Mar dulce

El derrame de petróleo en el Océano Índico fue el desastre ecológico del año. El barco que lo transportaba perdió el sentido de la dirección y chocó contra la torre de la plataforma petrolera donde había sido cargado. La robusta construcción del barco impidió que se derramara el contenido, pero el accidente dañó la estructura de la plataforma, y el petróleo empezó a fluir sin control hacia el océano.
Pocos días después, la marea negra llegó a la costa. A su paso, manchó a toda clase de animales. Las aves acuáticas no pudieron volar. Los peces se volvieron más pesados. Las tortugas que se acercaban a la costa ponían huevos cubiertos de negro. El delicado equilibrio ecológico de la zona corría peligro. Era necesario hacer algo para solucionar el desastre antes de que se extinguieran especies cruciales.
Afortunadamente, la solución a los derrames de petróleo ya había sido inventada. Laboratorios especializados habían desarrollado una bacteria que se alimentaba de petróleo. Una variante de esta bacteria, los verdes enzolves, era muy exitosa comercialmente como parte de productos de limpieza. Para solucionar el problema, sólo era necesario liberar a las bacterias en la zona del desastre. Ellas se encargarían del resto.
Y así fue. Se esparció una cantidad de bacterias, que rápidamente, por tener abundancia de comida, se multiplicó. El mar estaba cubierto de petróleo que estaba cubierto de bacterias. Ellas, voraces, devoraban cada partícula negra y después buscaban otra.
Rápidamente, entonces, el petróleo fue desapareciendo. Esto no fue una buena noticia para las bacterias, que ahora eran muchas y no tenían comida. Empezó a haber presión evolucionaria. Las que mejor se adaptaran a conseguir el magro petróleo disponible sobrevivirían y pasarían sus genes a la siguiente generación.
Pero eran tantas las bacterias, tantos los linajes, que algunos mutaron en formas diferentes. Uno en particular resultó muy adepto a la consumición de sal. Como este alimento era especialmente abundante en los océanos, esas nuevas bacterias se expandieron por todos lados, devorando a cada paso la sal del agua.
Gracias a esas bacterias, se ha solucionado inadvertidamente el principal problema a futuro que tenía el hombre. Ahora casi toda el agua de la Tierra es potable. Sólo quedan con agua salada escasos mares no conectados con los océanos, como el Caspio. Son reliquias de tiempos pasados, en los que el hombre estaba a punto de agotar las reservas de agua dulce, hasta que logró contar con un aliado sorpresivo.

