Yo contra el texto

Arranqué el texto esperanzado, pensando que podía llegar a algo bueno. Escribí unas líneas. Las ideas fluían, se concatenaban naturalmente, producían una secuencia de palabras que era al mismo tiempo razonable y original. Estaba contento con el resultado parcial.

Hasta que me di cuenta de que el texto se estaba escribiendo solo. Se independizaba de mis pensamientos y tomaba el rumbo que le parecía, sin necesidad de consultar conmigo. No podía permitir que se me escapara. Era mi texto, yo era el autor.

Empecé entonces a dirigirlo hacia lugares inesperados, menos lógicos. A veces tuve que forzarlo, porque no quería. Como veía que no podía solo, tuve que introducir personajes que me ayudaran a empujar.

Los personajes se sumergieron en el texto y empezaron a actuar como les indicaba. Hasta que el texto los empezó a influir. No era difícil, estaban dentro de él. Entonces se dieron vuelta, empezaron a jugarme en contra.

Cuando supe lo que estaba pasando, me enojé. Tuve que tomar medidas drásticas. Decidí que debía matar a los personajes. No me gustaba, incluso me daban pena, eran personajes que yo mismo había creado un rato antes. Pero ese impulso me pareció que era un esfuerzo del texto para tratar de manipularme, así que lo vencí.

La muerte de los personajes fue un mensaje inequívoco de mi fuerza para forzar al texto por el camino que yo quería que tomara. No lo iba a dejar emanciparse. El texto, al darse cuenta de que la cosa iba en serio, se volvió un poco más dócil, más negociador.

Dejó de resistirse al gran rumbo que yo quería marcarle, pero cuando podía me sugería pequeños cambios. Algunos resultaban muy atractivos y también útiles. El texto se conocía bien, tenía buenos instintos. Así que le hice caso varias veces. Empezamos a confiar cada uno en el otro, y a estar más contentos, el texto con su rumbo y yo como autor. Eso redujo la tensión.

Sin embargo, como debido a todos los incidentes me había olvidado de guardar el texto, justo fue la baja tensión la que nos jugó una mala pasada, cuando un corte de luz nos separó para siempre.

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