Entender de fútbol

El mundial de Italia comenzó cuando estaba en cuarto grado. Mi interés por el fútbol en ese momento era nulo. Tenía vagos recuerdos del mundial anterior, en el que sabía que Argentina había ganado pero también sabía que era porque justo le había tocado jugar la final: no tenía el concepto de clasificación y había igualado “final” con “último partido”. Me preguntaba para qué jugaban todos los otros si sólo dos iban a jugar la final. La respuesta a esa incógnita era simple pero nunca me había molestado siquiera en deducirla.

Grande fue mi sorpresa cuando se interrumpieron las clases para mostrar la inauguración. Me parecía inútil interrumpir las clases para semejante cosa, prefería que me dejaran ir. Como fue cerca del mediodía, volví a casa a comer y aproveché que las clases estaban interrumpidas para no ir a al jornada vespertina y quedarme en mi mundo.

Se hablaba, sin embargo, de poco más que el mundial. Así que absorbí algunas cosas: Argentina había perdido el primer partido y tenía que ganar el siguiente, y siguió haciéndose camino medio a los tumbos. Los siguientes partidos fueron en fin de semana o en horario posterior al escolar, y no entraron en conflicto con la escuela. Estaban ahí presentes, donde fuera, pero no me había interesado lo suficiente como para prestar atención más que a unos pocos momentos. Pero al menos aprendí que había un sistema de clasificación.

Hasta que llegó el partido con Italia, que fue un día de semana a la tarde. Se interrumpió la jornada de inglés para que lo viéramos. No quería, pero no había opciones, así que lo vi junto al resto de la escuela. Tal vez fue la primera vez que presté atención a un partido de fútbol.

Rápidamente algo me llamó la atención. Yo no sabía nada de fútbol pero había un par de cosas básicas que entendía. Por un lado, sabía que Argentina jugaba con una camiseta celeste y blanca, por lo tanto los de azul eran los otros. Por otro, sabía que en el fútbol hay que meter la pelota en el arco del otro, lo que implica que cada equipo quiere llevarla a un lado específico y alejarla del otro. Cómo funcionaba eso, qué métodos se empleaban para lograrlo, qué era un mediocampista eran conceptos que no conocía ni me importaban.

Inmediatamente comenzado el partido, en medio de la excitación general de la escuela, cada vez que la pelota se acercaba a algún área, no importaba cuál, había un grito generalizado y eufórico de gol, hasta que se daban cuenta de que no era así. Les trataba de decir que no sólo no eran goles sino que estaban celebrando acercamientos del rival, pero mi escasa capacidad de liderazgo ya se manifestaba entonces.

Como resultado, a los pocos minutos de empezado el partido, gran parte de la escuela gritó el gol de Italia.

El partido siguió, con Argentina con la necesidad de empatar para tener chance de jugar la final. Extrañamente, en medio de ese entorno, lo que ocurriera con el partido me empezó a importar. Sin entender exactamente qué pasaba, ni analizar por qué ocurrían las cosas, me fui enfervorizando hasta que grité el gol de Caniggia con emoción genuina.

A partir de ahí, se produjo un quiebre y el fútbol me empezó a interesar. Quería verlo, jugarlo, aprenderme historia, estadísticas. Sepulté definitivamente la Billiken para empezar a comprar El Gráfico, que a los pocos meses vino con unos fascículos prácticos de historia del fútbol argentino, a través de los que conocí por primera vez los nombres y la narrativa correspondientes. Empecé a ir a la escuela de Marangoni, que acababa de retirarse. Y también empecé a vincularme más con mis compañeros de escuela, porque encontré que el fútbol me daba algo en común con ellos.

Luego de ese entusiasmo inicial pasé por distintas etapas de interés pendular. Había años en los que ni me acercaba, otros en los que pensaba todo el tiempo en fútbol. Fui esporádicamente a la cancha, y miraba muchos partidos televisados. También me conecté con las órbitas del fútbol, como los canales de televisión, las revistas o las camisetas.

El universo fútbol absorbe mucho. Abarca toda clase de industrias y formas de pensar. Hay toda clase de actividades que no hacen al deporte, pero se siente como si fuera. Saber de fútbol puede querer decir muchas cosas: entender de técnica, táctica, reglamento, historia, política de clubes y asociaciones, relaciones entre hinchadas, estadísticas, agendas periodísticas, relaciones internacionales y un abultado número de etcéteras que nada tienen que ver con el juego.