Copia de respaldo

Nunca quise teletransportarme. La idea de una máquina que me desintegre y transmita datos para volver a formarme en otro lado no me resulta atractiva. Pienso que el que aparece en el destino no sería yo. Aquellos que se teletransportan pierden su identidad al hacerlo. Aunque en realidad no. Pierden su cuerpo. La identidad es lo único que conservan.
Por eso prefiero transportarme con medios más tradicionales. Sé que parezco uno de esos tipos que no querían viajar en avión habiendo barcos. Pero soy así, qué quieren que haga. Igual somos unos cuantos. Por suerte la industria aeronáutica todavía se sostiene, aunque no es lo que era. Como hay pocos aviones circulando, hay mucha gente en cada uno. Hay poco lugar, tenemos que viajar parados. El transporte aéreo es para los pobres. La gente que puede ahorrar un poco de plata elige siempre teletransportarse, debido a sus ventajas innegables.
A mí me sigue gustando apoyarme en el respaldo, dejarme levantar por el aire y ver el suelo lejano bajo mis pies. Sé que muchos lo consideran innecesario. Pero piénsenlo, tiene algo especial. Además, me parece menos riesgoso que los métodos modernos.
Sé lo que van a decir. El teletransporte es el método más seguro que existe. Las mejoras en transmisión de datos en los últimos años han sido espectaculares. Ya no existen las mezclas de ADN que se producían en una época. Hace varias décadas que ocurrió la última teletransportación en la que el pasajero llegó con tentáculos en vez de brazos. Lo reconozco. La tecnología ha mejorado. Ahora hay redundancia en los paquetes de información, y la transmisión digital hace que llegue todo tal como fue enviado. Pero lo que llega sigue siendo una copia. El original perece en el telepuerto de origen. Entonces es mucho más seguro ir en avión, por más que haya accidentes cada tanto, porque de la otra manera dejo de existir seguro.
Pero, además, tengo otro tipo de resguardo. No me cierro a la tecnología. La plata que me ahorro al viajar en avión la derivo a una aplicación parcial de la tecnología del teletransporte. Todos los años hago una copia de seguridad de mí mismo.
Lo único que tengo que hacer es la primera parte del proceso del teletransporte. La máquina me escanea. Pero no transmite mis datos, ni me destruye, sino que a continuación hago que guarde en un disco rígido esos datos. Me llevo ese disco y lo guardo en un lugar seguro, previo back up. De este modo tengo dos copias de mí mismo, por si llega a pasar algo.
Entonces, si el avión en el que viajo se llega a caer, en mi testamento hay instrucciones para que se active la otra parte de la máquina, y se materialice la copia. Que, es cierto, sigo pensando que no sería exactamente lo mismo que yo, pero es mejor que haya una copia exacta de mí mismo que dejar de existir redondamente.
Esto tiene otras ventajas. Por ejemplo, si me llegan a descubrir alguna enfermedad prevenible, no tengo por qué molestarme en hacer el tratamiento. En su lugar, no tengo más que abrir una de las copias viejas, de antes de desarrollar la enfermedad, y activarlo. Tengo que reemplazarme por él, porque no es cuestión de que haya dos copias de mí. Pierdo las experiencias que he tenido desde el día que hice ese back up en particular, pero gano en salud y en juventud. Para prevenirme de cualquier tipo de dificultades que pueda enfrentar, una vez por mes escribo una carta dirigida al yo del pasado que puede reemplazarme en el futuro. Detallo ahí lo que he vivido en esas semanas. No puedo transmitir los recuerdos originales, pero por lo menos una copia escrita es mejor que la no existencia.
Así no sólo voy a mantener la salud. También la juventud. Si quiero, puedo no pasar nunca los treinta años. Y lo más importante no es mantenerme en salud, es seguir vivo. Al reciclar mi cuerpo, puedo ir teletransportándome de época en época, de a saltos. Así, voy a poder vivir muchos siglos. Incluso voy a poder elegir qué edad tener en cada uno.
Las copias digitales son inagotables. Puedo volver a usarlas todas las veces que quiera. No pierden calidad en cada generación. Así que puedo estar eternamente como nuevo, listo para enfrentarme a lo que cada siglo futuro quiera poner en mi camino. Y sin miedo de morir en el intento.

Planetario al aire

La falta de mantenimiento finalmente hizo que la cúpula del Planetario se cayera. Las butacas originales de 1966 fueron deshechas por los cascotes curvos, que cayeron sobre la sala como si fueran meteoritos.
Sin embargo, el proyector no sufrió daños. En un testimonio a la calidad del Zeiss, sólo sufrió algunos percances menores, fácilmente reparables. Pero no había planetario donde proyectar las imágenes. El director del complejo, no obstante, declaró que “el espectáculo debe continuar”.
Se resolvió arreglar el proyector para tenerlo en condiciones para cuando se pudiera reconstruir el edificio, o para llevarlo a otro lado. El proceso de reparación demandó pruebas, y gracias a ellas el director del Planetario tuvo una idea ambiciosa.
Decidió que, después de todo, para contemplar el espectáculo de las estrellas no hacía falta el edificio. Se las podía proyectar hacia arriba. El cielo era un gran Planetario. Y, ya que las estrellas eran muy difíciles de ver en la ciudad, la asistencia del Zeiss podía permitir su regreso.
Así, los espectáculos diarios del Planetario fueron vistos por todos los que estuvieron dispuestos a mirar hacia arriba. Se proyectaba el cielo como debía verse en tiempo real, exepto que las estrellas se veían. Muchos las descubrieron por primera vez. No tenían idea de que hubiera tantas estrellas.
Pero con el tiempo el show se empezó a hacer rutinario. También se llegó a la conclusión de que poder controlar el firmamento era una herramienta poderosa. No hacía falta esperar todo un mes para ver la luna llena. Podía estar todos los días, y sin efectos indeseables sobre las mareas.
Además de corregir la Luna, desde el Planetario se empezó a modificar el cielo. Las condiciones geográficas ya no eran una barrera. Se podían ver estrellas del hemisferio norte con el mismo esfuerzo. Entonces todos los días Buenos Aires tuvo el cielo de una lugar distinto, como parte de la ciudad cosmopolita que era.
También se proyectaron firmamentos de otros planetas, lo que generaba paisajes extraños y atractivos. Cuando se proyectaba el cielo de Júpiter, el público se sorprendía al ver cuatro grandes lunas. Cuando se veía el de Neptuno, varios notaban con curiosidad que una de las estrellas era la Tierra donde ellos estaban parados.
Los espectáculos diarios generaron un gran interés por la astronomía en Buenos Aires, y atrajeron a muchos turistas, curiosos por conocer el cielo cambiante. Pero ese éxito fue lo que provocó su fin. Al ver la demanda astronómica por parte del turismo, el Estado decidió invertir en atracciones para ofrecer a los visitantes extranjeros. El proyecto más evidente era reconstruir el Planetario, porque no podía haber una gran capital que no tuviera, sobre todo una que se estaba caracterizando por la astronomía.
Entonces se liberó el presupuesto para hacer de nuevo la cúpula del Planetario, pero esta vez más moderna y espectacular que antes. El proyecto se concretó, y el edificio se convirtió otra vez en un hito de la ciudad, pero el proyector Zeiss quedó atrapado adentro, y la ciudad perdió sus cielos estrellados.

