Basta de penales

Las definiciones por penales están matando al fútbol. Es necesario erradicarlas y reemplazarlas por una instancia a la que nadie quiera llegar.

En realidad no es para tanto, las definiciones no están matando al fútbol. Era sólo una estratagema para que usted, querido lector, tuviera ganas de leer el texto. Pero sí las definiciones por tiros desde el punto del penal (nombre correcto que no se utilizará aquí por palabroso) generan un fútbol menos agradable, y la razón es que hay demasiados equipos que juegan a empatar porque después está la opción de ganar en los penales.

Algunos piensan que la definición por penales no será perfecta, pero es el mejor desempate que se conoce. Que por lo menos es mejor que tirar una moneda. Que es una manera de definir un partido que por lo menos deja la suerte de los equipos en sus manos. Este último es un argumento que vale la pena examinar y dar vuelta.

Los penales no son una lotería. Esto es importante. Son un juego en el que gana el que mejor juega. Requieren sangre fría, temple, precisión, destreza y algo de suerte. Hay maneras de usar la ciencia para aumentar las chances de ganar en una definición por penales. Es mucho más fácil aplicar la estadística para ganar una definición que un partido, porque el penal es el fútbol reducido a su mínima expresión. Ya no es un juego colectivo, es un jugador que le pega a la pelota con el pie y un arquero que ataja o no. Al haber menos variables, es más fácil de calcular matemáticamente.

Entonces, todos saben que ganar una definición por penales depende de ellos mismos. Si hacen los deberes, si le indican al arquero adónde debe tirarse, si todos patean bien, ganarán. En el otro juego que se llama fútbol hay muchos más imponderables, mucha más incertidumbre. Ganar un partido depende de demasiadas circunstancias impredecibles, que están fuera del control de un técnico o alguien en particular. En cambio, con los penales eso no pasa tanto. Puede haber mala suerte, es cierto, pero es una situación infinitamente más controlable que el fútbol a cancha abierta.

Y precisamente ése es el problema. Demasiados equipos eligen no tomar riesgos, jugar a empatar, acumular gente en defensa y esperar que lleguen los penales, donde pueden ejercer más control sobre la situación. A veces pasa que los dos equipos tienen esa estrategia, y resultan partidos aburridísimos, indignos de un gran campeonato, en los que se juega a jugar lo menos posible. Después gana uno, y piensa que la estrategia dio resultado. El que pierde, se conforma con «por lo menos perdimos por penales, pero en la cancha no nos ganaron».

Esto no ocurriría si los equipos no tuvieran en la cabeza la idea de que los penales dependen de ellos mismos. Hay que sacarles el control del desempate. La definición por penales debe reemplazarse por un sorteo. Cumplidos los 120 minutos, el árbitro tira una moneda; si sale cara gana uno, y si sale ceca gana el otro. Listo.

De esta forma, todos tienen 50% de posibilidades de ganar en caso de empate en la cancha. Y el 50% es inmodificable, no importa si uno tiene un arquero que ataja todo, ni si sus ejecutantes son infalibles. O ganás en la cancha, o te sometés a la verdadera lotería de la moneda.

Esto dará como resultado que más equipos, en particular los importantes, los que tienen mejores jugadores, van a querer evitar llegar a esa instancia. Si creen que pueden ganar, lo intentarán por todos los medios. Ya no se conformarán con empatar para definirlo en otra instancia, porque saben que pueden perder y les puede quedar la culpa de no haber dado todo lo que podían.

El razonamiento vale para los equipos que creen tener más de un 50% de chances de ganar en la cancha. Los equipos más modestos, los que piensan que tienen menos de ese porcentaje, tal vez vean al sorteo como un objetivo deseable. Pero para llegar a él deberán resistir ataques mucho más decididos del contrario, en el que operará el concepto inverso.

Esto no implica que se eliminarán los empates en 120 minutos. Seguramente los seguirá habiendo, y también seguirán ganando a veces los que juegan a empatar. Sin embargo, el empate será un castigo mucho mayor que ahora para el que no supo definir un partido. Y no habrá margen para la especulación. Al eliminarse el colchón, se generará un fútbol más sano.

Un lector: Todo esto es muy lindo para las fases eliminatorias, pero ¿no estará pensando que es atractivo definir la final de un Mundial por sorteo, no? ¿O está usted en curda?

