Discapacidad

Ignacio era, salvo por un detalle, una persona normal. Hacía y sabía todo lo que se supone que una persona normal debe hacer y saber. Era la definición del promedio. Cuando al citar estadísticas se hablaba de “el hombre promedio” siempre mencionaban actividades que él realizaba, como comer 245 huevos por año y tomar 3,3 tazas de café cada día. Lo único que lo apartaba de la media era un defecto de nacimiento: no tenía olfato. Eso no lo afectaba demasiado, dado que el hombre no tiene tantos usos para este sentido, pero sí sentía a veces curiosidad por saber qué era lo que la gente llamaba aroma.

En una oportunidad notó que no veía tan bien como antes. Fue a su oculista de cabecera y salió con una receta de anteojos, que convirtió en realidad en una óptica convenientemente ubicada a pasos de la clínica oftalmológica. Días después lucía anteojos sobre su cara.

La mala noticia era que su trastorno visual era progresivo y severo. Se le pronosticó que quedaría ciego en un par de años, debía irse acostumbrando. Ignacio se decepcionó, pero al menos tenía la suerte de poder saber lo que le iba a ocurrir. Así, pudo tomar la precaución de aprender braille y de mirar todas las películas que le parecía que no podía dejar sin ver por su riqueza de imágenes.

Lo consolaba un poco la expectativa de mejorar el rendimiento de sus otros sentidos, como le ocurre a la gente que no ve. Iba a escuchar música sin distracciones y más detalladamente, iba a notar sutiles diferencias de texturas, iba a degustar mejor la comida. Y no le iban a importar cosas tan poco trascendentes como si alguien tiene corbata o no. No le alcanzaba para estar feliz por su situación, pero al menos tenía una visión optimista acerca de la futura ausencia de la otra clase de visión.

En el invierno siguiente, se resfrió muy fuerte y se le taparon los oídos. A veces le ocurría, pero luego de un tiempo no logró que se le destaparan. Fue a ver a su otorrinolaringólogo de confianza, quien le informó de la necesidad de intervenirlo quirúrgicamente. Luego de pensarlo bastante, Ignacio se sometió a la operación. Pero algo salió mal e Ignacio quedó sordo.

Se trataba de una novedad muy poco grata. Sabía que estaba por perder uno de sus sentidos más útiles y de repente, aunque no sin anestesia, había perdido otro muy valioso. Eso lo llevó a una gran depresión.

La depresión fue muy grave y tuvo consecuencias en su salud, dado que, según el equipo de psicólogos que lo trató, este estado fue lo que le hizo perder el habla. La depresión se podía curar y se intentó, pero fue imposible, dado que no podía escuchar a los terapeutas ni hablarles, y la ceguera ya estaba demasiado avanzada. Veía tests de Rorschach por todas partes.

Al poco tiempo estaba completamente ciego, además de mudo, sordo y anosmiático. Se comunicaba con la ayuda de una computadora que tenía incorporado un sintetizador de voz. Por suerte sabía tipear reconociendo las marcas que hay en las letras F y J de los teclados, y deduciendo la posición de las demás. Era importante hacerlo bien, porque no podía ver el resultado ni escuchar lo que decía.

Un día de verano, tiempo después, Ignacio estaba almorzando al aire libre. Alguien había dejado mal ordenados los condimentos. En el lugar donde habitualmente se ubicaba la salsa de soja colocaron por error la esencia de habanero, con la que inadvertidamente roció su plato. Al probar un bocado lanzó el más grande alarido posible para una persona muda y fue corriendo hacia la fuente más grande de agua que podía encontrar: su pileta. Nunca había probado algo tan picante en su vida y la lengua le latía. Sumergió repetidas veces y durante varias horas la lengua en el agua, como un perro bebiendo.

Pero al hacerlo no tuvo en cuenta que el sol del mediodía es el más perjudicial para la piel, y no se había colocado crema protectora. A la noche no sabía si le ardía más la lengua o el cuerpo. La ropa que tenía se había hecho cenizas. No necesitaba ver para darse cuenta de lo rojo que estaba.

Como pudo se durmió, y al despertarse la mañana siguiente comprobó que la lengua y la piel ya no le ardían, pero tampoco respondían a estímulo alguno. Había perdido el gusto y el tacto.

No pudo saber si esta pérdida era transitoria o permanente, dado que el haber perdido todos estos sentidos le impedía comunicarse de cualquier manera, además de causarle graves dificultades al intentar caminar. Era muy difícil que no se chocara contra las paredes, y aún chocándose no se daba cuenta por su falta de tacto. Esta falta de tacto lo convertía, a la vista de los que no estaban informados, en una persona muy torpe.

Sus amigos se apiadaron de él y le consiguieron una silla de ruedas con un sensor incorporado, que frenaba y doblaba cuando veía un obstáculo. También lo alimentaban de forma intravenosa: la falta de tacto le impedía a Ignacio agarrar cubiertos, si llegaba a poder encontrarlos pese a su falta de vista. No era un problema muy grande si se tenía en cuenta que al no tener gusto no se estaba perdiendo nada. Y al no tener tacto, la aguja del suero no le dolía. Y, si de alguna manera le llegaba a doler, su mudez impedía cualquier manifestación al respecto.

Ignacio, entre tanto, no se daba cuenta de lo que ocurría. No tenía forma. Tenía todos los atributos de un autista adquiridos de forma separada, no tenía forma de comunicarse con nadie, de forma saliente ni entrante.

Como, hasta donde sabía, no tenía forma de hacer nada más, Ignacio se dedicaba a pensar. Pensaba todo el día. No tenía una gran preparación en filosofía y física, pero luego de un tiempo, al no tener distracciones, llegó a abordar los grandes problemas de esas disciplinas. Era capaz de resolver ecuaciones de segundo grado y hacer experimentos mentales.

Con el tiempo desarrolló un idioma para poder revelar las cosas que pensaba al mundo. Era un idioma de dos bits, y se codificaba con sus párpados. La letra variaba según la apertura de los ojos. Podía tener ambos abiertos, ambos cerrados, abierto el izquierdo y cerrado el derecho o la viceversa de esto último. Desarrolló un código para indicar que estaba iniciando un mensaje, así la gente no estaba las 24 horas mirando sus ojos. También se tomó la molestia de repetir cada cosa un número importante de veces, por si no lo entendían desde el principio. También acompañaba los discursos con ruidos provocados en su boca, como la imitación de un trote de caballo.

Sus amigos, que seguían apiadándose de él, nunca se dieron cuenta de que tenía algo para decir. Supusieron que el movimiento de los párpados y los ruidos de la boca eran producto de los nervios. Mientras tanto, lo llevaban a distintos médicos y curanderos para ver si podían hacer algo por él.

Uno de ellos descubrió el problema que tenía en el habla, y anunció que le podía devolver esa facultad. Realizó algunos complejos tratamientos experimentales, y parecieron haber dado resultados positivos. Todo indicaba que Ignacio podía hablar.

Lo que faltaba era que Ignacio efectivamente hablara. Sin embargo, como no hubo manera de informarle que ya podía volver a hablar, nunca llegó a pronunciar ninguna palabra.