Bajo la lluvia

I. El paseo de los paraguas
Los días nublados la gente saca a pasear a los paraguas. No es ése su objetivo, sino obtener protección para el caso de que llueva. Y cuando la lluvia se produce, todos están contentos de haberse preparado. Los que no se dieron cuenta de llevar paraguas envidian a los que portan uno, que caminan satisfechos por su previsión.
Aquellos que salen a la calle sin paraguas no buscan colocarse bajo la protección de alguno. Ponen excusas para no tenerlo. Dicen preferir mojarse, dejarse llevar por la naturaleza. O directamente proclaman la inutilidad del paraguas, señalando los pantalones mojados de quienes los portan tan orgullosamente. Estos argumentos a veces son compartidos por los paragüistas, que sin embargo no abandonan su techo portátil. Sienten que vale la pena no tener que secarse la cara a cada rato, encima sin saber con qué, porque cualquier ropa se moja con la lluvia.
El paraguas implica algunas molestias. Cuando está lloviendo, el cruce frontal de dos paraguas necesita una serie de protocolos. En general uno de los dos, preferentemente el más alto, levanta el suyo para indicar al otro que lo deje quieto o lo baje. Pero muchas veces ninguno se da cuenta y se chocan, acción que moja a ambos, y puede ocurrir que al menos uno de los dos sufra un pinchazo.
Sin embargo, estos problemas son menores comparados con la solución que un paraguas ofrece para la lluvia. Aunque es necesario un nivel de intensidad mínimo para que valga la pena exponerse a todas esas molestias. Muchas veces hay lloviznas en las que es preferible mojarse a activar toda la parafernalia. Ese nivel mínimo varía según las preferencias de cada uno. Los que nunca llevan paraguas puede interpretarse que tienen su tolerancia al agua tan elevada que jamás llueve lo suficiente como para que juzguen útil tenerlo a mano. Esto no significa que esas personas prefieran mojarse siempre, sino que son tan raras las ocasiones en las que se mojan tanto como para desear un paraguas, que no amortizan los distintos costos que uno implica.
El mayor problema se genera los días que no llueve, pero parece que va a llover. En estos días mucha gente sale armada de paraguas para prepararse, y terminan acarreándolos hasta el regreso. Los modelos más chicos, que entran en una cartera o mochila, no tienen ese inconveniente. Incluso se pueden dejar en dicha cartera o mochila para tenerlos a mano los días de lluvia. Esto permite no tener que decidir cada mañana si vale la pena llevarlo o no. El día que llueve, se saca y se usa. Son ésos los momentos de peligro: el paraguas se debe secar antes de volver al bolso, y cuando fue usado hay que acordarse de volver a guardarlo, porque si no pueden pasar meses hasta la siguiente necesidad, y se puede asumir que uno está cubierto cuando no es así.
Pero no son muchos los que se dan cuenta de tener un paraguas chico. La mayoría lleva uno grande en la mano. Algunos son tan largos que están en contacto con el suelo, como si fueran bastones innecesarios. Es posible apoyarse en ellos y llevarlos con gran dignidad, como lo hacía Chaplin. Para algunos, esta ventaja compensa los problemas del tamaño. La mayoría, sin embargo, no tiene interés por la pantomima y usa paraguas medianos, imposibles de apoyar ni arrastrar, que producen una profunda irritación siempre que no está lloviendo.
Algunas personas caminan con la ilusión de que se largue a llover, así pueden usar el paraguas y dejar de pasearlo inútilmente. Vigilan el cielo para buscar algún indicio de inminencia. Una mayor oscuridad muchas veces genera expectativa. Un aumento del viento también. A veces sienten que les caen gotas y se alegran, para luego darse cuenta de que se trata de los equipos de aire acondicionado.
Acarrear un paraguas es especialmente molesto cuando la lluvia paró pero es necesario seguir andando, y el paraguas está mojado. El mismo dispositivo que permitió escaparle al agua pasa a mojar con la misma agua, generando un efecto de desplazamiento de la lluvia en el tiempo: gracias a esos paraguas, una lluvia extinta puede seguir mojando. Incluso, si el paraguas es chico, puede mojar mucho tiempo más tarde, la siguiente vez que se lo saca del bolso.
El resultado de todas las molestias de los paraguas es que mucha gente se los olvida en cualquier lado. En general sólo se dan cuenta durante la siguiente lluvia, y para entonces ya no recuerdan dónde pueden haberlos dejado. Esto genera dos efectos: 1) la necesidad de comprar otro y 2) la existencia de muchos paraguas sin dueño, disponibles para cualquiera que los agarre. Pero son pocos los que agarran paraguas ajenos.
El primer efecto es notorio los días de lluvia, especialmente cuando se larga en forma inesperada. En todos los rincones de la ciudad, los negocios sacan los paraguas del depósito y los ponen en exhibición, porque saben que ése es el momento de venderlos. Casi nadie compra paraguas sin la necesidad inmediata, precisamente por las molestias expuestas anteriormente.
Quedan, entonces, los paraguas de dominio público. En algunos lugares tienen fondos comunes de paraguas, de los que el que necesita puede sacar uno. Pero no son publicitados como tales. En general funcionan en los sectores de “lost and found”, y si alguien pide un paraguas es dirigido hacia ahí. Sólo unos pocos se dan cuenta y aprovechan para hacerse de un paraguas temporal, que pueden depositar en otro lado cuando ya no llueva, simulando olvidarlo. A veces, incluso, se producen emotivos reencuentros con paraguas propios.
