados en el suelo. Sin embargo, su orientación no era vertical, ni tampoco horizontal. Estaba a unos treinta grados respecto del suelo, suponiendo un suelo plano. Asumí que esa disposición era para poder ubicarme más fácilmente, sin tener que transponer dimensiones entre el mapa y la realidad.
A pesar del buen tino de la orientación, tuve que acercarme mucho porque estaba bastante mal diseñado. Se podía reconocer que era un mapa, pero no parecía estar a escala. Había mucho espacio y una inscripción con letra muy chica. Tan chica que no se leía a menos que me acercara más.
Incliné entonces mi cuerpo hacia el mapa. Mi torso quedó con una orientación opuesta a la del mapa respecto del suelo, y sin embargo igual no podía leer. Me acerqué más, temiendo perder perspectiva. Corría el riesgo de no ver el contexto de la inscripción cuando la pudiera leer. De todos modos, razoné que podía leerla, recordar el contenido y alejarme un poco para ver el mapa en general.
Pero razoné mal. Cuando me agaché tanto que toqué el mapa con la frente, sentí un viento que me impulsaba hacia el mapa. De repente mis pies se levantaron del suelo y antes de que pudiera impedirlo el mapa me aspiró.
Quedé dentro del mapa, junto a mucha gente que se notaba que no podía salir. Pero, por lo menos, desde mi punto de vista se podía leer la inscripción. Decía “usted está aquí”.

Un oscuro fratricidio

Santiago no soportaba a su hermano. Pensaba que no le dejaba espacio, que no lo dejaba ser. Tenía que compartir todo con él, y estaba cansado. La falta de independencia le impedía crecer.
La corta edad de Santiago impedía que se fuera a otra parte. Por el momento el único lugar que había conocido era el que ambos compartían, el vientre materno. Habían coexistido ahí desde el principio de sus días. Santiago no aguantaba más. El hermano no parecía estar muy enterado del hartazgo de Santiago, aunque no se podía ver muy bien su expresión por la ausencia de luz en el lugar.
Con el correr de las semanas, Santiago empezó a urdir un plan de matar a su hermano. Él ignoraba que en algunos meses estaba previsto que ambos salieran y tuvieran mucho espacio a su disposición. Tal vez, de haberlo sabido, habría podido aguantar. Pero lo que faltaba era más del doble del tiempo de vida que tenía hasta ese momento, entonces de cualquier modo era relativamente mucho tiempo.
Una noche, mientras la madre dormía, Santiago puso en marcha el plan. Mordió a su hermano en la yugular y lo dejó morir desangrado. Pero pronto se dio cuenta de que, muerto o no, el hermano seguía estando ahí, quitándole espacio. Tenía que hacer algo con sus restos.
Entonces hizo en forma algo prematura lo que hacen todos los bebés: llevárselo a la boca. Poco a poco se lo fue comiendo. Santiago no tenía dientes, pero su hermano no se había endurecido mucho. Además, el líquido amniótico facilitaba la masticación.
Santiago tuvo, entonces, todo el útero a su disposición. Sus padres nunca se enteraron. Los informes que hablaban de mellizos fueron desmentidos por las ecografías posteriores. Al finalizar, el embarazo, Santiago nació y fue recibido sin la más leve sospecha. Nunca nadie había sabido de la existencia de su hermano, por eso nunca recibió un nombre. Nadie supo nunca que Santiago era un asesino, ni siquiera él mismo, que con el tiempo olvidó lo ocurrido. Pudo vivir su vida sin miedo a las consecuencias del hecho que había protagonizado, y sin saber que había logrado el crimen perfecto.

