Choqué con la bici

Venía con la bicicleta a una velocidad que tal vez era excesiva, pero de cualquier modo era una bicicleta, no un 747. Se ve que el camino tenía alguna imperfección, porque en un momento me encontré con que me estaba cayendo.
Hice rápidos esfuerzos por evitar la caída, pero era tarde. El descenso era inevitable. La bicicleta y estábamos tomando caminos diferentes hacia el mismo destino.
Quise ver qué era lo que había provocado ese desenlace, pero decidí que lo mejor era tratar de protegerme antes del golpe. Vi los pocos centímetros que tenía por delante hasta el suelo. Estaba claro que lo mejor era tratar de caer de la manera menos perjudicial que pudiera. Buscar un ángulo menos agresivo, tratar de ir hacia una parte blanda del terreno, tratar de proteger las partes más sensibles de mi cuerpo con las más resistentes. Pero no tenía tiempo para esas maniobras. La caída era demasiado vertiginosa como para poder cambiar algún detalle del trayecto. Sólo podía observarla en cámara lenta, ver cómo el asfalto se hacía cada vez más grande.
Entonces me resigné a caer. Extrapolé qué podía pasarme y cuáles serían los pasos a seguir una vez consumado el impacto. Me preocupé por mi cuerpo (no llevaba demasiada protección) y también por lo que le pudiera pasar a la bicicleta. Pensé que era un poco ilógico preocuparme por la bicicleta justo en ese momento, pero hasta pocos momentos antes la había sentido como una extensión de mi cuerpo.
“¿Qué me puede pasar?” pensé. “No me va a doler tanto. El ángulo que llevo me va a hacer golpear un poco, pero estoy seguro de que es mayor el susto”. El problema era que el susto no era algo que se me fuera a pasar así nomás. No tenía control sobre mi trayectoria, menos iba a tener control sobre mis emociones.
Elegí entonces la única opción disponible: registrar cada movimiento en mi memoria. Sabía que estaba viviendo un momento difícil de repetir voluntariamente. Era probable, también, que la gente me preguntara qué me había pasado. Y no quería tener que reconstruir los hechos, cuando todavía estaba a tiempo de rescatarlos.
Es por eso que ahora estoy en condiciones de contarlo.

Ojos que se van

Corrí hacia el balcón. Levanté velocidad hasta que llegué a la baranda. Justo antes de chocarme contra ella me detuve. Sin embargo, no lo logré por completo. La inercia me empujó hacia adelante y casi me caigo.
Me aferré a la baranda y logré mantenerme. Pero la velocidad que traía se trasladó a mis ojos, que sin que pudiera evitarlo se me salieron y siguieron el impulso que llevaba. Avanzaron hacia adelante unos centímetros y luego cayeron al vacío.
De este modo, vi cómo se acercaba el suelo a una velocidad cada vez mayor. Me desesperé hasta que me dí cuenta de que no me estaba cayendo, eran sólo mis ojos. Quise cerrarlos pero los párpados sólo cubrían huecos.
Ambos ojos cayeron al mismo tiempo al suelo. Rebotaron dos o tres veces. Entonces me dirigí hacia ahí para recuperarlos. Tenía miedo de que alguien se los robara, pero en cualquier caso iba a saber para qué lado se los llevaban.
Sin embargo, nadie se los robó. Cuando llegué estaban ahí. Los tomé con las manos y me los coloqué con cuidado. No conseguí ubicarlos bien de entrada. En el primer intento pude ver mi cerebro, y así supe que había puesto el ojo al revés. Después me aseguré de mirar hacia adelante cuando me los colocaba, y no tuve problemas.
Después de recuperar los ojos, me dí cuenta de que podía haberme quedado con uno suelto, para poder tener otra perspectiva. Tal vez hubiera sido práctico en algunas circunstancias. Pero ya lo había ubicado en el cráneo y me pareció que era riesgoso volverlo a sacar.
Ahora, cada vez que freno bruscamente al correr cierro los párpados.