II. Suelta de paraguas
La Municipalidad decidió popularizar el sistema que funcionaba de hecho. Para lograrlo, era necesario que el Estado lo tomara como propio. Así podían publicitarlo. Se establecieron puestos estatales de recolección y distribución de paraguas, verdaderas paraguatecas que permitían a cualquiera llevarse uno cuando se largaba a llover, y dejarlo cuando el tiempo mejoraba. A nadie le interesaba robar paraguas y conservarlos cuando no llovía, sobre todo cuando el sistema de distribución gratuita reducía la demanda de paraguas para la venta, entonces aprendieron rápido a no saquear los puestos. El sistema funcionaba aprovechando justamente las molestias de los paraguas.
Los comerciantes que vendían paraguas los días de lluvia hicieron oír sus quejas ante la súbita competencia del sistema gratuito. Afirmaron que el sistema estatal no era confiable, que cualquiera podía descartar paraguas rotos, que no había manera de saber la calidad del paraguas que se obtenía, ni había forma de asegurarse de que fueran a funcionar. Sin embargo, nadie les hizo caso, por dos razones. La primera era que todas esas objeciones eran ciertas también cuando se compraba un paraguas, a menos que fuera en alguna casa especializada y reputada. Y la gente que compraba sus paraguas en esos lugares no iba a usar el sistema comunitario.
La segunda razón fue que en poco tiempo el sistema estatal cayó en desuso. Había un inconveniente fundamental para hacerlo práctico: para obtener un paraguas, era necesario ir hasta el puesto más cercano. Y si se largaba a llover cuando uno estaba a pocos metros no era problema, pero nadie iba a caminar varias cuadras bajo la lluvia sólo para poder protegerse de la misma lluvia. Era más fácil tomarse algún medio de transporte, o esperar un rato bajo techo hasta que parara. Entonces las paraguatecas se convirtieron en meros depósitos de elementos molestos, con muchas más entradas que salidas.
En teoría era posible abrir más puestos, sobre todo con la cantidad de existencias en alza. Pero se juzgó que no era práctico, porque para que la gente estuviera dispuesta a ir, iba a ser necesario colocar uno en cada esquina o poco menos. Entonces se buscó una alternativa más viable.
Se necesitaba algún medio móvil de distribución de paraguas. Tal vez, se pensó, una flota de combis podía recorrer la ciudad sólo los días de lluvia. La idea era que el que quisiera un paraguas parara la combi y recibiera uno. Pero ya el tránsito en esos días era bastante dificultoso como para agregar más vehículos de detención frecuente. Se juzgó también que mucha gente iba a querer subirse a la combi en lugar de recibir un paraguas.
Entonces se pensó que tal vez no era necesario un sistema de distribución tan específico. Si se podía encontrar una forma de hacer circular los paraguas, como si en las veredas hubiera un paraducto, el sistema podría funcionar. No se podía hacer un gran caño, porque requería algún fluido para que los paraguas circularan, y aparte era una obra grande de infraestructura, para la que se necesitaban fondos que era mejor aplicar a otros proyectos.
Sin embargo, la solución básica de circular los paraguas tenía mérito. Alguien llegó a la conclusión de que los días de lluvia solía haber viento. Tal vez se podría hacer que los paraguas fueran distribuidos por el aire, y que el que quisiera uno no tuviera más que saltar y capturarlo. Después se podían depositar en buzones habilitados a tal efecto.
El proyecto tomó forma. La idea era instalar varios grandes ventiladores, y encima de ellos los paraguas de dominio público, abiertos y apoyados sobre la malla. En caso de lluvia, las turbinas se encenderían automáticamente. El aire así movido elevaría los paraguas, que luego se integrarían a las distintas corrientes naturales.
El inicio de las obras se demoró porque hacía falta un plan estratégico de ubicación de los ventiladores. Si no se elegía bien los lugares, el viento iba a favorecer a determinadas zonas en detrimento de otras. Un equipo de ingenieros y meteorólogos tardó unos meses en ponerse de acuerdo y armar la grilla definitiva.
Durante ese tiempo, surgieron numerosas protestas de distintos sectores. Se advirtió sobre el peligro de tener los paraguas volando por toda la ciudad. Existía el riesgo de que mucha gente se clavara las puntas en los ojos, o que la fuerza de un paraguas produjera graves heridas en la parte del cuerpo con la que hiciera contacto.
Se protestó también que sólo los más ágiles conseguirían un paraguas, dejando desprotegida a una parte de la sociedad. Esto era injusto, sostenía la objeción, porque los más ágiles eran los que estaban en mejores condiciones de lidiar con las consecuencias de mojarse. También se notó que los ciegos y sordos iban a tener problemas para detectar la proximidad de un paraguas volador, y por eso estarían más expuestos a los previsibles accidentes. Según los que se oponían al proyecto, la frase “alerta meteorológico” cambiaría el sentido si implicaba la inminencia del vuelo de los paraguas.
Al final, no fue ninguna de esas razones la que impidió que la distribución aérea de paraguas se concretara. La Municipalidad sostenía que las ventajas compensaban los problemas. El proyecto sólo fue detenido cuando se notó la incompatibilidad con una obra nacional de mayor envergadura. Sin embargo, las turbinas que ya habían sido construidas no se desperdiciaron. Pasaron a formar parte del sistema de ventilación del proyecto “Un techo para mi país”.