El hombre flan

Mateo estaba cansado de tener accidentes. Su andar torpe hacía que demasiado seguido se cayera, o se golpeara. Y su estado cada vez más frágil garantizaba que con cada golpe fuerte viniera una fractura. Ya no le quedaban huesos que no se hubieran roto alguna vez. Una radiografía de su cuerpo mostraba montones de fusiones.
Estaba harto de vivir enyesado. Muchas veces se fracturaba un hueso antes de que el anterior se soldara completamente, entonces se formaba un continuo de yesos al que estaba acostumbrado, pero que no tenía ganas de seguir tolerando. Sus amigos estaban también podridos de firmar yesos.
Cuando le ocurrió un accidente particularmente grave, en el que se rompió ambos fémures, tuvo que estar internado unos días. Eso le dio tiempo para reflexionar. Comprendió que odiaba a sus huesos. Sólo le traían disgustos. No los quería. Y si no fuera porque los necesitaba para mantener la estabilidad de su cuerpo, se desharía de ellos.
Poco a poco, se fue dando cuenta de que no era tan necesaria la estabilidad del cuerpo. Y, de hecho, su cuerpo, aun con esqueleto, distaba de tener una estabilidad destacable. Entonces decidió extirpárselo.
Los médicos no querían hacer la operación, pero Mateo era persistente, y siguió visitando cirujanos hasta que encontró uno que estaba dispuesto a liberarlo de su estructura.
Luego de la intervención, Mateo ya no se pudo sostener. Se convirtió en un flan humano, que se deslizaba por el suelo con gran desparpajo. Sin embargo, el cambio le resultó natural. No fue un gran esfuerzo adaptarse al nuevo modo de vida. En muchos aspectos le resultaba más práctico. Aprendió a enrollarse para pasar entre las personas que caminaban por la calle.
Pronto comprendió que muchas de las restricciones de la sociedad sólo se aplicaban a personas con esqueleto. Podía entrar a casi cualquier lugar, estuviera abierto o cerrado, con sólo aplastarse y pasar por la rendija de las puertas. No le molestaban los transportes aglomerados, porque su forma moldeable le permitía aprovechar el escaso espacio entre varias personas. Podía saltar grandes distancias y flotar sin hacer esfuerzo.
Pero lo que le cambió la vida fue la posibilidad de viajar. Se dio cuenta de que no necesitaba pagar pasaje en los aviones para poder conocer el mundo. Sólo tenía que ubicarse dentro de alguna valija, con o sin el permiso del dueño, y dormir una buena siesta mientras el avión lo llevaba al destino elegido. Si tenía la suerte de que la valija no se perdiera, en pocas horas podía estar en cualquier parte del mundo que tuviera ganas. Y nadie objetaba su intrusión, porque las máquinas de rayos X de los aeropuertos no detectaban su presencia.
La mayor desventaja era que su falta de sustento físico le impedía trabajar. No podía usar las manos para manipular ninguna clase de objetos, entonces perdió su empleo. Pero Mateo ahora era flexible, y ya no se dejaba vencer por los obstáculos, como cuando tenía esqueleto. Cuando se dio cuenta de que nadie le iba a dar un trabajo, se dio cuenta también de que no necesitaba una vivienda del tamaño de la suya. Así que ahora vive de alquilarla, con la salvedad de que siempre se reserva una porción de placard, donde reside cómodamente.

Mi vida como herramienta

Soy actor. Soy parte de una obra artística. Soy una herramienta para comunicar un mensaje. Trabajo en armonía con otros elementos, como la escenografía, la utilería y los otros actores.
Nos coordina un director. Nosotros hacemos su voluntad. Todos formamos una voz unificada, que es la de él. Él nos moldea de la mejor manera posible para formar una entidad superior a todos nosotros, la Obra. Mis movimientos son los que él quiere. Pero ojo, los hago yo. Ése es mi aporte. Yo hago los movimientos que el director quiere en el momento en los que quiere. Tengo una pequeña ventana para modificarlos, dentro de los lineamientos que nos da en los ensayos. Si me paso, él me avisa y me rectifico para volver a ser parte del mensaje.
No sirvo para cualquier cosa. Por eso tuve que pasar por un casting, en el que fui elegido porque al director le pareció que era la herramienta que necesitaba para su Obra. Pero mi estado natural no era exactamente lo que se necesitaba. Hubo que modificarme. El director me modeló. Me dio un vestuario y un guión, y también me dijo cómo interpretar ese guión. Yo ya tenía una interpretación en vista, y lo que hice fue unir la mía y la de él.
Ése es mi aporte. Si no pudiera hacerlo, no sé si estaría acá todos los viernes y sábados, actuando la misma obra para públicos distintos. Tal vez encontraría algo mejor para hacer. Pero tengo un compromiso con la obra. Sin mí no se puede hacer. Entonces, quiera o no tengo que estar en todas las funciones. Seguiré siendo la herramienta adecuada para que la Obra llegue al público.