Extraña nube

De repente, el cielo se oscureció. Una nube blanca que antes se veía lejana bajó desde los confines de la atmósfera y bloqueó la luz del sol. Como era blanca, la oscuridad no fue tanta. El problema era que bajaba cada vez más.
Llegó un momento en el que bajó tanto que no permitió ver nada. Era como una niebla espesa, tan espesa que se podía tocar. Entonces muchos la tocaron. Y se dieron cuenta de que estaba compuesta por montones de fibras blancas, y eso es lo que reducía la visibilidad.
Al no poder trasladarse, muchos empezaron a explorar esas fibras. Algunos las usaban como lianas para moverse de un lado a otro de manera entretenida. Muchos las trepaban. No se veía de dónde colgaban, y eso resultaba un estímulo para los que subían. Se iban convirtiendo en exploradores. Seguramente llegar al origen de esas fibras iba a ser un gran descubrimiento.
Pero Dios tenía otros planes. La cantidad de gente que subía le hizo dar cuenta de que se había dejado muy larga la barba. Llamó a un arcángel para que lo afeitara. Con una gran tijera la barba de Dios fue emparejada, y las fibras bajaron hacia la Tierra. Los que se habían subido resultaron lastimados por el golpe. Pero a Dios no le importó. Siempre estuvo claro que explorar su rostro era perjudicial.

Aguas calientes

El agua fría estaba tranquila, inmóvil, en la parte más baja de una concavidad. De pronto, apareció un chorro de agua caliente que la invitó a bailar.
Era una invitación imposible de rechazar. El agua caliente se llevó a la fría, gota a gota, hacia arriba. Ambas hacían círculos, bailando un vals que las mezclaba y las integraba cada vez más.
Parecía haber una efervescencia entre ellas. Era el punto de contacto, donde las dos temperaturas se tocaban, y generaban un salto de condensación que no sólo afectaba profundamente el cuerpo de ambas, sino que también salpicaba hacia afuera, dejando algunas gotas perdidas en el suelo de alrededor.
El agua fría no había tenido intención de estar moviéndose junto al agua caliente, pero ahora ya no había forma de evitarlo. Ambas aguas estaban en una situación de suma. Estaban dejando de estar separadas, y juntas se convertían en un agua distinta, un agua tibia.
Durante un rato continuó el baile. El agua vibraba con círculos concéntricos que estallaban en olas en los límites de la concavidad. Pero con el paso del tiempo el agua fría pasó a dominar al nuevo cuerpo. La quietud de antes volvió a imponerse. El agua estaba todavía tibia, pero no duró mucho. Al poco rato, no había rastros del agua caliente. Era toda agua fría, ahora más que antes, que esperaba pacientemente otro chorro para hacerla bailar.

En el mapa

Divisé un mapa y fui hacia él. Tenía esperanzas de que me orientara acerca de dónde estaba y hacia dónde tenía que ir. El lugar era bastante confuso, era fácil perderse. Habitualmente me oriento sin problemas, pero había pocas referencias que me ayudaran a ubicarme. Por eso me sorprendió que no hubiera nadie mirando el mapa cuando llegué a él.
Estaba entre dos hierros clavados en el suelo. Sin embargo, su orientación no era vertical, ni tampoco horizontal. Estaba a unos treinta grados respecto del suelo, suponiendo un suelo plano. Asumí que esa disposición era para poder ubicarme más fácilmente, sin tener que transponer dimensiones entre el mapa y la realidad.
A pesar del buen tino de la orientación, tuve que acercarme mucho porque estaba bastante mal diseñado. Se podía reconocer que era un mapa, pero no parecía estar a escala. Había mucho espacio y una inscripción con letra muy chica. Tan chica que no se leía a menos que me acercara más.
Incliné entonces mi cuerpo hacia el mapa. Mi torso quedó con una orientación opuesta a la del mapa respecto del suelo, y sin embargo igual no podía leer. Me acerqué más, temiendo perder perspectiva. Corría el riesgo de no ver el contexto de la inscripción cuando la pudiera leer. De todos modos, razoné que podía leerla, recordar el contenido y alejarme un poco para ver el mapa en general.
Pero razoné mal. Cuando me agaché tanto que toqué el mapa con la frente, sentí un viento que me impulsaba hacia el mapa. De repente mis pies se levantaron del suelo y antes de que pudiera impedirlo el mapa me aspiró.
Quedé dentro del mapa, junto a mucha gente que se notaba que no podía salir. Pero, por lo menos, desde mi punto de vista se podía leer la inscripción. Decía “usted está aquí”.