Cometa en la autopista

Un cometa se acercaba a la Tierra. Pero no iba a impactar de lleno, sino que formaba un ángulo agudo respecto de la superficie del planeta. Atravesó la atmósfera y se posicionó en sobre la autopista Buenos Aires-La Plata.
Los conductores que iban hacia La Plata vieron el cometa en los espejos retrovisores. No le hicieron mucho caso, porque estaban atentos al tránsito, aunque el brillo del cometa les molestaba. Querían alejarse lo más posible de aquel objeto brillante, entonces hacían luces a los que iban adelante para que fueran más rápido.
Pero nada superaba la velocidad del cometa, que llevaba millones de años acelerando y bajaba derecho hacia la autopista, como si fuera una pista de aterrizaje. Sobrevoló a algunos autos y cayó en la línea de puntos que dividía los dos carriles, poco después del peaje Hudson, ante la atónita mirada de los automovilistas que habían sido sobrepasados.
El cometa, debido a la rotación que venía llevando, no generó un cráter, sino que rodó por la autopista, derecho, hacia La Plata, como una bola de bowling. Lo hizo a una velocidad mucho mayor que la máxima permitida, con lo cual atravesó el camino en pocos minutos. Los automovilistas que venían por la mano contraria, al verlo, alertaron a las autoridades por teléfono, entonces se decidió evacuar todo lo que se pudiera. Por suerte, no vivía mucha gente en los alrededores de la autopista.
El problema era la ciudad de La Plata, que corría riesgo de ser exterminada por un cometa, si seguía el camino (algunos especulaban, no obstante, que se dirigía a Punta Lara). No había tiempo para evacuar la ciudad, y además la principal vía de escape era la misma autopista.
El cometa, ajeno a estas consideraciones, siguió rodando y tomó la dirección de La Plata. Se metió de lleno en la ciudad por Diagonal 74, y siguió derecho. Destruyó algunas plazas y una feria artesanal, pero por suerte no se desvió de la traza de la diagonal y siguió de largo una vez que la ciudad terminó. De modo que la ciudad de La Plata, gracias a su diseño urbano, se salvó de una catástrofe.