Uñas y dientes

Tiene dientes por uñas
y uñas por dientes
mastica con las manos
muerde con los dedos
se cepilla las yemas.
Las encías le duelen
porque siempre las raspa
para que no pase
se corta las uñas.
Tiene uñas por dientes
y dientes por uñas
el alicate oxida la saliva.
Su boca brilla
con muchos colores
salvo cuando se hace buches
con quitaesmalte.
Tiene dientes por uñas
y uñas por dientes
se rompe las uñas
al comerse los dientes.

Estar en tu cabeza

Siempre quise meterme en tu cabeza, saber qué pasaba adentro de tu cerebro, ver tus pensamientos, y así comprenderte. Suponía que debía haber una manera de entender tu forma de ser, las cosas que hacés, las contradicciones, los repentinos cambios de humor.
Por eso esperé a que te durmieras, y lentamente me fui metiendo en tu nariz. Así llegaba al cerebro por la vía más rápida, como la cocaína. Me metí por la fosa derecha, que era la que estaba menos llena de mocos. Por ahí respirabas, entonces me ayudaste a entrar.
En el camino, vi a través de tus ojos. Encontré que el mundo es más o menos el mismo que como lo veo yo. El problema no estaba en tu vista. Estaba en tu cerebro. Recorrí entonces el nervio óptico, que me llevó directamente hacia la corteza.
Era una superficie esponjosa. Sentí que estar parado sobre la corteza no servía para nada, tenía que penetrarla para llegar a los confines. Ya estaba ahí, era el momento de hacerlo. Entonces, muy despacio, fui presionando sobre la pared del lóbulo para pasar a formar parte de tu cabeza.
Al lograrlo, me encontré con que no había un piso. Entonces caí, rodando despacio por los pliegues de tu cerebro. Para ese momento ya te habías despertado y estabas en plena actividad, entonces entre las volteretas que iba dando, cada tanto recibía algún impulso eléctrico que me empujaba en otra dirección.
Empezaba a marearme. La odisea no parecía que fuera a terminar. Además de la caída por enormes toboganes que experimentaba, te habías empezado a mover. No sé qué estabas haciendo, pero el cerebro que me rodeaba parecía que se estaba sacudiendo sin control.
Sabía que tenía que hacer algo. El mareo era cada vez mayor. Tenía que controlarme para no contaminar tus pensamientos. No quería que la respuesta a “¿qué tenés en la cabeza?” fuera “vómito”. Y encima mío. Así que me agarré del primer nervio que tuve oportunidad.
En ese momento todos los movimientos se detuvieron. El mío y también el tuyo. Aparentemente mi intervención había sido exitosa. Había logrado tocar un nervio. Desde la calma pude planear una estrategia de salida. No podía reconstruir la trayectoria, porque no sabía dónde estaba, pero sí sabía diferenciar arriba de abajo. Así pude ubicarme un poco.
También me ayudó que empezaste a caminar con lentitud. Así diferencié adelante de atrás, y más o menos pude recorrer el cerebro con cierto control. Pasé de nervio en nervio, como Tarzán en las lianas, con cuidado de no volver a caerme.
Logré llegar a las cercanías de la nariz. La reconocí porque se colaba un rayo de luz por la fosa por la que había entrado. Me pareció más prudente salir por la otra, había más mucosidad de la que agarrarme.
Resultó una buena decisión, porque justo sentiste una molestia (capaz que era yo) y te vinieron ganas de estornudar. Estoy contento de haber estado ahí y no en el cerebro cuando lo hiciste. El estornudo me expulsó hacia el exterior junto a los mocos, que me sirvieron de acolchado cuando caí.