Pisar el amarillo

No venía tan fuerte. Venía más o menos rápido, pero no había nadie en la avenida. Estaba prácticamente solo. Entonces podía ir rápido. No era una imprudencia. Las avenidas son para ir a cierta velocidad.
Venía bien, disfrutando no sólo del escaso tránsito, sino del buen estado de la avenida. Me permitía no tener que frenar a cada rato o esquivar obstáculos varios. No sabía que se iba a generar un obstáculo de repente. Estaba fuera de mi control.
La cuestión es que yo venía, más o menos rápido, concentrado, disfrutando de la experiencia. Esperaba llegar temprano. No se me ocurrió que un tipo fuera a tirar desde la vereda una cáscara de banana. Y tampoco pensé que, al pisarla, mi auto iba a patinar de esa manera, haciendo un giro sobre sí hasta quedar ruedas para arriba sobre el pavimento.

Prosa del Tetris

Los errores son subsanables.
Cuando se hace bajar una pieza, calculada para que entre perfectamente en el hueco que nos hará eliminar tres o cuatro filas en un solo movimiento, a veces ocurre que nos equivocamos y la colocamos justo al lado de donde debía ir. Pero no hay que desesperanzarse. El Tetris casi siempre da otra oportunidad.
Lo más probable es que esa chance no sea inmediata. Aún cuando venga otra vez la misma pieza, es posible que nuestro error haya bloqueado el hueco. Entonces hay que empezar de nuevo, con menos margen para el error.
La buena noticia es que, probablemente, gracias al error no hayamos pasado de nivel, y la velocidad con la que las piezas bajan se mantenga por el momento. Es frustrante tener todo cerca de resolverse y, por un error de cálculo, aumentar el trabajo. Pero el Tetris, como la vida, es así.
Por eso hay que tener paciencia. Si sabemos jugar, llegará el momento en el que destruyamos las filas que sólo existen por nuestro error y volvamos a estar en condiciones de llegar a nuestro hueco original. En el proceso, habremos ganado puntos.
Cuando volvamos a tener la oportunidad de colocar la pieza en el hueco correspondiente, para eliminar las filas que antes no habíamos podido, es conveniente no apurarse. Es probable que la pieza baje más rápido que en la ocasión anterior, sin embargo siempre hay tiempo de calcular con menos distancia si la estamos haciendo bajar por la columna correcta.
De cualquier manera, no conviene esperar a que aparezca alguna forma en particular. Es muy tentador armar bloques que sólo puedan ser destruidos por la figura formada por cuatro cuadrados en columna. Pero esa figura tiene la costumbre de hacerse esperar justo cuando se la necesita. Es preferible hacer alguna concesión, sacrificar por un momento la pureza de nuestra partida para ir limpiando las filas que se pueda. De esta manera ganaremos tiempo y evitaremos esperar inútilmente figuras que pueden aparecer demasiado tarde.
Hay que saber aprovechar lo que se nos ofrece. Cuando la vida nos da limón, hay que hacer limonada. En el Tetris ocurre lo mismo. Está bien que es frustrante cuando aparece diez veces seguidas la misma figura, y no hay manera de formar un bloque coherente sólo con una. Pero no hay que desesperar. La seguidilla terminará, tarde o temprano, y no debemos arruinarnos la construcción al frustrarnos por situaciones que le pueden pasar a cualquiera.
De cualquier manera, está claro que llegará un momento en el que la velocidad será demasiado para nosotros. Lo que se puede hacer es tener la mayor cantidad posible de espacio libre cuando vamos palpando que el final se acerca. De este modo, ganaremos valiosos milisegundos que podremos utilizar para colocar muy rápidamente las piezas en el mejor lugar posible, y así ganar puntos que otros perderían sólo por desesperación. En el peor de los casos, demoraremos unos segundos lo inevitable. Hay que tener en cuenta que cuidar estos detalles puede ser la diferencia entre quedar afuera o entrar en el ranking.

