Espejo fresco

Me acercaba a una columna. No tenía intención de impactar contra ella, pero cuando vi el letrero de “pintura fresca” me decidí realmente a evitar cualquier posibilidad de tocarla accidentalmente. Por eso di unos pasos hacia el otro lado, así tenía más margen de maniobra. No me percaté de que justo atrás tenía una pared espejada, y me fui de lleno contra ella. Sólo después vi que tenía un letrero que decía “espejo fresco”.

Para entonces, ya tenía todo mi frente manchado de espejo, de los pies a la cabeza. Pero no lo sabía, porque no me había visto. La parte de la pared contra la que me había chocado ya no tenía espejo, entonces no me di cuenta.

En los días siguientes, empecé a notar que la gente tenía actitudes distintas cuando se me acercaba. Cuando me miraban, se veían a ellos. Y me trataban de otra manera. Eran más amables. Se sorprendían de verse reflejados en mí. Antes, la idea de que yo era una persona igual que ellos era sólo intelectual. Ahora, se había puesto en práctica.

Algunos se daban cuenta y me usaban para saber si tenían restos de comida entre los dientes, o bien aplicado el maquillaje. Se acercaban sigilosamente. Yo les decía lo que veía, pero no era suficiente. Preferían comprobarlo ellos mismos.

Lo bueno era que más gente se acercaba a mí. En general, eso no pasaba. Siempre había estado muy enfrascado en mí mismo, y no me molestaba en relacionarme con las otras personas. Ahora, ellas venían, y yo trataba de aprovecharlo en lo que podía. Salvo cuando me daba cuenta de que querían explotarse un grano contra el espejo, ahí los echaba sin miramientos.

Pasé a ser una persona brillante, reflexiva, que siempre devolvía la mirada. Me empecé a adaptar bien a los diferentes entornos. Nunca pasaba desapercibido. Era como si un reflector se posara siempre en mí. Parecía que brillaba con luz propia, aunque estaba claro que no era. Era sólo luz reflejada.

Cuando un reflector se posaba en mí de verdad, lo distribuía en montones de ángulos. Yo era el portador de la luz, y con ella iluminaba a todos los demás.

Cuando me miraba en un espejo, no me veía. El espejo se reflejaba en mí, y su reflejo se reflejaba en él, para después volver a reflejarse en mí. Se formaba un largo túnel que tenía la forma de mi silueta. No lo podía atravesar. Era sólo una imagen, que resultaba suficiente como para verme codearme con el infinito.

La nueva vida me gustaba. Era muy grato ser un conducto de luz. A veces podía ser difícil dormir, pero no me importaba. Valía la pena.

Disfrutaba tanto, que iba por la vida mirando hacia todos lados, haciendo que toda la gente que me miraba recibiera su propia luz y se viera a sí misma en mí. Hasta que un día, sin darme cuenta, estaba mirando para otro lado y me tropecé con una pared. Tenía un letrero que decía “pintura fresca”. Quedé cubierto de blanco, que también reflejaba la luz. Pero la gente ya no se veía en mí. Y yo no veía a la gente. El blanco que me cubría, desde mis ojos se veía negro.

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