Zapatos al revés

Cuando me fui a calzar, los zapatos no complementaban como antes el contorno de los pies. Me sorprendió, porque eran los mismos zapatos que había dejado al lado de la cama la noche anterior. Pero no me preocupé mucho. Asumí que por cualquier motivo me los había puesto al revés.
Sin embargo, era más complicado. Al acomodarlos, me aseguré de que el izquierdo estuviera a la izquierda y el derecho en el lado opuesto. Cuando me los volví a poner, otra vez sentí la misma molestia.
Al examinar la situación, descubrí que lo que se había invertido eran las piernas. Reconocí una cicatriz que solía estar en mi muslo derecho, y ahora aparecía en el izquierdo.
Pero cuando miré bien, resultó que no era exactamente así. No eran las piernas, era mi torso el que se había dado vuelta. No me había dado cuenta antes porque la cabeza se había mantenido derecha. La presencia del ombligo en la espalda fue lo que delató el cambio.
Entonces invertí los zapatos y logré ponérmelos. Creí que los cambios que estaba atravesando mi cuerpo no iban a alterarme la vida normal. Hasta que intenté caminar. Las piernas no parecían estar enteradas de su intercambio y cada una instintivamente apuntaba al lugar anterior. Entonces cada paso me implicaba peligro de caerme, porque cada pierna era como si le hiciera la traba a la otra.
Tenía que caminar con cuidado. No era sólo esa dificultad, también estaban las sensaciones distintas de cada parte de mi cuerpo al trasladarse. El torso percibía que estaba yendo hacia atrás, la cabeza hacia adelante. Las piernas sabían la dirección, aunque cada una había perdido contacto con la otra.
Pero pronto me acostumbré. Me acostumbré tanto que puedo ir a cualquier velocidad sin problemas. Es como si hubiera aprendido a caminar otra vez. Y ahora aprendí mejor. Cada paso parece como si estuviera bailando. La gente por la calle me mira asombrada. Aunque no sé si es por mi manera de caminar, o porque ando con los brazos hacia atrás.

Pie de lado

Venía manejando por la ruta. Al entrar al camino puse quinta y no fue necesario cambiar la marcha durante doscientos kilómetros. Iba regulando la velocidad con el pie derecho, mientras el izquierdo se quedaba inactivo a la izquierda.
A medida que avanzaba en la ruta, fui notando una cierta inquietud en el pie izquierdo. Se me iba hacia el embrague. Yo lograba detenerlo antes de que llegara a pisarlo, pero se me hacía cada vez más difícil. Me dí cuenta de que el pie izquierdo estaba aburrido y tenía ganas de hacer algo. No sé bien cómo me dí cuenta, supongo que tengo alguna conexión intuitiva con mi propio cuerpo.
A mitad de camino, paré en una estación de servicio para estirar las piernas. De paso, le daría un uso al pie izquierdo. Pero no le era suficiente. Cuando quise caminar, me encontré con que estaba dormido. Pero no era la misma sensación habitual del pie dormido, era algo distinto. Lo miré y vi que sólo lo fingía, mientras me lanzaba una expresión triste a través del zapato.
Lo comprendí. Estaba celoso del pie derecho, que además de ser el más hábil era el que estaba teniendo toda la acción. Y cuando me bajaba para darle uso al izquierdo, el derecho hacía lo mismo. El pie izquierdo opinaba que era poco equitativo y me exigía que hiciera algo. Noté una gran firmeza en su postura. Supe que iba a tener problemas para seguir si no lo compensaba.
Entonces me senté en el auto con los pies hacia afuera. Me saqué los zapatos, las medias y los pies, y me puse cada uno en la pierna opuesta. De esta manera podría acelerar con el pie izquierdo y dejar descansar la otra mitad de la ruta al derecho.
El pie izquierdo no puso resistencia. Estaba contento, y el derecho también porque podía descansar. Hice así los doscientos kilómetros que faltaban. Fue tan placentero que me olvidé de las disputas de los pies. A tal punto me olvidé que al llegar me bajé del auto, pisé mal y me caí sobre la vereda.
Caminé medio chueco hasta que llegué y volví cada pie a su lugar. El pie izquierdo, agradecido por el esfuerzo, a partir de ese día no sólo ganó en habilidad, sino que se esmeró mucho más que antes en cada paso. Por el coraje para luchar por lo suyo, se convirtió en mi pie favorito.

