Ejecución tensa

Luis XVI se dirigía al patíbulo. La guillotina estaba preparada. Su buen funcionamiento había sido certificado horas antes por un notario público. Se vivía el momento más tenso de la historia de Francia. Aunque todos los reyes anteriores habían muerto, no era frecuente que el monarca fuera ejecutado. La inusual situación provocaba mucho nerviosismo en el país.

El más tenso, aunque intentara mostrarlo como gallardía, era el rey. De cualquier manera la tensión era palpable en todo el trayecto desde la cárcel hasta el patíbulo. Algunos tenían miedo de que la conexión entre el rey y la divinidad fuera cierta y gracias a ella el rey pudiera hablar luego de que se le cortara la cabeza y arengara al pueblo para que se levantara contra la Revolución. Otros temían que el rey, antes de someterse al castigo, motivara a los presentes con su oratoria.

Pero nada de eso ocurrió. El pueblo acompañó el trayecto hacia el patíbulo con un silencio que mostraba el respeto por la investidura del rey y también dejaba percibir la tensión extrema del momento. El rey permanecía con la frente en alto.

Cuando llegó el momento de llevar a cabo la condena, el verdugo guió al rey hasta la guillotina. No era una ejecución más para el verdugo. En general el condenado estaba nervioso, pero esta vez eran ambos. Con hidalguía, el rey se colocó en la guillotina, se ajustaron los últimos detalles y se ordenó la caída de la cuchilla. La canasta esperaba el instante de recibir a la cabeza del rey.

La cuchilla comenzó a caer, y en ese momento ocurrió algo extraordinario. La tensión del entorno se había transmitido al cuerpo del rey, y su cuello estaba tan duro que al entrar en contacto con la cuchilla la partió en dos.

Los asistentes expresaron su estupor por lo ocurrido durante unos segundos. Inmediatamente se ordenó a la policía dispersar a la muchedumbre, para evitar nuevos inconvenientes. El rey se sorprendió por haber vencido a la guillotina. Sonrió en secreto mientras se cambiaba la cuchilla por una de repuesto.

Cuando estuvo lista, el rey fue acostado de nuevo en la máquina. Aceptó las instrucciones con confianza. Creía que la nueva cuchilla también se iba a partir, y por eso se relajó. El cuello relajado permitió el buen funcionamiento de la cuchilla, y Francia se quedó sin rey.

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