Es cierto, señor lector, el sorteo en la final sería horrible. Hay que evitar que ocurra. Lograrlo es sencillo: si la final termina empatada, a los dos o tres días se juega un desempate. Así era hasta los ’80, la final del ’78 se hubiera repetido de haberse mantenido el empate de los 90 minutos. Pero esta segunda final se juega con una particularidad: si empatan en los 90, siguen jugando hasta que alguien haga un gol. No un alargue de 30 minutos con gol de oro. El que hace el gol gana, y si tienen que jugar siete horas, que jueguen (sí, ya se habló de esa posibilidad alguna vez desde esta firma).

Esto no se puede hacer más que en ocasiones especiales, y la final del mundo califica como ninguna otra. Nadie querrá someterse a semejante método de desempate, por lo tanto se buscará por todos los medios no llegar a esa instancia. Se redoblarán los esfuerzos para convertir, con lo que aumentarán las chances de que al menos uno de los dos equipos lo consiga.

Hay dos semifinales entre Italia y Alemania que sirven de ejemplo. Normalmente estos dos equipos están razonablemente contentos con ir a penales, a pesar de que Italia es habitual que pierda en esa instancia. En 1970, cuando se aplicaba lo que acá se propone, esto es sorteo luego de los 120, los 90 minutos terminaron 1-1. Y en los 30 restantes ambos fueron con todo, porque no querían empatar. Alemania, que había empatado en el descuento de los 90, se puso 2-1 apenas comenzado el alargue. A los tres minutos Italia niveló el marcador. Antes de terminar el primer tiempo del suplementario Italia se puso 3-2. Gerd Müller empató a los 5 del último tiempo, y un minuto después Gianni Rivera puso el 4-3 con el que terminó el partido, que clasificó a Italia a la final. Ya se ha notado alguna vez en este sitio que ningún partido terminó empatado en el alargue cuando el sistema preveía sorteo.

En el último campeonato, Italia y Alemania se encontraron de nuevo en la semifinal. Italia le había ganado fácilmente, 3-0 a Ucrania. Alemania había necesitado penales contra Argentina, y había demostrado destreza en la definición. Italia, que nunca había ganado una definición por penales en Mundiales, sabía que se enfrentaba a un equipo que nunca había perdido una. En los 90 minutos jugó como siempre y terminó 0-0. Pero los italianos estaban bastante convencidos de que no sólo en los penales perdían, sino que los alemanes tenían poco resto físico y preferían definir desde los 12 pasos. Entonces mandaron toda la carne al asador en el alargue. Italia jugó con cuatro delanteros: Totti, Del Piero, Iaquinta y Gilardino. Se fue con todo al ataque desde el primer minuto del suplementario y pegaron dos pelotas en los palos. El esfuerzo rindió sus frutos sobre el final, cuando consiguieron el gol de Grosso. Poco después, con Alemania lanzada en busca del empate, Del Piero aprovechó un contraataque letal para poner el 2-0 que llevó a la final a los azzurros, evitando los temidos penales.

Puede argumentarse que las definiciones por penales aportan emoción, son atractivas como espectáculo en sí, generan héroes y villanos y requieren respuesta ante la presión de la alta competencia. Es cierto. Está todo bien. Pero eso no es el fútbol. Para los que quieren eso, se puede organizar el campeonato mundial de definiciones por penales.

[Nota: este texto fue escrito antes del comienzo de los cuartos de final.]

Fútbol robótico

Llegará el momento en el que la tecnología permitirá una evolución trascendente en el deporte más popular del mundo. Ese día se podrá prescindir de los jugadores y reemplazarlos por máquinas, en lo que resultará un espectáculo mucho más atractivo que el actual.

Las posibilidades son casi infinitas. Dos equipos de robots humanoides, 11 contra 11, pueden jugar sin temor al cansancio, a las lesiones, a los problemas del campo de juego, a los cambios de hora o a la falta de oxígeno en algunos lugares de la Tierra. Sólo bastará con cargar las pilas de cada jugador y programar la táctica.

Los entrenadores tendrán un rol mucho más decisivo que el actual, porque los robots obedecerán a la perfección todas las instrucciones. Estarán capacitados para detectar a los robots del mismo equipo y a los rivales, analizar las posiciones y calcular en tiempos sobrehumanos la precisión y fuerza necesarias para cada pase.