Diosdado

«Dios no juega a los dados con el Universo»
Albert Einstein

Dios creó el Universo, y también los dados. Creó dos de cada uno, ambos exactamente iguales. Después notó que tirar los dados no surtía ningún efecto. Entonces tuvo que crear la gravedad. Le gustó tanto, que decidió dotar de ella a uno de los universos. El otro quedó como universo de control.
Dios decidió que ese universo sería experimental. Quiso usar los dados para tomar decisiones sobre cómo marcharían las cosas. Para que las caras tuvieran diferencias, creó los números. Para lograrlos, debió crear la matemática, y le gustó mucho más que la gravedad. Entonces la incorporó al universo y la integró a su anterior invento. Dio a la gravedad un valor, insuficiente para detener su eterna expansión, pero capaz de armar interesantes combinaciones de materia.
Dios comparó sus creaciones. Uno de los universos era estático, predecible y monótono. El otro también era predecible, porque tenía orden, pero pasaban cosas. O, mejor dicho, se podía predecir que iban a pasar cosas. Además, la idea de la expansión estaba muy bien, porque permitía ampliar los límites del universo constantemente. Dios había inventado sin querer la innovación permanente. En cuanto a los dados, eran mucho más simples que los universos, pero eran capaces de contenerse en sí mismos sin ningún tipo de intervención divina. Entonces Dios vio que lo que había hecho era bueno.
A pesar de todas las creaciones que venía haciendo, todavía no había usado los dados. Determinó que tenían que tener seis caras cada uno, y colocó los primeros seis números recién creados en ellas. Así, cuando los tirara, iba a quedar del lado de arriba uno de ellos (Dios ya había creado el eje Y). No había creado la representación gráfica de los números, por lo que tuvo que usar puntos para representar cada uno de ellos. Es por eso que los dados, aún hoy, tienen puntos.
En base al número que saliera, Dios tomaría una serie de decisiones predeterminadas. Podía repetir la acción una cantidad infinita de veces para decidir cualquier cosa. Pero se encontró con un problema: los dados siempre daban el mismo número. Dios comprendió entonces que debía crear el azar. Esto daba un elemento de incertidumbre, que era exactamente lo que quería, y hacía que su omnisciencia valiera realmente la pena. Una vez creado el azar, los dados empezaron a dar resultados distintos.
Aplicó los resultados de los dados a las distribuciones de galaxias, nebulosas, sistemas solares y civilizaciones por todo el Universo. Luego comparó ambos universos. Y vio Dios que el experimental era mucho más interesante. Entonces Dios comprendió que jugar a los dados con el Universo era bueno.

Se viene el año

El año nuevo se acerca inexorable. Va cubriendo el mundo despacio, poco a poco, como el caer de la noche. Grandes porciones del planeta se van cubriendo. El año anterior es cubierto y abolido por el nuevo.
A lo largo de la línea móvil de cambio de año se oyen explosiones y se ve una luminosidad inusual. Estos eventos marcan la llegada. El año va del este al oeste a una velocidad constante.
Los que quieren escaparse deben correr hacia el oeste, pero es inútil. El año nuevo los alcanzará. Si logran superarlo, lo alcanzarán ellos por atrás. De cualquier manera, todos serán cubiertos. Nadie podrá escaparse. El año regirá a todo el mundo durante al menos doce meses.
Son pocos los que se resisten. Casi todos, incluso, festejan la llegada. Quieren recibirlo bien porque depositan esperanzas en él, sin darse cuenta de que es tan sólo un año. O tal vez se resignan, sabiendo que no pueden evitar su llegada, y ya que están le dan la bienvenida.

