Visita inesperada

El texto se desarrollaba con normalidad. Plácidamente, las palabras se convertían en frases al sucederse. Todo ocurría en forma tranquila, sin asperezas. Se trataba de un texto placentero, sin problemas, relajado. Un texto que se podía disfrutar al leerlo y también al escribirlo.
Hasta que, de repente, apareció el conflicto. Esta aparición llevó al texto por un torbellino de ideas. Lo que se había establecido antes fue modificado, lo cual causó una profunda inestabilidad en el resto de los elementos que formaban el texto.
Era la voluntad de los distintos elementos terminar con el conflicto. Pero no era una tarea fácil, porque se había incrustado en el texto con gran velocidad. Era mucho más fácil insertarlo que retirarlo, porque si se lo sacaba mal podía producirse un daño importante no sólo en los alrededores, sino indirectamente en todo el texto. Era posible que se arruinara todo.
Entonces hubo que urdir un plan. Había que vencer al conflicto. Se necesitaba la voluntad de todos los elementos. El texto debía volver a estar unido, sólo así podría salir de la situación en la que estaba metido. El problema era que había distintos planes para sacarse de encima al conflicto. Algunos involucraban esfuerzos menores por parte de muchos elementos, otros ponían la responsabilidad en la trama y en los personajes. Esto constituía un segundo conflicto, que debía ser resuelto para poder conseguir la unidad deseada.
Finalmente se llegó a un acuerdo. Se decidió un plan híbrido. En efecto, personajes y trama iban a tener que definir los lineamientos principales de la lucha contra el conflicto, pero todos los demás elementos debían cooperar para poder llevar adelante el combate. De otro modo, un elemento que no tirara para el mismo lado podía resultarle útil al conflicto para retrasar su retirada.
Así que todo el texto tomó coraje y, a la cuenta de tres, de un gran esfuerzo literario resolvió el conflicto, de modo que no le quedó ninguna rendija para seguir molestando al texto. Al conseguirlo, los elementos festejaron el triunfo, pero acordaron que debían ser vigilantes para que no les volviera a pasar.
Durante todo el resto del texto, el clima volvió a ser plácido y tranquilo. Y aunque ya no era el mismo que antes, pudo tener una existencia pacífica hasta el final.

Cola de serpiente

Una serpiente hambrienta deambulaba por el desierto en busca de comida. Era una búsqueda complicada porque el desierto ofrecía una abundante escasez de pequeños animales aptos para el consumo del reptil. La serpiente tenía tanto hambre que apenas podía arrastrarse en la arena.
De repente, al darse vuelta divisó algo que se movía. Pensó que podía tratarse de un espejismo, pero miró mejor y volvió a moverse. La serpiente se relamió y se acercó sigilosamente hasta que comprobó que se trataba de su propia cola.
Decepcionada, la serpiente apoyó la cabeza en la arena. Pasaron algunos minutos, luego algunas horas, sin que apareciera una presa. En un momento la serpiente sintió la tentación de comer su propia cola. Pero no estaba segura.
Lo pensó un rato. Analizó pros y contras. Por un lado, su propia cola sin duda contenía nutrientes que en ese momento le eran indispensables. También pensó que con menos cuerpo que sostener podría vivir un rato más. Pero, por otro lado, no sabría encontrar el final de la cola. Existía el riesgo de comer más de lo aconsejable. Incluso estaba el riesgo de comerse toda y desaparecer de la faz de la tierra.
Al fin decidió que no tenía mucha opción. No había otro ser vivo en la cercanía. Llevó su cabeza hasta su cola y la mordió. Su intención era evitar inyectarse veneno, pero no llegó a esa instancia porque el cascabel de la punta de su cola le rompió los dientes.
La serpiente, derrotada y con menos chances de conseguir comida, decidió dedicar las energías que le restaban a buscar la costa para encontrar algún animal blando.