Los robots no quedarán nunca en offside gracias a la presencia de un chip exclusivo para ese propósito. Siempre se mantendrán atrás de la pelota o atrás de dos defensores contrarios, pero buscarán sorprender a los rivales. Las defensas, en tanto, serán casi inexpugnables por perfección táctica y técnica, pero siempre quedará un agujero que los atacantes deberán descubrir. Igual que en el fútbol humano.

La adopción de robots permitirá abolir los árbitros y jueces de líneas, y reemplazarlos por computadoras que darán fallos inapelables al instante, y siempre justos. Las mismas computadoras podrán oficiar de tribunal de disciplina, si fuera necesario sancionar a algún robot.

No hará falta cambiar jugadores. Los técnicos podrán tener varios perfiles programados y cargarlos en cada jugador robótico con sólo presionar un botón. ¿Me expulsaron al arquero? Ningún problema, un jugador de campo es programado como arquero y el partido sigue. Mientras tanto, el mainframe del club calculará las mejores posiciones para cubrir los espacios de ese partido con un jugador menos y se las transmitirá a los jugadores, que las adoptarán de inmediato al menos que el entrenador disponga otra cosa.

La labor del director técnico será muy distinta a la actual. No será necesario entrenar a los jugadores durante la semana. En su lugar, el DT y su equipo de analistas de sistemas proveerán la creatividad del equipo al probar variantes. Claro, los equipos grandes correrán con la ventaja de tener computadoras más potentes que analizarán más datos en menos tiempo, y eso puede verse como una injusticia. Pero siempre decide la creatividad, y las máquinas nunca serán creativas.

Los mejores entrenadores serán los más estudiosos, los que estén todos los días investigando formas nuevas de ubicar a los jugadores, catalogando todas las maneras posibles de pasar la pelota, calculando jugadas básicas irreductibles y sus variantes aplicadas. Quienes tengan esa capacidad serán los más exitosos y, por lo tanto, los más cotizados. Y serán bien cotizados, porque de su capacidad dependerá exclusivamente la suerte de cada equipo.

Los equipos robóticos serán inmunes a los proyectiles que puedan ser tirados desde las tribunas. En caso de que un jugador se averíe, no se reemplazará a todo el robot sino sólo la parte averiada. Cada club contará con un taller donde se repararán futbolistapartes.

El problema de los jugadores enviados a las selecciones se solucionará haciendo una copia exacta del jugador convocado. De esta manera, podrá actuar en la selección y seguir en su club al mismo tiempo.

Las tribunas verán inútil el aliento, porque los robots estarán programados para dar todo siempre, aunque no transpirarán las camisetas. Por lo tanto el público se quedará tranquilo. Para generar ambiente se instalarán robots en las tribunas que responderán de forma preprogramada ante cada acción del juego, de modo de enganchar a los espectadores reales. Para los partidos televisados, se reemplazará a los relatores y comentaristas por robots que también invitarán en cada momento a la emoción apropiada.

A medida que la tecnología vaya evolucionando, aparecerán máquinas que permitirán predecir los resultados de los partidos sin necesidad de jugarlos. Tendrán en cuenta las tácticas empleadas, las características de hardware y software de los jugadores y las condiciones del clima para determinar cada una de las incidencias del encuentro. Luego producirá una síntesis que pasará a engrosar las estadísticas. Claro que este método no será muy popular, porque no tiene mucho sentido simular un partido, así que los robots van a seguir saliendo a la cancha por más que no sea estrictamente necesario, aunque es posible que se recurra a las simulaciones cuando el calendario esté apretado.

El fútbol con robots mostrará unos cuantos contrastes con los partidos jugados por humanos. Se destacará la precisión táctica y disciplina del fútbol moderno en oposición a las limitaciones físicas que podían quitarle dinamismo al antiguo. Se producirán debates sobre si los mejores futbolistas de carne y hueso podrían jugar contra los robots, y quién ganaría entre un equipo robótico y uno humano. Al principio no habrá una respuesta clara para todo el mundo, pero la tecnología se seguirá desarrollando hasta que no quede la menor duda de la superioridad del fútbol robótico.

Mientras tanto, el fútbol jugado por seres vivos se convertirá en una añoranza de tiempos dorados. Quienes quieran despuntar el vicio podrán hacerlo de manera amateur, e incluso podrán imitar a los robots en sus partidos. Se completará de esta manera el círculo que empezó cuando a un programador se le ocurrió simular en una computadora las acciones de los futbolistas.