La vista desde el cometa

El cometa se acercaba al perihelio. Los habitantes estaban expectantes. Se consideraban una generación privilegiada, al poder conocer la luz y el calor del Sol. La órbita muy elíptica del cometa los mantenía durante grandes lapsos en los confines del Sistema Solar. Desde el último perihelio, la ciencia se había desarrollado mucho, y los habitantes estaban en condiciones de entender de qué se trataba. Había registros de la vez anterior, pero eran tan lejanos en el tiempo que era difícil distinguir el mito de la realidad.
De modo que la ciencia reportaba novedades todo el tiempo. A medida que el cometa se acercaba al Sol, se producían novedades. La capacidad de observación iba cambiando. Algunas cosas que en el lado oscuro se podían ver bien se perdían en la luminosidad reinante, pero otros objetos eran mucho más visibles, porque eran iluminados por el Sol y también porque estaban más cerca.
Así fue como los astrónomos del cometa pudieron ver que había un objeto que llevaba una trayectoria tal que iba a chocar contra ellos. Subsiguientes observaciones no dejaron dudas: ambos cuerpos chocarían a menos que se hiciera algo. Y para peor, cuando pudieron medirlo, comprobaron que el objeto que los iba a impactar era enorme, mucho más grande que el cometa y capaz de pulverizarlo en el choque. Era tan grande que tenía otro objeto subordinado, bastante más chico pero, comparado con el cometa, también muy grande y con potencial devastador.
Las autoridades del cometa se reunieron en forma urgente para ver qué podían hacer. Era preciso desviar la trayectoria o evacuar, dejar para siempre el cometa donde siempre habían vivido. Se llegó a la conclusión de que iba a ser necesario el abandono, porque no existía la tecnología necesaria para desviar el cometa. Otra opción que se contempló fue destruir de alguna forma al objeto que iba a impactar, pero se determinó que era aún menos factible con la tecnología existente.
Se hicieron planes, entonces, para evacuar. Se inició la construcción rápida de varias naves que iban a llevar a todos los individuos que entraran. No era posible sacar a todos, por lo tanto era necesario encontrar un método para elegir a quiénes iban a tener el privilegio de sobrevivir y ser testigos de la destrucción de su cometa.
Mientras se daba un gran debate público, en el que cada uno intentaba imponer un criterio en el que se salvara, los astrónomos dieron la voz de alarma. Otro objeto se acercaba al cometa, esta vez a mucha mayor velocidad.
Se trataba de un objeto alargado y puntiagudo, cuya trayectoria aparentaba venir del cuerpo que iba a impactar al cometa. La velocidad era tal que no iba a haber tiempo para evacuar. En cuestión de minutos impactaría. Los astrónomos no estaban en condiciones de predecir las consecuencias de ese impacto, por lo que los preparativos para la evacuación continuaron durante el poco tiempo restante. Sólo se vieron interrumpidos por una luz intensísima, el único síntoma que pudieron llegar a percibir de la destrucción del cometa.

Universos unidos

Dos universos paralelos corrían cada uno por su lado, ignorando la existencia del otro. Ambos eran autosuficientes, no tenían necesidad de relacionarse con otro universo para nada. Era lo mismo que el otro no existiera. Sin embargo, era una realidad innegable que existía.
De pronto, un universo perpendicular atravesó a ambos. De repente, estaban comunicados, formando una H. El hecho cambió las cosas. Los universos empezaron a perder materia, no sólo por la violencia del impacto sino porque el universo perpendicular la chupaba. Mientras más materia absorbía, resultaba más grande y poderoso.
Los dos universos se movían para intentar zafarse de la influencia perpendicular. Pero cada uno se movía por su lado, y el perpendicular usaba la fuerza de uno para zafar de los embates del otro. Así lograba mantenerse en posición para seguir creciendo. Si conseguía mantenerse durante unos pocos miles de millones de años, podría absorber el contenido de ambos y convertirse en el único universo del vecindario.
Pero los dos universos paralelos no iban a rendirse sin dar batalla. Continuaban los fútiles movimientos de liberación, con la esperanza de que en algún momento dieran resultado.
Uno de esos movimientos pareció avanzar en el sentido correcto. El universo perpendicular se zafó un poco de la posición de los dos. Rápidamente se cayó en la cuenta de que ambos universos habían hecho en forma independiente movimientos complementarios. Y ahí se tomó conciencia del poder de la unión.
Los universos entraron en comunicación y resolvieron coordinar los movimientos. Ya no estaban solos. Representantes de ambos trazaron un plan de acción para liberarse. Al ejecutarse, el universo perpendicular no tuvo chances, y fue expulsado sin concesiones.
Los dos universos paralelos pudieron continuar su existencia paralela. Pero ahora habían aprendido el valor de unirse. Así que no se separaron del todo, sino que cada uno dejó una representación en el otro. Los caminos separados de ambos universos ahora tienden a unirse. Falta mucho para que se produzca la unión definitiva, pero ya no son paralelos. Forman una larguísima V, cuyo vértice está hacia adelante, en el futuro, cuando ambos universos pasen a ser uno solo.