Me miré sin verme

Algún tiempo después de nacer, me miré por primera vez en un espejo. No me reconocí, porque no estaba muy enterado de que yo tenía apariencia, ni de cuál era. Pero de inmediato noté algo extraño con esa figura que se movía más o menos del mismo modo que yo.
No se me ocurrió sospechar que podía ser yo. Ahora parece obvio, pero cuando uno no tiene el concepto es difícil. Nadie me había informado acerca de su existencia y funcionamiento, seguramente porque pensaron que era muy chico y no iba a entender.
Después de todo, no tenía mucha noción de la luz. Sí tenía de la oscuridad, porque a la noche tenía miedo. Y cuando se prendía la luz lo que se conseguía era la ausencia de oscuridad. Con el tiempo me enteré de que era al revés.
Sin embargo, la figura que se movía igual que yo seguía haciéndolo. Algo pasaba en esa superficie vertical. Cuando yo gritaba, la figura también, pero en silencio. Podía ser alguien que me imitaba, aunque no sabía de nadie que estuviera en casa para hacerlo, ni conocía a ese extraño.
En ese momento se hizo presente mi tío Abelardo, y en el espejo que yo miraba apareció otro. El tío me venía a buscar porque se ve que me había escabullido de alguna reunión familiar que, a juzgar por lo que son ahora, debía ser bastante aburrida. Le pregunté quién era ése que estaba en el espejo. El tío se echó a reír y me dijo “ése sos vos”. Le pedí que me hablara en serio, pero se limitó a alzarme para llevarme al lugar de donde me había escapado. Cuando nos alejábamos, vi cómo la copia del tío en el espejo se llevaba a la figura que me imitaba, y empecé a sospechar que tal vez lo que me había dicho era cierto.
Con el tiempo supe que era, nomás, y comencé a ver a ese día como el que me conocí. Gracias a eso ahora puedo encontrarme en fotos. De todos modos, cada vez que paso por un espejo me miro con detenimiento, a ver si la figura que me imita comete algún error. Todavía me queda la vaga noción de que hay algo escondido en todo esto.

Efecto Doppler

Cuando voy parece que vengo. Esto se compensa cuando vengo, pues en esas circunstancias parece que voy. Cuando estoy quieto parece que estoy en movimiento. En cambio, cuando me muevo no parece que esté quieto. En su lugar, se abren dos opciones. Si cuando me muevo me alejo del que me mira parece que me acerco, y si me acerco parece que me alejo, como ya se ha dicho.
También pasa esto con los demás. Cuando se alejan de mí parece que se acercan, y cuando vienen parece que van. Si yo me acerco pero ellos están quietos yo los veo alejarse, pero cuando yo estoy quieto y ellos se alejan ellos no ven que me acerco, porque tienden a estar de espaldas.
Todo esto hace que yo esté muy aislado de la sociedad y me ha perjudicado mucho en mis relaciones sociales. Cuando trato de encontrarme con alguien, ese encuentro puede darse pero ninguno de los dos se da cuenta, dado que mientras más cerca estemos más lejos parece que nos encontramos. Y cuando me alejo de alguien parece que me acerco, lo mismo que cuando alguien se aleja de mí. Eso hace que cuando yo veo a alguna persona cerca y trato de hablarle no me conteste, porque en realidad está muy lejos. Y conjeturo que lo mismo ocurre cuando me tratan de hablar a mí, si es que lo hacen, y debo quedar mal.
Cuando me miro en un espejo ocurre un fenómeno más complejo. Al acercarme, la figura reflejada debería alejarse, pero como en el espejo las cosas se ven al revés, la figura se acerca mucho más de lo que me acerco yo, y me obstruye la vista. Entonces debo alejarme, pero ese alejamiento se potencia y la imagen se aleja demasiado como para que yo la vea.
Existe un punto, que marqué con amarillo en el suelo, que es el único donde los distintos efectos permiten que me vea en el espejo. Pero me veo borroso, porque mi miopía me impide tener una visión clara de lo que está a esa distancia. Por eso quise hacerme anteojos, pero los oftalmólogos no se enteraban cuando me acercaba. Sí me veían cuando me alejaba, pero no podían hacerme el análisis ocular correspondiente, por lo que no me recetaban nada. Pero el hecho de que veían a alguien que no estaba ahí parece que les llamó la atención, y ahora los físicos están interesados en investigar el fenómeno óptico que me afecta. Yo estoy dispuesto a colaborar con los estudios, si alguna vez me encuentran.