Como ejemplo, uno puede pasar semanas enteras viendo programas de fútbol por televisión, y en ningún momento oír hablar de fútbol. Se habla de cábalas, de declaraciones de jugadores, de camarillas de vestuario, de incidentes, de candidatos a reemplazar técnicos, de transferencias, de aniversarios, de sanciones. Cuando se habla de algo que pasó en un partido, tiende a estar reducido a jugadas que pueden o no haber sido penal y cosas así.

Esto permite que mucha gente hable y se ocupe del fútbol sin necesariamente entender de fútbol. Porque lo que observé aquel día de 1990 en la primaria con el tiempo comprendí que seguía siendo cierto en todas las edades: los que les importa el fútbol son una minoría muy pequeña. El resto, como hice yo ese día, se engancha en la vorágine de la pertenencia, sin que le importe demasiado a qué exactamente. Es una actividad estimulante, y como todo estimulante, se corre el riesgo de que en exceso sea tóxica.

Hace algunos años decidí que ya había tenido suficiente. Me cansé de los ciclos, de la calesita de reacciones previsibles ante eventualidades limitadas. Las reacciones de todos los actores ante distintas eventualidades que ocurren regularmente son completamente previsibles. Se puede hacer un diario deportivo mediante algoritmos, sólo llenando los detalles (quién ganó, quiénes hicieron goles), el resto se escribe solo. Obviamente personas talentosas pueden leer e iluminar ecos y significados en las ocurrencias más mundanas, pero en el mundo del fútbol no ocurre lo suficientemente tan seguido.

Desde entonces, mis contactos con el fútbol han sido limitados. Sigue existiendo, es imposible no enterarse de ciertas cosas, y tampoco tengo por qué negarme a ver algún partido si me agarran ganas. Pero no ocupa mi pensamiento, ni despejo mi vida de conflictos que me impidan vivir partidos que antes me habrían importado.

Conservo, sin embargo, la alfabetización futbolística. Cuando me encuentro en una situación en la que se habla de fútbol, puede que no conozca a los jugadores, pero rápidamente puedo ser aceptado como par. Puedo estar sin perderme gran cosa cuando amerita, o cuando no hay más remedio, y puedo saber de qué se trata

El homenaje a James Penny

Si uno mira El nacimiento de una nación, de 1915, presencia el punto de vista del racismo. La película muestra escenas de esclavos viviendo felices en una plantación del sur de Estados Unidos, compartiendo la comida con sus amos. La concordia se quiebra cuando tienen que soltarlos después de la guerra civil, porque los negros son salvajes y no están preparados para ejercer las responsabilidades que implica la libertad. Al adquirir poder político, los negros, numerosos, copan las instituciones y someten a los blancos, que se consideran los legítimos habitantes de la región. El Ku Klux Klan es presentado en la película como una organización heroica que logró amedrentar a los negros y ponerlos en su lugar, permitiendo la restauración del poder de los blancos y poniendo fin al tiempo del terror.

Al adentrarse en la Historia, uno se da cuenta fácilmente de que no es un juego de buenos contra malos, en el que nuestro rol es tomar partido por los buenos, sino que hay texturas, incluso en los debates que se supone que han sido resueltos. Esa película, filmada cincuenta años después de la Guerra Civil, reconstruye la vivencia de los acontecimientos por parte de aquellos que tenían esclavos. Eran distintas visiones del mundo que chocaban. La división no era necesariamente exacta. Había abolicionistas que pensaban que los negros no eran exactamente humanos. Los grandes temas de este debate (que científicamente está cerrado) siguen existiendo con otras manifestaciones.

Hubo épocas en las que se podía ser abiertamente partidario de la esclavitud y ser una persona respetada en la sociedad. Llegó un momento en el que no, porque el zeitgeist se movió hacia otro lado. Algunas ideas que eran aceptadas dejaron de serlo. Y con el correr del tiempo, no quedó nadie que las sostuviera en público. Lo que sí quedó fue el mundo que las generaciones anteriores nos dejaron, que en todas partes muestra huellas del pasado.