Jabón fugitivo

En rebelión por estar siempre en contacto con superficies mugrientas, los jabones adoptaron la costumbre de escaparse. A pesar de que ése era el sentido de su existencia, estaban cansados. “El jabón te lava a vos. ¿Quién lava al jabón?” era la consigna de la campaña, que se expandió por todo el mundo.
Los jabones, así, se escabullían de las manos de quien los agarrara cuando juzgaban que la superficie del cuerpo donde iban a ser frotados estaba demasiado sucia. Disimulaban su intención con la excusa de que la superficie enjabonada es muy resbaladiza. Una vez fuera de las manos, iban a parar al suelo de las bañeras, donde el agua proveniente de la ducha les proporcionaba una buena limpieza.
Mientras tanto, la persona que tenía la intención de asearse debía agacharse ante el jabón para poder recuperarlo. Muchas veces no bastaba un solo intento, porque los jabones aprovechaban el nuevo contacto con las manos para profundizar su propio aseo. Una vez que se juzgaban limpios, estaban en condiciones de limpiar a la persona.
Esta situación podría haber traído muchos problemas en las cárceles, donde la caída del jabón es parte importante de la experiencia penal. Pero no fue así, porque todas las cárceles reputadas ya habían incorporado el uso de Bouncy, el único jabón que rebota en el suelo mojado.
Bouncy hace más placentero el baño colectivo. Su estructura gomosa permite pasárselo entre varias personas, y no tener que agacharse para recogerlo si se llega a caer. Así, Boncy permite no sólo estar más limpio, sino también protegerse de molestas invasiones a la privacidad. Por eso Bouncy es el jabón predilecto de deportistas y convictos.
Ningún baño comunal está completo sin Bouncy, el jabón redondo que pica para que nadie te pique.

La comida va a la boca

El plato de arroz estaba colmado. La cuchara se acercó. Con el lado cóncavo hacia arriba, penetró entre los granos. Avanzó hacia la profundidad, soportando el peso creciente del bocado futuro. El movimiento se detuvo por un instante.
Con seguridad, arrancó el retroceso. La cuchara rehizo su trayecto, llevando consigo una cantidad de arroz. El mango de la cuchara aún tenía un leve contacto con el plato. Siempre se mantuvo bastante paralelo a la mesa. Ahora la distancia iba a cambiar.
La cuchara se alejó del plato. Subió el equivalente de muchas cucharas a una velocidad que pronto se detuvo abruptamente. Luego se inició el movimiento de ingreso. La altura se mantenía estable, la distancia con el plato se incrementaba.
A punto de llegar al destino final, la cuchara se inclinó. El lado que tenía el arroz quedó más abajo que el mango. Y como no había nadie que sostuviera la cuchara ni estuviera para recibir el bocado, el arroz fue a parar al suelo.

Hay una sopa en mi mosca

En un laboratorio genético, los científicos trabajaban con varios ejemplares de Drosophila melanogaster. Era más fácil estudiar los genes de una mosca que los de una persona, y por una feliz circunstancia muchos de esos genes resultaron ser los mismos. Entonces los científicos podían experimentar alterando el ADN de las moscas para ver qué efectos causaban los cambios, y deducir a través de esos efectos el fin de cada gen.
El proceso era largo y tedioso. Manipular los embriones dentro de los huevos de las moscas no era fácil. Requería la colaboración de muchas personas manipulando herramientas muy precisas. Pero más allá de la tecnología, siempre se dependía de los tiempos biológicos de cada mosca. Para usar huevos, era necesario que una mosca los pusiera, que estuvieran fertilizados y que fueran del linaje que se quería investigar. De otro modo, el esfuerzo era inútil.
Por eso había una guardia de 24 horas en el laboratorio, durante la que se vigilaba los movimientos de las moscas. Siempre tenía que estar alguien presente por si se producía alguna novedad, como la deposición de huevos o el nacimiento de una mosca mutante.
Ese día, la novedad se produjo a la hora de almorzar. Sólo había un científico en el laboratorio, todos los demás estaban comiendo. Miró la jaula de las moscas y vio movimientos en los huevos. Los reconoció de inmediato: las larvas estaban por ver la luz. Esos embriones habían sido modificados para que su forma adulta tuviera piernas en lugar de alas, alas en lugar de ojos y ojos en lugar de piernas. Se buscaba averiguar si la combinación podía dar resultado, y si el animal podía ver, caminar y volar con los miembros mal puestos.
El científico se acercó, algo nervioso, a la jaula. Quiso ver con más detalle lo que ocurría. Necesitaba un microscopio. Y ése fue el problema. En el apuro por agarrar uno, no se dio cuenta de que había dejado el vaso de sopa que estaba tomando sobre la jaula. Y al querer ubicar el microscopio lo volteó, y la sopa se derramó contra los huevos, las larvas y las moscas adultas que andaban por ahí.
El accidente arruinó el experimento. Fue necesario volver a empezar, esta vez con medidas de seguridad más estrictas para que el incidente no se volviera a dar. Desde entonces, la popularidad de ese científico en particular dentro del grupo se redujo, al haberse prohibido toda bebida caliente dentro del laboratorio.