Consumo humano

Theobald von Fehrenbach puso un aviso en el popular sitio web craigslist.de, en el que pedía un voluntario para ser asesinado y consumido por él. El aviso aclaraba que cada uno de los actos debía ser consensuado y el interesado debía ser mayor de edad.
Varias personas respondieron, la mayoría por curiosidad. Algunos tenían la intención de someterse al asesinato y consumición. Con la mayoría no llegó a ponerse de acuerdo y algunos se arrepintieron. Sin embargo, uno de ellos se llevó bien con Theobald y ambos hicieron una cita para llevar a cabo aquel acto. Acordaron encontrarse un domingo a las 20 en la casa de Theobald, que tenía las herramientas necesarias y un cuarto acondicionado para la ocasión.
Cuando llegó la hora pactada, Theobald estaba ansioso. Cada ruido que había en la calle le hacía pensar que se trataba del joven Heinrich. Pasaban los minutos y la víctima tardaba en llegar. En un momento sonó el timbre y Theobald saltó de alegría. Atendió el portero y resultó ser un mormón. Theobald le dijo que no estaba interesado, pero en seguida recapacitó y le preguntó si no quería ser comido por él. El mormón salió corriendo.
Cuando se hicieron las 11 de la noche quedó claro que Heinrich no iba a acudir a la cita. El plan de Theobald estaba arruinado. La salsa marinara que había preparado para disfrutar la carne de su amigo iba a tener que desperdiciarse en un vil pedazo de vaca, al igual que las papitas al horno.
Theobald se empezó a comer las uñas por la frustración que sentía. Y al notar que tenían buen sabor tuvo una idea. Pensó que, después de todo, no tendría que desperdiciar la salsa, tenía una cantidad de carne humana a su disposición, y la había tenido siempre.
Se convenció de que podía comerse a sí mismo. Le pareció una buena idea para no arruinar la noche. Tomó una cantidad importante de analgésicos para evitar el dolor y buscó su cuchillo de carnicero.
Arrancó por los pies, que no tenían mucha carne. Luego cortó su pierna izquierda y la cocinó con la salsa marinara. Agregó un poco de romero para darle mejor sabor. Cuando estuvo lista se sentó a la mesa y saboreó la pierna. Era mejor que lo que esperaba. Cuando terminó la pierna se comió el tendón de la rótula, usando a la rótula misma como utensilio. La encontró deliciosa y cuando terminó se alegró de tener otra rótula, la cual consumió inmediatamente. Luego comió la otra pierna.
Al terminar la otra pierna se cortó los muslos y genitales y los mandó a la heladera. Agarró las muletas que tenía preparadas para Heinrich y las usó para conducirse a la cama.
Cuando se despertó, el charco de sangre que adornaba sus sábanas lo hizo acordar de que todavía le quedaban partes propias para comer. Fue hasta la cocina, prendió el horno y saló los muslos. Cuando el horno tuvo una temperatura adecuada los puso y seteó el timer de la cocina para que le avisara a los 35 minutos. Mientras, se hizo sus genitales a la provenzal, pero se le quemaron y quedaron demasiado deteriorados como para consumir.
Cuando sonó la chicharra supo que era hora de ir a la mesa. Llevó un buen porrón de cerveza y la fuente con sus muslos. Los comió asados con salsa barbacoa.
A continuación tomó otra dosis de analgésicos y se sacó el bazo, que fue molido y espolvoreado como queso rallado en lo que le quedaba del último muslo (por una verruga notó que había sido el muslo derecho).
No quiso comer sus intestinos, le dio un poco de asquito. Aunque su debilidad por las mollejas no le impidió probar la suya. Le dio antojo de volver a probar tendón de rótula, y se lamentó de haberse terminado ambas la noche anterior. Pero, pensó, aún le quedaban dos codos. Entonces cortó el codo izquierdo usando su mano hábil (la derecha) y la preparó con salsa. Se preparó también el antebrazo, ya que estaba.
Cuando terminó el antebrazo y el codo agarró un cuchillo curvo y se practicó un agujero en el cráneo, con la ayuda de un espejo que tenía convenientemente colocado en la cocina. Una vez hecho el agujero sacó algunos trozos de cerebro con una cuchara, cuidando de no dañar su capacidad cognitiva.
Se dio cuenta de que no la había dañado cuando tuvo una idea que le pareció brillante. Podía comer su estómago y de esta manera comería dos veces algunas de sus partes. Entonces se extirpó el estómago y lo preparó a la plancha.
Al terminar de comerse el estómago notó que tenía problemas para digerirlo. Pensó que había comido demasiado y decidió tomarse una siesta. Fue hasta la cama con dificultad e hizo algo parecido a lo que, si hubiera estado completo, se habría llamado acostarse. Al rato se durmió profundamente y nunca más se despertó.