Lo que nos lleva a James Penny. Este señor que vivió en el siglo XVIII se dedicaba al comercio de esclavos. Durante décadas los transportó en la ruta del Atlántico, primero como marinero y después como capitán y dueño de flota. Exitoso en su negocio, se convirtió en un hombre notable de su ciudad, porque tal cosa era compatible con los valores de la época.

Ya entonces, no obstante, se cuestionaba la institución de la esclavitud, y existían movimientos abolicionistas. James Penny se convirtió en una de las voces del antiabolicionismo. En tal carácter testificó ante el parlamento británico, donde habló sobre cómo trataba a los esclavos en sus barcos, y mencionó la tasa baja de mortalidad de su empresa (que lo convertía, para los estándares de la época, en un mercader humanitario). Pero el principal argumento era económico. Sostenía que abolir la esclavitud iba a traer un efecto adverso en el comercio, e iba a afectar particularmente a la ciudad de Liverpool, desde siempre uno de los puertos más importantes de Inglaterra.

Posiblemente debido a esa defensa de la ciudad, se convirtió en una de las muchas figuras esclavistas homenajeadas con una calle. Se bautizó con su nombre a una avenida: Penny Lane. Una búsqueda rápida en Google Maps muestra que hay otras calles con el mismo nombre en el mundo, particularmente en Estados Unidos, donde él comerciaba.

Un par de siglos después, surgió una iniciativa en el Reino Unido que proponía renombrar todos los lugares que homenajeaban a figuras de la esclavitud. Entre ellas figuraba Penny Lane, y su presencia hizo que la iniciativa se cayera. El nombre de Penny Lane se había resignificado gracias a la canción de McCartney.

Debido a la canción, no sólo el nombre Penny Lane había adquirido poesía más allá del origen, sino que la avenida se volvió una atracción turística. El argumento para no abolir la esclavitud podía aplicarse ahora para no renombrar Penny Lane: hacerlo implicaría un perjuicio para la economía de Liverpool.

Este fenómeno es una de las consecuencias del hecho de que el lenguaje está vivo. Cuando se pone un nombre a una calle, pasa a formar parte de del día a día de los que transitan la zona. Son pocos los que piensan en el origen del nombre, y menos a quienes les importa ese origen.

La resignificación es más fácil cuando los nombres son concisos. Si esa calle se hubiera llamado James Penny Lane, seguramente habría sido más difícil no sólo ignorar que se trataba de una persona y no de un centavo, sino que McCartney lo encontrara lo suficientemente atractivo como para titular una canción con ese nombre. Los nombres cortos facilitan la poesía.

En Buenos Aires existe la tendencia opuesta. Se han alargado los nombres de muchas calles, explicándolos. No hay una calle India, sino República de la India. No hay calle Israel, sino Estado de Israel. Veinte años atrás a un tramo de Rawson se lo renombró Palestina, y hace poco se completó: Estado de Palestina (que se cruza con Estado de Israel, y debe haber legisladores que consideraron que crear esa esquina era un aporte a la paz en Medio Oriente). Lo mismo ocurrió con Venezuela y Bolivia, que recibieron los nombres oficiales actuales de esos países. Por el momento no ha corrido la misma suerte la calle que homenajea a los Estados Unidos Mexicanos.

Con los nombres de personas ocurre lo mismo. Para homenajear a Ringo Bonavena, se dio su nombre a una calle de Parque Patricios, que pasó a llamarse Oscar Natalio Bonavena. Alguien decidió que el apodo o el apellido no era suficiente para el nombre de una calle, y decidieron usar lo que figuraba en su DNI. Cerca está la calle Prof. Dr. Pedro Chutro, para la que se consideró que era imprescindible que los transeúntes se enteraran de que el homenajeado no sólo era doctor sino también profesor.

Por su parte, hay muchas calles que recuerdan combates, como Piedras, Suipacha, Pasco, Ayacucho o Tacuarí. Nadie se entera de que fueron combates por el nombre. Hay que conocer Historia o leer las placas colocadas en el nacimiento. A este autor le gusta que exista una calle que se llame Piedras, independientemente de cuál fue el origen. También que sea continuación de Esmeralda. Le gusta además que haya una calle llamada Pozos, sin embargo las autoridades consideraron pertinente alterar ese nombre, y desde hace décadas se ha llamado Combate de los Pozos. Algunos vecinos ahora la llaman, simplemente, “Combate”.