Tengo para rato

¿Qué es eso de aceptar la muerte? No, señores, conmigo eso no va. Entiendo que sea algo inevitable. No está bien, sin embargo, que uno la abrace ni que la espere. Por lo menos presentemos batalla.
Al fin y al cabo, se supone que no seguiremos existiendo en ninguna forma una vez producida la muerte. Sí, algunos dicen que el alma se eleva a algún lado o algo así, y me gustaría creerles, pero la evidencia apunta a lo contrario. Entonces, si es inevitable mi inexistencia, pienso postergarla todo lo que pueda.
Antes de los 100 años no me pienso morir. Y tampoco a los 100, porque sería un número demasiado redondo. Sería demasiado fácil para los que hagan biografías, y una concesión un poco exagerada hacia el sistema decimal. Y pienso llegar perfectamente sano a esa edad, no hace falta estar postrado en ninguna parte.
Tampoco pretendo que se me destaque por la capacidad mental para un hombre de mi edad. No, la idea es llegar lo más bien, y que quienes no sepan cuántos años tengo no se den cuenta de que están tratando con alguien que en presencia condescenderían.
No entiendo a los que se conforman con poco. Dicen “70 años está bien”. Minga. 100 años está mejor que 70. Alguno podrá decirme que no aspiro a algo suficientemente largo, que podría aspirar a 150, y por ahí tienen razón. Pero no aspiro sólo a llegar a 100, aspiro a pasarlos, y quién sabe qué avances habrá de acá a que tenga esa edad. En una de ésas para entonces tener 100 no es ser tan longevo, y podré aspirar a algunas décadas más sin demasiado problema.
Pero aparte, mientras más demore mi estadía, más probabilidades hay de que la ciencia encuentre alguna forma de mantenerme aún más de lo que es biológicamente posible. En una de ésas para cuando tenga 100 se haya inventado alguna especie de alma artificial, o alguna forma de preservarme de manera que tenga conciencia.
Porque ése es el asunto: no tener más conciencia. Puedo dejar una obra inconmensurable, un legado sensacional, pero no es mucho consuelo una vez que no existo. Shakespeare no está orgulloso de su vigencia, porque no puede. Me gustaría poder, aunque sea, ver cómo andan las cosas. No necesariamente intervenir. Tampoco quiero volver como un espectro a asustar a la gente.
Pero eso no sé si ocurrirá. Por el momento, lo único que espero es tener la oportunidad de seguir viviendo muchos años más. Ahora voy a ver qué hago en esos años.

Patas calientes

El mar resplandecía. Me tiré boca abajo al sol y me quedé dormido. Antes me había puesto protector para poder dormir tranquilo y despertar de otro color.
Al terminar la siesta, descubrí dónde me había olvidado de colocarme protector. Las plantas de los pies me ardían como nunca. Yo creía que la piel gruesa de ese sector era suficiente barrera, nunca vi a nadie ponerse crema ahí. Sin embargo, me equivoqué.
Quise irme de la playa para buscar alguna crema correctora en la farmacia. Pero al pararme, el contacto de mis pies quemados con la arena caliente fue tan impactante que, casi sin darme cuenta, empecé a saltar por toda la playa para evitar tocar el suelo.
Sin quererlo, el movimiento de los pies me hizo correr por la playa. Corrí y corrí, sin poder elegir la dirección, porque cada paso era un reflejo. La gente se movía para evitar que la pisara. Algunos intentaron tacklearme y fueron burlados por la velocidad de mis movimientos instintivos. Quería tirarme al suelo para parar, pero sabía que si me arrojaba de cuerpo entero sobre la arena caliente iba a ser peor.
Entonces seguí la involuntaria carrera paralela al mar. Vi pasar los balnearios, las ciudades. No sabía dónde iba a terminar. Pensé que si llegaba a la Patagonia, tal vez ahí hiciera suficiente frío como para que el reflejo se desactivara. Pero era lejos.
A la tardecita llegó la solución. Se me había ocurrido, pero como venía corriendo por la playa sin poder elegir hacia dónde, no había podido llevarla a cabo. Sin embargo, los procesos naturales me ayudaron. La marea creció, y el mar cubrió la playa. Cuando las olas taparon mis pies, el frío del agua me produjo el alivio más grande.
Me quedé ahí un rato, descansando, mientras de mis pies sumergidos surgía una columna de vapor.