Duros de pasar

Dos amigos se habían citado a tomar el té en un conocido bar londinense. Ambos eran en extremo educados, y no tenían intención de llegar tarde. Por eso decidieron estar en el lugar exactamente cinco minutos antes de la hora acordada. La determinación de los dos hizo que se encontraran en la puerta.
Se saludaron con un firme apretón de manos. Hablaron sobre el clima de ese día. Luego ambos se invitaron a pasar. Como los dos eran muy amables, cada uno quiso que el otro entrara primero. Lo indicaron extendiendo el brazo hacia la puerta. Uno de ellos extendió el brazo derecho, el otro el izquierdo.
Ninguno de los dos quería cometer lo que veía como falta de tacto, aceptar la invitación del otro. Entonces ambos insistieron en que fuera el otro el que aceptara la suya y pasara antes. Pero por el mismo motivo no llegaron a un acuerdo.
Se quedaron parados frente a la puerta esperando que el otro hiciera algún sutil movimiento de claudicación para poder proceder a tomar el té. Los parroquianos que iban llegando pasaban entre los dos y entraban.
Comenzaron a transcurrir las horas. Los dos amigos seguían firmes en la puerta del bar, determinados a no entrar primero. El dueño del lugar se ofreció a resolver la diferencia mediante el azar, pero ambos se negaron. Opinaban que entrar antes que su compañero de té era una descortesía.
Pasaron los días, luego los meses y los años, y los hombres seguían inmutables en su invitación mutua. Ya los habitués del lugar los consideraban parte del paisaje.
El tiempo transcurrido sin entrar y sin moverse fue desgastando la vida de los dos amigos, que de todos modos no abandonaban la amabilidad para con el otro. A medida que avanzaban los días iban perdiendo materia orgánica, y el hollín de las calles londinenses los iba cubriendo sin que ninguno atinara a nada.
Ninguno de los dos hombres se movió nunca. Décadas después de aquel día en el que se citaron a tomar té, aún siguen en la puerta. Nadie recuerda quiénes eran. Todos los que los conocían han muerto. Los actuales habitués del bar, sin otra información que lo que ven, los consideran dos estatuas que ornamentan la entrada.

Umbrales

Subí a un umbral. Creí que estaba llegando, que me esperaba un mundo mejor, o por lo menos algo distinto. Pero no fue así. Para mi sorpresa, me encontré con otro umbral.
Entonces subí al otro umbral. Ahora sí, pensé, ha llegado el momento que estaba esperando. Iba a pasar del blanco y negro al color. Iba a convertirme en una persona mejor luego de dar aquel paso. Sin embargo, el umbral sólo conducía a un tercer umbral.
Decidí que, ya que la vida me había llevado hasta ese lugar, me debía a mí mismo subirlo. Al hacerlo, podría encontrar la respuesta a todas las preguntas de la vida, podría tener revelaciones nunca imaginadas por nadie, podría ver el mundo de otra manera. Lo subí entusiasmado, sólo para encontrarme con un umbral más.
Fastidiado aunque optimista, lo tomé como un desafío. ¿Quién podía saber adónde me conduciría ese umbral? Estaba claro que me iba a elevar, y tal vez esa pequeña diferencia de altura en mi cuerpo tendría efectos inconmensurables en mi alma. Era dudoso que ocurriera algo así, pero no podía dejar pasar la oportunidad, por más pequeña que fuera. Entonces subí al umbral.
Al apoyar los pies en ese umbral, vi que lo seguía otro.
Decidí que debía subir ese nuevo umbral aunque no me llevara a ninguna parte. “El camino es la recompensa”, y me vi inmediatamente recompensado con un nuevo umbral para seguir caminando.
En ese momento comprendí lo que ocurría. Supe que en vez de dar pasos sobre umbrales estaba subiendo una escalera. Era así. Miré hacia atrás y vi la escalera con una claridad inmensa, como nunca había visto nada en mi vida. Pensé que tal vez esa revelación, a esa altura de mi existencia y de la escalera, era trascendente. Era posible que mi intención de subir un umbral y la acción sucesiva de terminar en una escalera tuvieran un significado profundo para mi vida. Tal vez subir esos escalones era, en algún sentido, lo mismo que vivir. Me encontraba en la escalera de la vida.
Entusiasmado, decidí que debía seguir subiendo. Levanté mi pie derecho para subir no ya un umbral sino el siguiente escalón, y me propuse pisar con firmeza, aferrado a la vida y a la armonía con mi entorno.
El entusiasmo me había generado tanto impulso que quise seguir subiendo. Al dar el último paso busqué un escalón que no existía, pisé en falso y me caí. Fue en ese momento cuando supe que estaba en el final de la escalera. Ya no había más escalones para subir.