La adición de complicaciones innecesarias en la nomenclatura urbana no sólo puede causar confusiones. También, y más importante, dificulta la poesía. Tal vez nadie iba a escribir una canción titulada Chutro, pero es mucho más difícil que se escriba la balada Profesor Doctor Pedro Chutro.

El homenaje no es tan importante. Sólo existe para aquellos que se toman el trabajo de averiguar de quién se trata, y usted, querido lector, ha de saber que este autor está mencionando por tercera vez a Pedro Chutro sin haberse molestado en averiguar quién fue ese buen señor.

Pero no hace falta ensañarnos con el profesor doctor. Se puede eliminar no sólo títulos o cargos, también los nombres de pila de las personas que donan la denominación. No hace falta que exista la avenida Juan de Garay cuando puede ser Garay, del mismo modo que Rivadavia no necesita el Bernardino. Nadie le dice Jerónimo a Salguero. Figueroa Alcorta tiene un nombre suficientemente largo como para agregarle que fue presidente. Seguí sería una calle magnífica si no le agregaran el Juan Francisco. Lo mismo Oro sin el Fray Justo Santamaría. Y no se limita a los nombres de personas: Ciudad de La Paz se ocupa de aclarar que es por la ciudad, por si alguien llega a confundirse y pensar que es por la paz.

Los nombres no tienen por qué ser algo importante en sí mismo. Dar el nombre de alguien o algo a una calle, o a un edificio público o estación de subte, es invitarlo a formar parte del paisaje público. A integrarse en la vida de una ciudad, a dejar de ser lo que fue para ser un lugar específico, con personalidad, cultura, idiosincrasia. Al darle excesiva importancia al nombre, esa integración se perjudica. Y es una lástima.

Este autor se permite presentar una serie de reglas que podrían seguirse para conseguir más armonía en la nomenclatura:

  • Sólo usar la parte más distintiva de un nombre. Nada de aclaraciones sobre de qué se trata. Nada de nombres de pila. Únicamente utilizarlos cuando no hacerlo pueda inducir a confusión, habiendo considerado previamente si vale la pena tener nombres casi repetidos.
  • Tener en cuenta el uso. A veces los habitantes llaman a un lugar con un nombre que no es el oficial, que sólo sirve para que los pedantes digan “es la plaza Cortázar, no la plaza Serrano”. En esa plaza, por otra parte, nace la calle Jorge Luis Borges, cuyo homenajeado se llamaba a sí mismo simplemente Borges.
  • Evitar los cambios caprichosos de nombres. Serán resistidos, porque es alterar ese paisaje público. Es también una interrupción del imaginario, en el que se ve la mano de las autoridades. Una ruptura de la cuarta pared que sólo debe ocurrir por buenas razones y debe ser manejada con elegancia.
  • Considerar el daño a las curiosidades. Es una lástima que se haya eliminado la esquina de Gallo y Cangallo. También que ya no se pueda vivir entre Lavalle y Lavalleja. O entre Europa (hoy Carlos Calvo) y Estados Unidos. Sí se puede, por ejemplo, vivir en la franja mesopotámica entre Paraná y Uruguay (este autor desconoce si el nombre de esas calles proviene de los ríos, y desea que sea así). Pero si, de pronto, la calle pasara a llamarse República Oriental del Uruguay, esa adición sería una pérdida.
  • Valorar los nombres naturales. Existía en Buenos Aires una calle llamada Arena, porque su suelo era muy arenoso. Más tarde pasó a ser Sánchez de Loria y su continuación Almafuerte. Cien años después se decidió construir un subte bajo Almafuerte. Y la construcción sigue teniendo muchas dificultades, demoras y costos innecesarios debido al suelo arenoso.

La nomenclatura pública no es sólo un espacio disponible para los homenajes que se determinen apropiados. Es parte de lo que se puede hacer, no lo único. Es sano tener en cuenta la elegancia y la armonía. Evitemos poner obstáculos donde no hay. Los nombres de los espacios deben contribuir a hacer más rica la vida.