El joven monumento

En la primavera pasada, una plaga cubrió al Obelisco. Nadie sabía por qué, pero todos los días, desde la mañana hasta la noche, el símbolo porteño se vio oscurecido por una espesa nube de abejas. Se elaboró un plan para fumigarlas, pero antes de que se pudiera llevar a cabo las abejas se fueron tan repentinamente como habían llegado.

Un par de meses después, se vio caer un objeto desde una de las cuatro ventanas del Obelisco. Las autoridades no le dieron importancia. Pensaron que era algún trozo de pintura que se había descascarado. Culparon a las abejas por haber debilitado la capa de revoque al posarse todas juntas. Y como el objeto cayó en el césped enrejado de la Plaza de la República, nadie se preocupó por recogerlo.

Pero no era un trozo de pintura. Era una semilla de obelisco. Poco después de que cayera, empezó a crecer al lado del anterior un pequeño obelisquito. Todos los días se hacía más grande. La población lo admiraba. Muchos se lo querían llevar, pero no podían por las rejas que habían sido prudentemente ubicadas alrededor de la plaza.

Las autoridades se dieron cuenta de que no había lugar en aquel sitio para dos obeliscos adultos. Existía el peligro de que sus raíces compitieran y uno de los dos terminara cayéndose en el medio de una de las esquinas más transitadas de la ciudad. Además, no tenía mucho sentido estético tener dos obeliscos juntos. Era el equivalente urbanístico de un perro con dos colas.

Por eso se resolvió trasplantarlo. Cuando se juzgó que estaba suficientemente resistente, se cortó un buen pedazo de tierra alrededor, y una cuadrilla municipal lo llevó hasta la esquina de Figueroa Alcorta y Pampa.

Se lo colocó con sumo cuidado, y a partir de ese momento el obelisquito crece cada vez más. Ya mide dos metros y medio. No necesita el palo guía para evitar que crezca torcido. Y ya no existe el peligro de que alguien se lo robe. El obelisquito, día a día, se va convirtiendo en un Obelisco hecho y derecho.