Escalera a la Luna

Cuando las dos potencias peleaban por ser la primera en enviar hombres a la Luna, el principal esfuerzo estaba enfocado en desarrollar vehículos que lograran la magna tarea. Pero no era seguro que se lograra en un tiempo apropiado. Por eso la NASA confeccionó un plan B.
El plan de relativamente baja tecnología no era otra cosa que construir una escalera que pudiera llevar a un astronauta a pie hasta la Luna. Era un viaje largo, pero los astronautas estaban entrenados para soportar la gran exigencia física que el ascenso suponía. El diseño de la escalera previó descansos a intervalos regulares, y además se sabía que a medida que el tripulante se alejara de la Tierra, la gravedad a vencer iba a ser menos.
El mayor problema era que no había en los Estados Unidos un lugar adecuado geográficamente para ubicar el pie de la escalera. Los responsables de la NASA estaban aliviados de que tampoco la Unión Soviética tenía bajo su jurisdicción un lugar de la latitud necesaria. Era preciso que la escalera estuviera cerca del ecuador, para reducir la cantidad total de kilómetros.
Por cualquier emergencia, se razonó que lo mejor era ubicar la escalera en una isla, para que, en caso de que se cayera, lo hiciera en el agua. Era el mismo razonamiento de ubicar las plataformas de lanzamiento de cohetes en penínsulas. Se buscó el lugar más apropiado y se eligió el asentamiento británico en la isla Ascensión, en el medio del Atlántico.
Casi en secreto comenzó la construcción de la escalera. El método era simple: cada tramo se ubicaba debajo del anterior, y así la escalera subía sola. La primera etapa era una escalera pedestre, pero formaban parte del equipo ingenieros de Otis que planeaban convertirla en mecánica una vez que se hicieran los primeros viajes.
En muy poco tiempo la escalera era una realidad. Los que pasaban por la isla Ascensión podían verla. No se veía dónde terminaba. El pie estaba fuertemente vigilado, para que ninguna persona se convirtiera subrepticiamente en el primer ser humano en pisar la Luna. Ese honor sería otorgado a un valiente astronauta luego de que las más altas esferas políticas decidieran quién era la persona más apropiada para subir los 1.815.520.000 escalones que llevaban a la superficie selenita.
Se propuso que tal vez no era necesario subir todos esos escalones. Si se colocaba al astronauta en el tope de la escalera, a medida que se fuera construyendo iba a estar más cerca. Pero era un riesgo demasiado grande. La cúpula de la NASA tenía dudas sobre la seguridad de la escalera. Temían que no se mantuviera en pie. Por eso, además de hacerla muy resistente, se colocó en su punto más alto un transmisor que, si todo salía bien, iba a enviar fotos cada vez más detalladas de la superficie lunar.
Una vez terminada la escalera, se la amuró muy firmemente al suelo de la isla Ascensión, y se la apuntaló desde varios ángulos, para mayor seguridad. Recién entonces fue el momento de enviar un astronauta. Había que cuidar el momento de la partida, porque la escalera no conducía siempre hacia la Luna. La escalera estaba fija y la rotación de la Tierra hacía que una vez por día el tope llegara a la Luna.
El astronauta elegido subió en el momento indicado, en medio de una fastuosa celebración. Durante el camino envió reportes por radio en los que describía los paisajes que encontraba. También se transmitían partes de salud. Los médicos de la NASA aconsejaban momentos de descanso cuando lo veían muy agitado. Pero a medida que se acercaba a la Luna, en efecto, la gravedad se sentía cada vez menos y el astronauta se salteó varios descansos. Llegó entonces al tope antes que la Luna, y debió esperarla ahí.
Algunas horas más tarde, la Luna acudió a la cita. Cuando le pareció apropiado, el astronauta saltó hacia la superficie y dio los primeros pasos de un humano en otro mundo.
Estaba previsto que diera una vuelta y volviera, porque no era una misión científica sino una prueba del método de ascenso. Se pensaba que ya habría tiempo para la ciencia una vez comprobada la eficacia de la escalera. Pero fue esa eficacia la que trajo el problema.
Al estar construida en forma tan firme, al entrar en contacto con la Luna, la escalera resistió su embate. La fuerza orbital era tanta que la escalera se dobló, pero no lo suficiente para quebrarse. Al pasar el punto de resistencia, la escalera volvió a su lugar, empujando de esta manera a la Luna, que fue enviada junto con el astronauta a los más lejanos confines del Sistema Solar.